Fernando Zóbel, lírica sobre lienzo

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Fernando Zóbel recorrió mundo, escribió, pintó, estudió idiomas, medicina y filosofía y letras, un enriquecimiento personal e intelectual que le hizo amar el arte y la cultura, hasta la medida de sentir que debía protegerlo y retenerlo para que no perdiese su valor. Fruto de este pensamiento fundó el Museo de Arte Abstracto de Cuenca. Ahora la galería Cayón le dedica una muestra a su trabajo como pintor, que se puede visitar hasta el 6 de febrero

Por amor al arte

Tras la muerta del pintor en junio de 1984, su amigo y aliado en la creación del museo en Cuenca, Gustavo Torner, lo recordaba con estas palabras: «Me atrevo a decir que ha sido la única persona que ha creído del todo desde el principio en el arte de esta generación de españoles que él recogió en el museo para mostrarlo con mayor dignidad a la mirada internacional». Una declaración hecha desde el cariño y la amistad, pero también desde la razón, porque gracias a la labor que desempeñó Fernando Zóbel a principios de los sesenta, hoy día la colección del Museo de Arte Abstracto de Cuenca está considerada como una de las más valiosas en cuanto a obras y testimonio de la  irrupción del arte abstracto en España.

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Inauguración del museo, 1 de julio de 1966. Mesón Casas Colgadas.Fotografía de Fernando Nuño

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Fotografía de la fachada exterior del Museo de Arte Abstracto de Cuenca.

En las paredes de sus salas cuelgan obras de César Manrique, Tàpies, Millares, Saura –como ejemplo del informalismo que paralelamente se estaba produciendo en Francia–, en contraste a su vez con el constructivismo en las piezas de Néstor Basterrechea y la fría abstracción geométrica en las esculturas de Chillida y Oteiza.Tampoco falta como enclave de esa época las composiciones de carácter cinético e ilusiones ópticas de Eusebio Sempere o los lienzos de color de José Guerrero y de Lucio Muñoz. Todo un compendio de piezas que comenzó como colección particular de Zóbel. De este afán personal, pensó también que sería más oportuno para el museo una estructura espacial semejante a la de una casa que la de una institución apabullante con bastas salas. Lo que buscaba y terminó por encontrar Fernando Zóbel, fue un rincón donde desapareciese el desasosiego al perderse en la intimidad con la poética plástica.

Diario de un cuadro

Entre toda la amalgama de lenguajes de los que se rodeó, sobresale la diferencia del que él mismo creó. Sus lienzos, con una notable influencia de la caligrafía oriental, sintetizan un tema concreto. La exposición que presenta ahora la galería Cayón, es el trabajo de los años cincuenta y sesenta, una época en la que el artista define sus planteamientos estéticos, en el que pone la mirada en el discurso que analiza y revisa cómo supo condensar y simplificar Zóbel cada tema que trataba sobre el lienzo. Desde la melodía de una saeta; el personaje mítico de Ícaro y su significado –la desobediencia–, hasta el concepto de movimiento, lo interpretó el artista mediante un fino trazo negro que creaba ya no con un pincel, sino con una jeringuilla.

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«Ícaro»1959. Óleo sobre lienzo. 100 x 75 cm.

Sin embargo, si hay un tema concreto que le obsesionó a lo largo de su trayectoria fue el del río Júcar. Se conservan un sin fin de series desde 1971 hasta prácticamente los ochenta –poco antes de morir–, cuya serie última sobre el río la titula Orillas. Lo interesante es cómo abordó cada una de las pinturas; contemplaba el Júcar de todas las maneras posibles en que pudiera encontrarse éste a lo largo de un año –con nieve, con sol, con lluvia, con gente, sin gente…–, y lo inmortalizaba en apuntes tomados con acuarelas, fotografías y dibujos. Luego empezaba a crear, y a mirar por la luz y el color que se reflejaba en el agua, mientras experimentaba con una estética de impresión vaporosa, difusa y dinámica. Precisamente de la primera etapa sobre el paisaje conquense en la década de los setenta se mostró en la exposición celebrada en 1994 en la Fundación Juan MarchDiario de un cuadro, titulado así por el artista, porque en él iba apuntando las transformaciones plásticas con las jugaba para abordar el paisaje.

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«Júcar XII», 1971

No obstante, el cambio notable en el tratamiento del río se percibe después de un viaje a Filipinas en 1980, en el que sufre una trombosis que le dejó secuelas. Es entonces cuando plantea sus pinturas más líricas y retóricas sobre el significado del agua como fuente de vida. De ahí, que expandiese manchas de pintura en el lienzo, en el que dejaba la mitad en blanco, vacío, sin materia y sin vida.

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