Cicatrices berlinesas

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Fragmentos del muro de Berlín en la Postdamer Platz © Mercedes Peláez.

La capital federal de Alemania emprende la última etapa del proceso de reconstrucción iniciado al caer, hace ya un cuarto de siglo, el muro levantado por la República Democrática Alemana. En pocos años la nueva imagen del casco antiguo berlinés, arrasado en la Segunda Guerra Mundial, alcanzará el grado de fijo esplendor que muestran la mayoría de las urbes europeas del mismo rango. Hasta que llegue ese momento, la ciudad ofrece todavía la oportunidad de observar en acción, abierto en plena calle, uno de los laboratorios de renovación urbana más interesantes y diversos del planeta

Berlín acomete la ordenación definitiva de su corazón sentimental en la isla del Spree, depositaria de la memoria de la ciudad y de un pasado esplendor destruido en la guerra. Al mismo tiempo, avanza la reconstrucción del Palacio Real Hofburg y finaliza la restauración de la Isla de los Museos, que integra cinco edificios construidos entre 1824 y 1930 para albergar las colecciones de arte berlinesas. Una gran vía interior, la Archäologische Promenade, conectará cuatro de ellos y unificará los accesos en una nueva columnata. A su autor, el arquitecto británico David Chipperfield, se debe la restauración del Neues Museum y la nueva galería de arte Am Kupfergraben 10.

Ägyptischen Hof, o Patio Egipcio. Neues Museum, Berlín. © Mercedes Peláez. Arriba, Fragmentos del muro de Berlín en la Postdamer Platz © Mercedes Peláez.

Ägyptischen Hof, o Patio Egipcio. Neues Museum, Berlín. © Mercedes Peláez. Arriba, Fragmentos del muro de Berlín en la Postdamer Platz © Mercedes Peláez.

Reponer elementos simbólicos es complicado y los proyectos de Chipperfield han recibido críticas por no reproducir exactamente los monumentos perdidos. Sin embargo, ni la arquitectura ni el cuerpo humano pueden ser devueltos a la edad infantil en la mesa del quirófano. En el Neues Museum, Chipperfield prefirió dejar a la vista las cicatrices de las heridas de la guerra, mantener los impactos de balas y restos de pinturas y revestimientos, para añadir modernas prótesis edificadas donde el cuerpo arquitectónico lo demandara por el uso o por la forma. Esta actitud, aparentemente nueva y heterodoxa, que aportó fama internacional al arquitecto y al museo, hunde sus raíces en el carácter berlinés, que preserva, mellada y tuerta, la bella escultura de Nefertiti del siglo XIV a. C. en el propio Neues Museum.

Siempre supo Berlín ver cualidades en lo roto, y se distinguió por ser la casa de los arqueólogos, de sus colecciones antiguas y sus museos, que instaló con dimensiones colosales en los jardines del Hofburg. Desde su origen la ciudad tuvo vocación fragmentaria. Fue Sitio Real fortificado, cercado y partido por el rio Spree, a caballo de las islas de Cölln y Berlín. Antes de la Segunda Guerra Mundial, mantenía su aspecto deslavazado, con barriadas industriales, colonias Siedlungen y un casco monumental rasgado por plazas, avenidas, cursos de agua, arboledas, parques y una red de metro aérea con estaciones en superficie.

Neue Nationalgalerie de Mies van der Rohe, Berlín. Panorámica de la sala de exposiciones. © Mercedes Peláez.

Neue Nationalgalerie de Mies van der Rohe, Berlín. Panorámica de la sala de exposiciones. © Mercedes Peláez.

Berlín mantiene intacta la vocación de memorial urbano que marca su identidad, así que ha probado en su propio cuerpo edificado todas las estrategias posibles de intervención en el legado arquitectónico. La capital alemana ha demolido, desescombrado, restaurado, rehabilitado, ampliado, intervenido y rehecho, con respetuosa firmeza, su patrimonio bombardeado, sin eludir la construcción de edificios postmodernos, la reproducción de obras icónicas o la conservación testimonial de ruinas inservibles.

Es una urbe experimentada en el arte de consolidar y exponer las cicatrices de las heridas, cortes y fronteras que el tiempo y los acontecimientos añaden a las casas y ciudades. Y lo hace aplicando arquitectura con la intención de quien cose un bordado para evitar un zurcido y el afán museístico de un arqueólogo eficaz. Estas cicatrices, que Berlín exhibe por bandera de su historia, cualifican la imagen de la capital alemana y la distinguen de otras ciudades notables. Son cicatrices eminentemente berlinesas, conmovedoras, que convierte en homenajes o en escenarios para la vida cotidiana. El laberinto Memorial de Eisenman y el toldo estrellado del Sony Center, son buen ejemplo de esta actitud contrapuesta.

Berlín asumió el papel de gran recordatorio urbano al consagrar como monumentos tres productos arquitectónicos formalizados por la guerra. El primero fueron los espeluznantes solares del Berlín Este, de la plaza Postdamer hasta la Puerta de Brandemburgo, ya reedificados, al permanecer vacíos durante décadas.

El segundo, en el sector occidental, son las amargas ruinas de la iglesia Kaiser-Wilhelm-Gedächtnis, memorial del emperador Guillermo I. Emergen en la avenida Kudamm, junto al moderno campanario, con forma de lápiz de labios, que se convirtió en emblema de la sociedad de consumo.

El tercer elemento pertenece al Berlín actual, corresponde a las huellas del muro, que dibujan una línea tenue inscrita en el pavimento por cuyo trazado pregunta cada visitante a la capital federal. Sobre ella permanecen algunos segmentos del muro berlinés, integrados en el patrimonio cultural y turístico, entre carteles que explican su antigua función de pared divisoria y subrayan su contenido semántico y plástico. Siguen recubiertos de marcas, dibujos y adherencias adquiridas en los veintiocho años que van de su construcción en 1961 al inicio de su derribo en la noche del 9 de noviembre de 1989.

Sony Center, de Helmut Jahn. Postdamer Platz, Berlín. © Mercedes Peláez.

Sony Center, de Helmut Jahn. Postdamer Platz, Berlín. © Mercedes Peláez.

Los berlineses se enfrentaron al muro pintando mensajes que denunciaban su presencia y que sirven ahora para consagrar sus reliquias con categoría de lienzo urbano. No fue el único elemento arquitectónico de la ciudad en recibir pinturas espontáneas. En 1990 el grupo alternativo Tacheles ocupó las ruinas de un edificio en la calle Oranienburger, en el antiguo sector oriental. Hasta su desalojo en 2012 alcanzó fama mundial entre los turistas por compatibilizar artísticas pintadas y chatarras escultóricas.

Su incierto destino oscila entre la demolición y el rescate con cirugía estética, una alternativa que se sitúa en el extremo opuesto al del tatoo mural. Los maestros de la vanguardia arquitectónica del siglo XX preferían mostrar la piel natural de los materiales, con la abstracta belleza de sus vetas, estrías y fisuras. El arquitecto alemán Mies van der Rohe rindió homenaje a la materia natural en obras tan valiosas como la Nueva Galería Nacional de Berlín, completada en el sector Oeste en 1968, un año antes de su muerte.

Mies dispuso, sobre un podio masivo y bajo una cubierta en forma de mesa gigante, una gran caja acristalada, sin más contenido que un pequeño pabellón y dos fragmentos de muro. A corta distancia del temible muro berlinés, entonces completo y en pleno uso, el proyecto del maestro alemán resultó premonitorio de su derribo y conversión en objeto de arte.

Mercedes PELAEZ

One thought on “Cicatrices berlinesas”

  1. Muy interesante el blog, los feliciito. 🙂
    Me gustaría que pasen por el mio y me den su opinión. artesinarte.wordpress.com
    saludos y gracias

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