Elogio de Gil Pupila

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La reedición de Planeta Agostini de las aventuras de Gil Pupila, un detective de novela trasladado al cómic, permite de nuevo disfrutar de esas viñetas de ambientación cercana al realismo y de la contemporaneidad del dibujo de Maurice Tillieux. Sus páginas, sus personajes y su forma de narrar nos sirven de eje para repasar otras historias del cómic belga

El cómic belga, la Línea Clara -caracterizada por su definición exacta del dibujo y la narrativa clásica de su argumento- fue el Olimpo de aquel Limbo de viñetas en el que discurrió mi infancia. Antes de atesorarlos en álbum, leí por primera vez Tintín en América (1932) y Tintín en el Tíbet (1960) en la edición española de la revista Tintín, que mi madre me compraba -como tan a menudo se compraban los tebeos entonces- para que el estuviera callado en las visitas. Dudo que hubiera edición española de la revista Spirou. En cualquier caso, yo nunca llegué a tener ningún número de ella. Sí tuve dos primeras ediciones españolas de las aventuras de Spirou y Fantasio originales de André Franquin: La guarida de la morena (1955) y El turista del Mesozoico (1957). Fue mi primer contacto con la Escuela de Marcinelle, que junto a la de Bruselas constituye la espina dorsal de la Línea Clara, del cómic belga. Dicho de otra manera, lo mejor del Noveno Arte.

La fuga de Libélula, de Maurice Tillieux, editado por Casals.

La fuga de Libélula, de Maurice Tillieux, editado por Casals.

Devoto del gran Tintín, huelga apuntar lo que significa para mí la Escuela de Bruselas, que tuvo en Hergé a su abanderado. Ello no quita para que, desde aquel primer contacto con Spirou, Fantasio, el conde de Champiñac y el impagable Marsupilami, también haya sido un rendido admirador de la de la Escuela de Marcinelle. De Gil Pupila, que a mi juicio es a Marcinelle lo que Blake y Mortimer a Bruselas -segundos de a bordo de tanta maravilla-, no tuve noticia hasta que, ya adulto, la lectura asidua de cómics -que no he dejado en ningún momento de mi vida- empezó a proporcionarme algo que los tintinófilos conocemos muy bien: el regreso a una infancia infinita. Me hice con La fuga de Libélula (1959) -primera aventura de Pupila- a finales de los años 80, en una edición de Casals. De Pupila me cautivó, desde sus primeras viñetas, esa ambientación cercana al realismo, esa contemporaneidad de su dibujo que, ya cincuentón, me devuelve doblemente al reino afortunado de mi infancia. Por un lado, por el don consustancial al cómic referido; por el otro, porque aquel reino feliz que conocí de niño es el telón de fondo de Gil Pupila.

Esa imagen jovial del mundo de mis primeros años es lo que ha vuelto a ganarme del resto de la serie de forma más inmediata en su reedición de Planeta de Agostini. Ese alegre retrato de la modernidad contemporánea, que también me cautivó en Spirou y Fantasio desde sus primeras lecturas, es algo común a Marcinelle. En lo que a Bruselas se refiere, en mis primeros contactos con ella, solo lo aprecie en las últimas entregas de Hergé: Las joyas de la Castafiore (1962), Vuelo 714 para Sidney (1968), Tintín y los pícaros (1976). Los álbumes anteriores, al reflejar los años 30, 40 y 50, décadas de las que yo aún no tenía una imagen concreta, me resultaba imposible situarlos temporalmente.

Leído en estos últimos meses el grueso de las aventuras de Pupila en los dos últimos tomos de la edición integral de Planeta De Agostini, tanto en la forma como en el fondo, son muchas las concomitancias que las historias de Pupila registran con las de Spirou. Pero también con las de Tintín. Dichas analogías son evidentes en una de las viñetas de El infierno de Xique Xique (1962) -la última de la página 63 del segundo tomo de mi edición- que nos muestra a Corrusco y a Pupila en una canoa llevada por unos indios. El dibujo es claramente deudor de la portada de La oreja rota (1937). Pero también de la última viñeta de El dictador y el Champiñón (1953), del Spirou y Fantasio de Franquin. Basta con echar un vistazo rápido a esta última para advertir cómo la influencia del gran Hergé alcanza incluso a la escuela de Marcinelle. Diría más -vaya evocando la expresión de Hernández y Fernández-, ese interés del cómic belga por las sempiternas dictaduras latinoamericanas nace en La oreja rota y es la prueba irrefutable del magisterio de Hergé en ambas escuelas.

Más allá de las evidencias, las repúblicas bananeras de Tillieux tienen sus propias características. Así, como con tanto acierto apunta José Luis Bocquet en la introducción al tercer tomo, a mí se me antojan mucho más próximas a esa Iberoamérica mostrada por Henri-Georges Clouzot en su película El salario del miedo (1953) que al San Teodoro de Hergé o la Palombia de Franquin. Sin ir más lejos, la cárcel de Xique Xique, el infierno al que van a dar Pupila y Libélula, suavizada únicamente por esa jovialidad inherente a los tebeos, se me figura la visión más realista de Latinoamérica que ha dado el cómic belga.

El chino de las dos ruedas, por Maurice Tillieux.

El chino de las dos ruedas, por Maurice Tillieux.

También ha sido El infierno de Xique Xique donde he detectado por primera vez cierta propensión de Tillieux al desarrollo desmesurado de un fragmento de la historia en detrimento de la totalidad del argumento. Es como si ese hilo de Ariadna, que llamaba Hergé a la progresión del asunto, presentase un nudo. Tanto aquí como en El chino de las dos ruedas (1967) y La guerra en calzoncillos (1966) -estas dos últimas ya en el tercer tomo- sucede en las viñetas concernientes a la huida, o el viaje, de nuestra cuadrilla en un camión. Esto viene a poner de manifiesto que Tillieux, además de uno de los principales guionistas de la revista Spirou, fue un apasionado del volante, yendo a perder la vida en un accidente automovilístico. En cualquier caso, es tan grato el dibujo que esa desmesura, aunque llama la atención, no tiene mayor importancia.

Todos los comentaristas de la obra de Tillieux reparan en lo atildado que es Pupila y en su interés por algo tan terreno como los asuntos crematísticos. En efecto, esto es una singularidad semejante al rencor que guardan Mortadelo y Filemón, algo que les diferencia del resto de los héroes del cómic no realista. No obstante, a mí me sorprende más el oficio mismo de Pupila, detective privado. Gil no es periodista como Tintín, Fantasio o el Lefranc de Jacques Martin. Pero tampoco es ese agente secreto lleno de prodigios -a la manera de los que proliferaron en la pantalla durante los años 60 tras el éxito de James Bond-, como hubiera cabido esperar dado el apego a la actualidad de la escuela de Marcinelle y los exóticos escenarios de las aventuras de Pupila: Iberoamérica, Asía, el mundo árabe. Gil Pupila es un detective de novela trasladado al cómic. A buen seguro que es así por esa primera vocación novelística de Tillieux a la que se refieren los comentaristas de su obra.

Roberto Alcázar, “el intrépido aventurero español” creado por Juan Bautista Puerto y Eduardo Baño Pastor, redime a Pedrín cuando lo encuentra de polizón en un barco rumbo a Argentina y lo convierte en su acólito en la primera de sus historietas. Pero sería un desatino registrar alguna influencia de este asunto en la redención de Libélula, un antiguo ladrón hasta que empieza a trabajar como ayudante de Pupila en su primera aventura. Parece poco probable que Tillieux llegará a leer el célebre tebeo español. Pero sí que se registran similitudes innegables entre el Philippe Chardin de El guante de tres dedos (1966) y el Pst de Stock de Coque (1958). La admiración que el malogrado Tillieux -murió en 1978 con 54 años- sintió por el gran Hergé es notoria. También reparan en ella los comentaristas de su obra.

Lo que es genuinamente de Marcinelle es lo de la chica, Seccotine en Spirou, Cerecita en Pupila. Si bien solo aparece esporádicamente en algunas historietas, el caso es que aparece. Una chica, una cantante existencialista protagoniza La persecución (1963), una de esas aventuras de Corrusco que se incluyen en facsímil al final de los álbumes propiamente dichos.

Cerecita y su vespa.

Cerecita y su vespa.

Las tres manchas (1965), sobre unos ladrones desdichados, uno de los cuales además es un yeyé apocado que no hace más que estropearlo todo con su torpeza y recibir bofetones por parte de su compañero, junto con El chino de las dos ruedas (1967), es una de las aventuras que más me ha gustado. Hay en esta última un detalle que viene a demostrar lo minucioso que es el dibujo de Tillieux. En la segunda viñeta de la página 94, la ilustración, desde un punto de vista exterior, nos muestra a Pupila y a Libélula tras el parabrisas del inevitable camión. Llueve, pero solo funciona el limpiaparabrisas de la parte del detective. De modo que Pupila está dibujado con trazo nítido y su ayudante con trazo borroso, como son las imágenes vistas tras el agua. Narrar mediante ilustraciones es algo tan subjetivo como hacerlo mediante palabras. Tillieux podía haber contado eso mismo de muy diversas formas, pero ninguna de ellas hubiese sido tan eficaz como hacerlo así.

En fin, alabados sean Gil Pupila y su creador, que acostumbraba a dibujar hasta bien entrada la madrugada, por todos los buenos ratos me han hecho pasar en los últimos meses.

Javier MEMBA

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