Espacio Joan Miró en la Fundación Mapfre

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La sede madrileña del paseo de Recoletos ha inaugurado un nuevo espacio permanente dedicado al artista catalán donde se exhiben un total de 65 obras del propio Miró más cuatro esculturas y un óleo de su gran amigo Alexander Calder. Lo más característico de esta colección es que se muestran piezas de su última década, el periodo más desconocido del creador, y están representados todos los motivos que repitió a lo largo de su carrera

Este nuevo espacio de la Fundación Mapfre nace con la idea de convertirse en un lugar de referencia para el estudio de la obra de Joan Miró en Madrid. Esta colección, procedente de diferentes propietarios que han cedido las obras como depósito temporal, se presentará de forma permanente en las salas de Recoletos 23, donde podrán verse 65 obras del propio Joan Miró y cuatro esculturas y un óleo que le regaló su gran amigo Alexander Calder. La mayoría de las obras expuestas corresponden a las últimas décadas del artista catalán, uno de los periodos más desconocidos de Miro y que se ha comenzado a estudiar recientemente.

Esta colección permite al visitante descubrir a un “Miró entusiasta, divertido y hasta feliz en la plenitud de su oficio y la libertad de su lenguaje que reflexiona sobre su propia pintura, el arte y el devenir del tiempo”. Además, están presentes todos los motivos que interesaron al creador catalán desde sus inicios. El recorrido está dividido en cinco secciones.

Miró/Calder. Los dos creadores se conocieron en París en diciembre de 1928, y a partir de ese momento iniciaron una amistad que les uniría toda la vida, “hasta el punto de que las esculturas de uno, que parece escribir en el espacio, se llegaron a identificar con las formas bidimensionales del otro”. A partir de 1930 Calder realizó retratos en alambre de gran parte de sus amigos como el que hizo de Miró y que se puede ver en este espacio. El conjunto de obras que se muestran de Calder fueron regalos con los que el propio Calder obsequió a Miró.

Sobre estas líneas, Retrato de Joan Miró, por Alexander Calder, h. 1930, alambre de acero, 29 x 27 cm, colección particular en depósito temporal © Calder Foundation, New York/represented by Visual Entidad de gestión de Artistas Plásticos (V.E.G.A.P.), Madrid, Spain, 2016. Arriba, El canto del pájaro al rocío de la luna, por Joan Miró, 1955, óleo sobre cartón, 27 x 37 cm, colección particular en depósito temporal © Successió Miró 2016.

Sobre estas líneas, Retrato de Joan Miró, por Alexander Calder, h. 1930, alambre de acero, 29 x 27 cm, colección particular en depósito temporal © Calder Foundation, New York/represented by Visual Entidad de gestión de Artistas Plásticos (V.E.G.A.P.), Madrid, 2016. Arriba, El canto del pájaro al rocío de la luna, por Joan Miró, 1955, óleo sobre cartón, 27 x 37 cm, colección particular en depósito temporal © Successió Miró 2016.

El signo y el gesto. Las Constelaciones de Miró inauguraron un “nuevo modo de disponer en la superficie del cuadro toda una serie de formas que, interconectadas entre sí, ejercerían una notable influencia en la obra de gran parte de los expresionistas abstractos norteamericanos como Jackson Pollock o Mark Rothko”. Influencia recíproca que se aprecia en la gestualidad que puebla las obras de gran formato del artista catalán, tal y como vemos en Mujer española, 1972.

Mujeres, pájaros, estrellas. Con los años, el vocabulario de signos visuales que el artista inicia en 1924 sufre numerosas revisiones, cambios y transformaciones, pero manteniendo siempre la misma identidad e intensidad poética. Los motivos no son nuevos –mujeres-pájaros-estrellas–, pero el pintor les concede una nueva vida y los utiliza casi como pretexto para el estudio sobre la propia pintura y la gestualidad. Personaje y pájaros, 1969, nos muestra cómo el descubrimiento de la grafía oriental y el grafiti callejero se hacen de nuevo presentes.

Las cabezas. A partir de los años sesenta, Miró comenzó a depurar los motivos de sus pinturas, en una suerte de despojamiento que dejaba la obra casi desnuda. Esto es lo que se plantea en las numerosas cabezas que se presentan en esta sala. Criaturas extrañas, cabezas solitarias que surgen del lienzo y que en ocasiones nos miran inquisitivamente produciendo en el espectador una suerte de miedo mezclado con el humor que trasluce toda su obra.

Desafío a la pintura. En esta última parte se recoge una serie de obras relacionadas con la célebre frase del artista catalán, según la cual, quería “asesinar la pintura”. Este asesinato tiene un doble sentido. Por un lado, los materiales de deshecho, las tablillas, las resinas y los pegotes de pintura se convierten en protagonistas. Por otro, interviene sobre obras de pintores desconocidos que adquiere en mercadillos; el resultado, obras que son una mezcla de ambos artistas. En total Miró hizo diez obras de este tipo a lo largo de su carrera, de las que aquí se muestran cuatro, como Personajes en un paisaje cerca del pueblo, 1965.

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