Las mil caras del genio 30 abril 2013
Se autorretrató sistemáticamente, como si le fuera la vida en ello. Desde su infancia, hasta poco antes de morir. Y en ellos proyectó sus manías, divertimentos y obsesiones. El Museo Picasso de Barcelona acoge la primera monográfica sobre el género

Nació muerto, la noche del 25 de octubre de 1881. Pero su tío Salvador,  médico, agarró al bebé y le lanzó una bocanada de humo de habano sobre su nariz. La nicotina dilató sus pulmones y el niño comenzó a respirar. Pablo Diego José Francisco de Paula Juan Nepomuceno María de los Remedios Cipriano de la Santísima Trinidad Ruiz y Picasso abría sus ojos al mundo. Por primera vez, para ya no cerrarlos, ni en sueños, durante las siguientes nueve décadas. Con su mirada intensa y directa, tan insoportablemente fija, que escribiera Alberti tiempo después, “como dos botones candentes”.

La misma con la que escrutaría la pintura –y devoraría la vida– como nunca nadie lo había hecho antes. Y a la que se enfrentaría en el lienzo una y mil veces a lo largo de noventa y un años de intensa creación. Desde su infancia y adolescencia, cuando el joven pintor se inmortaliza aún inseguro, tímido y formal, con el mechón de pelo caído sobre la frente; hasta poco antes de su muerte, cuando, ya anciano, con el rostro herido por la vida, mira serio, con ojos desorbitados.

Entremedias, series de autorretratos de corte clásico, primero, y cubista después. Autorretratos desnudo, disfrazado o acompañado de sus musas, discontinuos en el tiempo y especialmente intensos en torno al año 1917 y en la década de los sesenta. El rostro del creador como una probeta de laboratorio de las más diversas experimentaciones.

 

Entre 1895 y 1900 transcurre lo que podría definirse como época de formación, en la que, al tiempo que se instruye en el academicismo finisecular de las escuelas de La Coruña, Barcelona y Madrid, Picasso descubre la magnitud de Goya, Velázquez y el Greco; la precisión de Góngora; la alegría de Gaudí. La herencia española, en suma, a la que jamás habría de renunciar.

Sus primeros autorretratos datan de la adolescencia, cuando a la edad de quince años, en 1896, plasma su imagen en lo que se conoce popularmente como Autorretrato mal peinado (MPB 110.076), debido al mechón de pelo que cae sobre la frente del pintor en ciernes. El joven Picasso se retrata mirando todavía un poco de soslayo, sin la seguridad que iban a adquirir sus obras inmediatamente posteriores.

En 1898, cuando ya ha pasado por la Real Academia de San Fernando y ha contemplado in situ las pinturas del Museo del Prado, su imagen es la de un gentilhombre del siglo XVIII (MPB 110.053), quizá en un intento de temprana identificación con los maestros del pasado, a los que rendiría homenaje, en sus famosas series, bastantes años después.

Lea el artículo completo en el número de mayo de Descubrir el Arte o en la versión digital de Orbyt.

Paloma ESTEBAN LEAL

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