Un viaje introspectivo por el arte

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El arte además de una ventana que mira hacia el mundo es un espejo que capta al artista y cuanto le rodea. Detrás de cada pieza puede haber muchas lecturas, y la que ahora propone el Museo del Prado con la exposición Metapintura. Un viaje a la idea del arte es una reflexión sobre la propia disciplina a partir de 137 obras, entre pinturas (sobre todo), dibujos, estampas, libros, medallas, piezas de artes decorativas y esculturas

Termina el año que conmemora el IV centenario del fallecimiento de Cervantes y el Museo del Prado le dedica un guiño colocando en el centro de su nueva exposición la gran obra del escritor, El Quijote, frente a una reproducción actual de un fragmento del grafoscopio de Laurent de Las meninas (para ver el original, basta con acercarse a la sala 12 del edificio de Villanueva donde la obra de Velázquez luce, como siempre, imponente). Una y otra son ejemplo de la reflexión sobre sus propias disciplinas: la novela y la pintura. De esto trata esta ambiciosa exposición: de reflexionar desde el arte sobre la idea del arte.

Bajo el título, Metapintura. Un viaje a la idea del arte, el comisario Javier Portús, Jefe de Conservación de Pintura Española (hasta 1700) del Museo Nacional del Prado, presenta esta muestra introspectiva, que lo es en dos sentidos: el primero es el que acabamos de comentar de autorreflexión y el segundo tiene que ver con que se nutre fundamentalmente (aunque no solo) con colecciones del Prado: es una invitación a mirar y entender piezas de la pinacoteca de una manera distinta, fuera de su discurso y contexto habitual, si son obras de sala, y de sacarlas a la luz si no suelen dejarse ver. Junto a ellas hay varios préstamos que están relacionados, como el arte del Prado, con las colecciones reales y la pintura española.

Cristo crucificado, con un pintor, por Francisco de Zurbarán, h. 1650, óleo sobre lienzo, 105 x 84 cm, Madrid, Museo Nacional del Prado. Ante un fondo oscuro se recorta la figura casi escultórica del Crucificado al que devotamente mira un pintor. Se trata de San Lucas que, además de evangelista, fue médico y artista. Tras esa referencia de carácter bíblico quizá se esconde una alusión más general al valor de la pintura como arte que alcanzaba su mayor utilidad en su condición de instrumento devocional. También se ha apuntado que puede tratarse de un autorretrato -más alegórico que literal- de Zurbarán.

Cristo crucificado, con un pintor, por Francisco de Zurbarán, h. 1650, óleo sobre lienzo, 105 x 84 cm, Madrid, Museo Nacional del Prado.
Ante un fondo oscuro se recorta la figura casi escultórica del Crucificado al que devotamente mira un pintor. Se trata de San Lucas que, además de evangelista, fue médico y artista. Tras esa referencia de carácter bíblico quizá se esconde una alusión más general al valor de la pintura como arte que alcanzaba su mayor utilidad en su condición de instrumento devocional. También se ha apuntado que puede tratarse de un autorretrato -más alegórico que literal- de Zurbarán.

Muy ambiciosa intelectualmente, como la ha definido Miguel Falomir, director adjunto de Conservación e Investigación del museo, la muestra propone un recorrido narrativo: un viaje con distintas paradas con el arte, el artista y su relación con la sociedad como protagonistas. Esa reflexión tiene lugar desde el momento en que la pintura empieza a considerarse arte y ello supone que el lienzo ya no solo es una ventana, sino también un espejo que deja ver al artista, a las leyes que rigen su arte, los lugares en los que trabaja…  Hay autorretratos, pinturas que incluyen pinturas o esculturas o que hacen alusión a otras, obras que reflejan el poder atribuido a la imagen religiosa o el concepto moderno de la historia del arte, artistas que quieren romper los límites del cuadro, otros que divinizan a sus colegas o representaciones del museo como un nuevo templo (ahí está el Prado, fundado en 1819 y fin de este viaje).

Autorretrato, por Alberto Durero, 1498, óleo sobre tabla, 52 x 41 cm, Madrid, Museo Nacional del Prado. La creciente consideración de pinturas y esculturas como “obras de arte” se tradujo en un progresivo interés por sus autores, los artistas. El resultado es que desde finales del siglo xv abundan sus retratos, realizados por ellos mismos o por sus colegas. La indumentaria habla por lo general del nivel económico alcanzado, la cercanía a reyes o nobles es elocuente de su estatus social y su éxito profesional, la frente despejada y la mirada inteligente nos dicen que son intelectuales y, en ocasiones, los objetos que les acompañan indican las bases sobre las que se asienta su arte.

Autorretrato, por Alberto Durero, 1498, óleo sobre tabla, 52 x 41 cm, Madrid, Museo Nacional del Prado.
La creciente consideración de pinturas y esculturas como “obras de arte” se tradujo en un progresivo interés por sus autores, los artistas. El resultado es que desde finales del siglo xv abundan sus retratos, realizados por ellos mismos o por sus colegas. La indumentaria habla por lo general del nivel económico alcanzado, la cercanía a reyes o nobles es elocuente de su estatus social y su éxito profesional, la frente despejada y la mirada inteligente nos dicen que son intelectuales y, en ocasiones, los objetos que les acompañan indican las bases sobre las que se asienta su arte.

Isabel de Braganza, por Bernardo López Piquer, 1829, óleo sobre lienzo, 258 x 174 cm, Madrid, Museo Nacional del Prado. Bárbara de Braganza señala el Museo del Prado con una mano mientras la otra se apoya sobre los planos en los que se fija la disposición de los cuadros. Este museo, ubicado en uno de los hitos arquitectónicos de la ciudad, suponía la definitiva entronización del “arte” como materia altamente merecedora del interés público, y capaz de excitar el orgullo colectivo.

Isabel de Braganza, por Bernardo López Piquer, 1829, óleo sobre lienzo, 258 x 174 cm, Madrid, Museo Nacional del Prado.
Isabel de Braganza señala el Museo del Prado con una mano mientras la otra se apoya sobre los planos en los que se fija la disposición de los cuadros.
Este museo, ubicado en uno de los hitos arquitectónicos de la ciudad, suponía la definitiva entronización del “arte” como materia altamente merecedora del interés público, y capaz de excitar el orgullo colectivo.

Hay muchas y muy interesantes historias articuladas a través de la mitología, la religión, la fuerza del signo o la de la tradición, la historia del Arte o, entre otros, el poder de las imágenes y el arte infinito que es como se han titulado los apartados en los que se incluyen, respectivamente, dos de las obras sobre las que queremos llamar la atención: El sacrificio de Baco y Las hilanderas o la fábula de Aracne. En esta última se distingue un acto de homenaje y competencia de Velázquez a Tiziano y a la postre a Rubens y una reivindicación de la pintura como arte liberal que podría progresar infinitamente. El sacrificio de Baco de Massimo Stanzione, la obra que abre este artículo, refleja muy bien, como explican desde el Prado. el argumento de esta sección: “Acostumbrados como estamos a considerar un cuadro o una escultura primordialmente ‘obras de arte’, a veces olvidamos que durante muchos siglos gran parte de ellos fueron algo más. En su condición de objetos de culto concitaron devociones, expectativas, temores y odios que los convirtieron en piezas llenas de poder, capaces a la vez de dar origen a numerosos relatos milagrosos, o a provocar el deseo de su destrucción”.

 

Las hilanderas o la fábula de Aracne, por Diego Velázquez, 1655-60, óleo sobre lienzo, 220 x 289 cm, Madrid, Museo del Prado. El hecho de que uno de los elementos principales del cuadro sea un tapiz, y que este representa una obra de Tiziano ha propiciado las lecturas en clave histórico-artística. Se ha señalado así, que la obra representa el paso de la materia (el proceso de hilar) a la forma (el tapiz) a través del poder del arte, con lo que estaríamos ante una defensa de la nobleza de la pintura.

Las hilanderas o la fábula de Aracne, por Diego Velázquez, 1655-60, óleo sobre lienzo, 220 x 289 cm, Madrid, Museo del Prado.
El hecho de que uno de los elementos principales del cuadro sea un tapiz, y que este representa una obra de Tiziano ha propiciado las lecturas en clave histórico-artística. Se ha señalado así, que la obra representa el paso de la materia (el proceso de hilar) a la forma (el tapiz) a través del poder del arte, con lo que estaríamos ante una defensa de la nobleza de la pintura.

Cada obra va acompañada de una cartela que merece mucho la pena pararse a leer. Otra lectura recomendable es el libro que Javier Portús ha escrito como acompañamiento al estupendo trabajo que ha realizado para esta exposición y que lleva el mismo nombre: Metapintura. Un viaje a la idea del arte en España, y que nos acompañará y permitirá seguir indagando sobre el tema una vez que el 19 de febrero clausure la muestra. En la edición en papel de Descubrir el Arte también nos vamos a asomar de nuevo a la exposición: nuestro número de enero (215) incluirá un artículo de la historiadora del arte María Cóndor.

Metapintura. Un viaje a la idea del arte en España. Javier Portús. Diseño: Francisco J. Rocha. Edita: Museo Nacional del Prado.

Metapintura. Un viaje a la idea del arte en España. Javier Portús. Diseño: Francisco J. Rocha. Edita: Museo Nacional del Prado.

Arriba, Sacrificio a Baco, por Massimo Stanzione, h. 1634-1635, óleo sobre lienzo, 237 x 358 cm, Madrid, Museo Nacional del Prado.

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