Tauromaquia en tres dimensiones

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Armarse a la suerte es el título de una exposición en el Museo Nacional de Escultura de Valladolid, en la que se muestra por primera vez al público un conjunto escultórico realizado en madera policromada por Juan Cháez que escenifica diversas suertes de la lidia moderna. Gracias al proceso de restauración que se ha llevado a cabo por el museo y el Instituto del Patrimonio Cultural de España, los ricos ropajes con los que están ataviadas estas figuras han recuperado su apariencia original. Hasta el 5 de marzo

En el siglo XVIII la afición a la lidia cobra un gran auge, “efecto del ‘hambre de diversión’ (un hambre atrasada, tras un siglo barroco y contrarreforma, obsesionado por el pecado) de una sociedad que descubre los beneficios del entretenimiento tanto para el bien común como para la felicidad individual”, explica María Bolaños, directora del Museo Nacional de Escultura de Valladolid, en el catálogo de esta muestra. Y es que el placer es uno de los descubrimientos de este siglo, y también el del esparcimiento popular con sus carnavales, teatros, volatines o corridas de toro.

Sobre estas líneas, El alguacilillo a caballo acompañado por dos toreros. Arriba, Pepe Hillo herido acompañado de dos toreros. Pertenecen al conjunto escultórico Suertes taurinas, de Juan Cháez, finales del siglo XVIII, madera, algodón, lino, seda, lana cuero, papel, hilo metálico, figuras 64,50 x 46 x 34 cm, Valladolid, Museo Nacional de Escultura.

Sobre estas líneas, El alguacilillo a caballo acompañado por dos toreros. Arriba, Pepe Hillo herido acompañado de dos toreros. Pertenecen al conjunto escultórico Suertes taurinas, de Juan Cháez, finales del siglo XVIII, madera, algodón, lino, seda, lana cuero, papel, hilo metálico, figuras 64,50 x 46 x 34 cm, Valladolid, Museo Nacional de Escultura.

Por eso la política borbónica “consideró la diversión de los súbditos como un factor de progreso y, en consecuencia, un tema de Estado”, añade Bolaños. Y en esta línea, el Consejo de Castilla encarga a Jovellanos un Informe sobre espectáculos y diversiones públicas, en el que el político ilustrado extrae una clara conclusión: “No es menester que el Gobierno divierta al pueblo, sino que le deje divertirse e inventar sus propios entretenimientos.”

Y es en este ambiente donde la tauromaquia y su repercusión artística va a vivir su “edad de oro”. Así, escritores y artistas se dedican a tratar este tema, como Nicolás Fernández de Moratín, Juan de la Cruz, Bagaraña, Antonio Carnicero o el escultor Juan Cháez , y un poco después Goya realiza su célebre Tauromaquia (1816).

Parte del conjunto escultórico en una sala del museo vallisoletano.

Parte del conjunto escultórico en una sala del museo vallisoletano.

Juan Cháez (Málaga, h. 1750-Madrid, h. 1809) realiza hacia 1790 esta exquisito grupo escultórico, que a finales del siglo XIX se encontraba en el Palacio de La Alameda de Madrid del duque de Osuna, comprado por el Estado en 1999 y que hoy en día custodia este museo. “Es un ejemplar único que presenta diversos y curiosos atractivos, escenifica las nuevas reglas de la lidia moderna (tal y como se empezó a practicar a finales del siglo XVIII), alude a  toreros reales y muy populares, exhibe su conocimiento del género animalista y reproduce fiel y ricamente los atuendos del oficio”, añade Bolaños.

Hay que destacar además los exquisitos ropajes con los que están vestidas estas figuras de madera policromada, y de ahí el título de la exposición, “armarse a la suerte”, en lenguaje de la época, que hace referencia figuradamente a esa riqueza indumentaria y al rito de ataviarse para la lidia, ya que “armarse” significa revestirse; en definitiva, “dar dignidad ceremonial, a través del traje, a la gravedad del acontecimiento. Y es que el cuidado del atuendo era el primer acto de esta fiesta ritual”, explica Bolaños.

Fiesta de toros en el aire, de Isidro Carnicero, 1784, estampa en papel, 35,8 x 25,2 cm, Madrid, Museo Lázaro Galdiano.

Fiesta de toros en el aire, de Isidro Carnicero, 1784, estampa en papel, 35,8 x 25,2 cm, Madrid, Museo Lázaro Galdiano.

Así, rasos, encajes, tafetanes, filigranas o bordados utilizados para vestir a estas figuras dejan claro la atención que ese siglo concedió a las artes decorativas y, sobre todo, en el caso de los tejidos, ya que la Corona apoyó especialmente la implantación de manufacturas destinadas a la producción de tejidos, tapices y otros objetos ormanentales.

Como comenta María Bolaños, todo parece indicar que este conjunto escultórico fue un encargo de Carlos IV, un monarca muy aficionado a los toros, una capricho regio, semejante a los belenes napolitanos. Incluso es probable que documente una corrida celebrada en septiembre de 1789, en la que torearon maestros como Costillares, Pedro Romero y Pepe Hillo, el picador Laureano Ortega y el banderillero Nonilla, en el marco de los festejos reales que celebraron su proclamación.

El garrochista, de Francisco de Goya y Lucientes, h. 1795, óleo sobre lienzo, 57 x 47 cm, Madrid, Museo del Prado.

El garrochista, de Francisco de Goya y Lucientes, h. 1795, óleo sobre lienzo, 57 x 47 cm, Madrid, Museo del Prado.

Aunque se desconoce cuántas figuras componían originalmente este conjunto escultórico, es posible que no fuesen muchas más que las 27 esculturas que se conservan. Tampoco hay datos sobre su montaje original, así que la disposición que se ha seguido para su exhibición en el museo vallisoletano es más una propuesta que una certeza.

En total, 18 figuras humanas que forman la cuadrilla de diez toreros, seis peones, dos picadores, dos banderilleros y dos alguacilillos ataviados con trajes españoles de la época, a la moda del “majismo”. Las prendas están confeccionadas a medida, con lujosos tejidos de seda, algodones e hilo de acabado impecable. Así, la tipología y la cantidad de prendas textiles que viste cada figura (zapatos, botas, polainas, medias, calzones, fajas, chalecos, camisas, chaquetas, pañuelos sombreros y cofias) “ha complicado enormemente el tratamiento, ya que la intervención tridimensional, y no en plano, sumado a la variedad de materiales dificulta la elección metódica de su restauración. Hay que considerar que el tratamiento que frena un deterioro determinado en un tipo de material puede ser incompatible para otro”, explica el equipo que ha llevado a cabo la restauración de estas figuras, tanto los textiles como las tallas y policromías. Un trabajo largo y minucioso que el espectador podrá conocer porque al final de la exposición hay una sala en la que se muestra un vídeo de este proceso de intervención.

El torero Joaquín Rodríguez Costillares, de Francisco Domingo Marqués, 1880, óleo sobre lienzo, 65 x 54 cm, Madrid, Museo Lázaro Galdiano.

El torero Joaquín Rodríguez Costillares, de Francisco Domingo Marqués, 1880, óleo sobre lienzo, 65 x 54 cm, Madrid, Museo Lázaro Galdiano.

Además, junto a este grupo escultórico se exhiben una serie de obras de artistas como Goya (Disparate de toritos. Los proverbios 17, 1977, Museo Lázaro Galdiano; el óleo El garrochista, h. 1795, Museo del Prado, o el tapiz La novillada, 1780-1800, Patrimonio Nacional), Isidro Carnicero (el maravilloso Fiesta de toros en el aire, 1784, Museo Lázaro Galdiano), Francisco Domínguez Marqués (El torero Joaquín Rodríguez Costillares, 1880, Museo Lázaro Galdiano) o Eugenio Lucas Velázquez (el espectacular óleo La plaza partida, 1853-55, Museo del Romanticismo).

La plaza partida, de Eugenio Lucas Velázquez, 1853-55, pintura al óleo, 160 x 224 cm, Madrid, Museo del Romanticismo.

La plaza partida, de Eugenio Lucas Velázquez, 1853-55, pintura al óleo, 160 x 224 cm, Madrid, Museo del Romanticismo.

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