A la caza del sonido

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La música se encontró con la tecnología a mediados del siglo XIX. Desde entonces, se han sucedido grandes avances técnicos en el registro y reproducción musical que han cambiado la manera de crear, de escuchar y de compartir la música. De esa historia habla la muestra 1, 2, 3… ¡Grabando! Una historia del registro musical que se puede visitar en el Espacio Fundación Telefónica (calle de Fuencarral, 3, Madrid) hasta el 22 de enero

El relato, comisariado por Cristina Zúñiga, del equipo de arte de Fundación Telefónica, se inicia en los albores del registro sonoro con piezas como el fonoautógrafo de Scott de Martinville, camina en paralelo a hitos tan paradigmáticos como el magnetófono, la casete compacta o el discman, y culmina en los más recientes dispositivos, como los reproductores mp3.

Sobre estas líneas, anuncio de casetes de 1969, copia Philips-Company Archives. Arriba, Jóvenes con su boombox, Newark, Newark, New Jersey (Photo by Visions of America/UIG via Getty Images).

Sobre estas líneas, anuncio de casetes de 1969, copia Philips-Company Archives. Arriba, Jóvenes con su boombox, Newark, Newark, New Jersey (Photo by Visions of America/UIG via Getty Images).

La exposición está organizada en torno a tres grandes áreas de acuerdo a la evolución de los dispositivos y los soportes. El primer apartado, Orígenes, abarca los años comprendidos entre 1857 y las primeras décadas del siglo XX; a continuación, Revolución sonora, de los años treinta a los noventa y, por último, Suena en digital, del año 2000 hasta nuestros días.

La historia del registro sonoro comienza en 1857 cuando el inventor parisino Édouard-Léon Scott de Martinville (1817-79) construyó un aparato, al que llamó fonoautógrafo, que permitía registrar las ondas sonoras sobre papel ahumado. Nacía el primer registro de un sonido acústico sobre un soporte. Pero el fonoautógrafo no reproducía el sonido grabado, adelanto que se produjo con la aparición, en noviembre de 1877, del fonógrafo de Thomas Alba Edison (1847-1931). Emile Berliner (1851-1929) dio el paso definitivo al patentar en 1887 el gramófono, un dispositivo de registro sonoro sobre un disco plano. Los discos eran resistentes, fáciles de almacenar y transportar y su espacio central podía contener información de la pieza y de la compañía.

Grabación en el estudio Pathe de Nueva York, 1916, Phonorama.

Grabación en el estudio Pathe de Nueva York, 1916, Phonorama.

Estos avances trajeron consigo cambios significativos en la composición, interpretación y producción musical, y en su consumo. Ya no hacía falta acudir a las salas de concierto. La experiencia musical se diversificó, ya no era solo un acto colectivo en un espacio público, podía ser también individual en un espacio privado. Desde el punto de vista del mercado y el consumo, la aportación de Berliner fue fundamental. El tocadiscos, tal y como lo conocemos, apareció en 1925.

George Groves en la mesa de mezclas grabando a Funny Brice en My Man 1928. George Groves.

George Groves en la mesa de mezclas grabando a Funny Brice en My Man 1928. George Groves.

En 1928, el ingeniero alemán Fritz Pfleumer (1881-1945) revistió cinta de papel con óxido de hierro para crear una “cinta de grabación” y concibió la primera grabadora de cinta, a la que llamó “soundingpaper” o “Sound Paper Machine”.  En 1934, la empresa alemana AEG (Allgemeine Elektricitäts-Gesellschaft) creó el magnetofón. En 1963, la empresa danesa Phillips lanzó al mercado el primer casete compacto, que se convirtió en el formato estándar a nivel internacional.

El disco compacto, desarrollado conjuntamente por Philips y Sony en 1982, añadió el plus de la alta tecnología aplicada al sonido. Le sucedieron una década de avances en sistemas de discos ópticos digitales de reproducción y almacenaje de datos, música y vídeo: CD-ROM, CD-R, CD-RW, DVD y Blu-ray. Pero la verdadera revolución llegó de la mano de Internet. La creación de un software de intercambio de archivos, el llamado P2P (peer-to-peer), el auge de plataformas como Napster, MySpace, iTunes, Kazaa, Spotify, así como de aplicaciones y softwares de creación musical abrieron las puertas a fans, melómanos y consumidores a un mundo nuevo.

Este es, de momento, el panorama, aunque puede que, incluso, los vinilos y las casetes, que viven una segunda juventud, vuelvan para quedarse, reivindicando la satisfacción de poseer piezas de gran valor sentimental.

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