José Palacio, el hombre que llevó Oriente a Bilbao

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El Museo Carmen Thyssen de Málaga expone una selección de piezas de arte japonés del periodo Edo que el coleccionista reunió entre 1925 y 1932. Esta colección, que pertenece al Museo de Bellas Artes de Bilbao, está compuesta por pinturas, estampas, cajas, mobiliario y cerámica y destaca por el conjunto de tsuba (guardamano de la hoja del sable), uno de los mejores de Europa. Hasta el 23 de abril

La apertura de los puertos japoneses al tráfico internacional a mediados del siglo XIX supuso la reanudación de las relaciones comerciales y culturales entre Occidente y Japón después de varios siglos. Así, empezaron a llegar a Europa objetos artísticos como grabados, estampas, cerámicas, textiles o lacas, que causaron sensación entre los europeos, y cuya estética y temática influyeron en movimientos artísticos como el impresionismo y el Art noveau.

Sobre estas líneas, "El elegante juego del zorro", de Kikugawa Eizan, estampa ukiyo-e Edo (Tokio), 1824, impresión xilográfica en color nishiki-e. 36,2 x 25,9 cm. Arriba, serie "Las cincuenta y tres estaciones de Tōkaidō", de Utagawa Hiroshige, estampas ukiyo-e Edo (Tokio), 1831-1834, impresión xilográfica en color, nishiki-e. 23,2 x 35,3 cm.

Sobre estas líneas, “El elegante juego del zorro”, de Kikugawa Eizan, estampa ukiyo-e Edo (Tokio), 1824, impresión xilográfica en color nishiki-e. 36,2 x 25,9 cm. Arriba, serie “Las cincuenta y tres estaciones de Tōkaidō”, de Utagawa Hiroshige, estampas ukiyo-e Edo (Tokio), 1831-1834, impresión xilográfica en color, nishiki-e. 23,2 x 35,3 cm.

Aunque en España había antecedentes del aprecio por este tipo de arte en el siglo XVI entre monarcas, religiosos y militares, como atestiguan las piezas del Museo Oriental de los Agustinos en Valladolid o el Museo de Santo Tomás en Ávila, es a raíz del interés de la burguesía por estos objetos con fines decorativos cuando se puede hablar propiamente de coleccionismo oriental, aunque cabe decir que este tuvo escasa repercusión en el conjunto del territorio nacional.

Solo en Barcelona se llegó a crear un incipiente mercado de objetos orientales y fue allí donde surgieron las principales colecciones, como la Mansana, que llegó a reunir más de 3.000 piezas. En Cataluña este gusto “por lo oriental”, que tuvo su punto álgido con la Exposición Universal de Barcelona en 1888, fue introducido por algunos artistas e intelectuales, como Mariano Fortuny, Anglada-Camarasa, José María Rodríguez Acosta o Frederic Marès, que en sus viajes a París comprobaron de primera mano la influencia del japonismo en las creaciones artísticas y conocieron a importantes coleccionistas de arte oriental, como Charles Gillot, los hermanos Goncourt, Émile Guimet o Samuel Bing.

"Grandes éxitos teatrales", de Utagawa Kunisada, estampa ukiyo-e Edo (Tokio), 1814, impresión xilográfica en color, nishiki-e. 37,6 x 25,3 cm.

“Grandes éxitos teatrales”, de Utagawa Kunisada, estampa ukiyo-e Edo (Tokio), 1814, impresión xilográfica en color, nishiki-e. 37,6 x 25,3 cm.

Pero en el Bilbao de finales del siglo XIX y principios del XX, la realidad era muy distinta a la catalana, y el gusto artístico de la burguesía vasca se había decantado por una pintura más clásica. Solamente algunos jóvenes artistas que viajaron a París, como Adolfo Guiard, José María Ucelay o Francisco Iturrino, mostraron inclinación por la estética nipona. Por eso, en una sociedad tan poco proclive a este tipo de coleccionismo, llama la atención la figura de José Palacio, que a contracorriente de su entorno y de sus contemporáneos, se convirtió en un gran coleccionista de arte oriental, a la altura de los más importantes de toda Europa.

Nacido el 2 de septiembre de 1875 en Montevideo de padre cántabro y madre bilbaína, José Palacio se trasladó a Bilbao a los quince años, y en 1898 se licenció en Derecho por la Universidad de Salamanca. A principios del siglo XX residió temporalmente en Barcelona, en cuya universidad estudió arquitectura. A partir de 1911 se instaló definitivamente en Bilbao, donde frecuentaba los círculos culturales y artísticos de la ciudad.

"Mujer leyendo", de Katsushika Hokusai, Estampa surimono Edo (Tokio), 1822, impresión xilográfica en color, nishiki-e. 21,5 x 18,8 cm.

“Mujer leyendo”, de Katsushika Hokusai, Estampa surimono Edo (Tokio), 1822, impresión xilográfica en color, nishiki-e. 21,5 x 18,8 cm.

Llevado por sus dos grandes pasiones, el arte y la música, viajó por toda Europa y, sobre todo, a París. Gracias a los catálogos, libros, recortes de prensa de reseñas artísticas de Le Figaro o las hojas del Hôtel du Louvre, donde anotaba sus vivencias de viajero y aficionado a las artes que guardó, se sabe que entre 1924 y 1933 viajó a menudo a la capital francesa para participar en las subastas más importantes de colecciones orientales del Hôtel Drouot y la galería George Petit, como la de la colección Haviland en octubre de 1924, la de Vapereau y Paul Corbin en mayo de 1926 o la de François Poncetton en 1929.

Palacio fue un coleccionista riguroso, como demuestra el hecho de conservar los registros que relataban la historia y la procedencia de las piezas que adquiría, que a su vez catalogaba con sus iniciales “J.P.” y un número de registro. Además de coleccionista, Palacio fue un gran especialista en arte oriental, como queda patente por la alta calidad artística de las piezas que reunió.

"El actor Arashi Rikan II", de Shunbaisai Hokuei, Estampa surimono Osaka, 1832, impresión xilográfica en color, nishikie. 36,4 x 25,2 cm.

“El actor Arashi Rikan II”, de Shunbaisai Hokuei, Estampa surimono
Osaka, 1832, impresión xilográfica en color, nishikie. 36,4 x 25,2 cm.

En el caso de los netsuke, por ejemplo, se decantó por los realizados en madera siguiendo los principios de la estética zen, mientras que sus contemporáneos preferían los hechos en marfil, que tenían mayor valor comercial, o en el caso de los utensilios para la ceremonia del té (chanoyu), prefirió coleccionar piezas de cerámica, más auténticas, cuando la mayoría se decantaba por las de porcelana con decoraciones coloristas y motivos dorados.

Un año después de la muerte de José Palacio en 1952, su heredera, María de Arechavaleta, siguiendo la voluntad del coleccionista, donó parte de la colección al Museo de Bellas Artes de Bilbao y a la muerte de esta, en 1954, le fue legado el resto. En conjunto, son un total de 291 piezas de arte oriental, procedentes en su mayoría de Japón, pero también de China, Corea o Vietnam, que incluyen pinturas, estampas, indo (estuche que cuelga del cinturón del kimono masculino), suzuribako (caja para escritura), sikisibako (caja para guardar papeles), netsuke (esculturas en miniatura), chanoyu o los objetos Namban, y destaca por ser una de las mejores colecciones europeas de tsuba (guardamano de los sables). De ellas, 112 han sido estudiadas por el Departamento de Conservación y Restauración del propio museo y un equipo del Departamento de Química Analítica de la Facultad de Ciencia y Tecnología de la Universidad del País Vasco, para determinar la naturaleza de los materiales empleados en su elaboración.

Así, la muestra Japón. Grabados y objetos de arte del Museo Carmen Thyssen de Málaga, comisariada por Lourdes Moreno, expone 24 grabados ukiyo-e de los siglos XVIII y XIX. Durante el periodo Edo (1615-1868) el grabado se convirtió en la principal forma de expresión artística de la burguesía urbana y su estilo de vida, centrado en el ocio y las diversiones populares, la conocida como cultura ukiyo (“mundo flotante”). El museo malagueño exhibe una selección de estas xilografías con temas como escenas literarias, costumbristas, del teatro kabuki, naturalistas, paisajes o retratos de bellas mujeres, además se expone una pintura del gran artista Kawanabe Kyōsai.

"La cortesana Hinakoto de la casa Hyogo". de Kitagawa Utamaro, La cortesana Hinakoto de la casa Hyogo, c. 1795. Estampa ukiyo-e. Museo de Bellas Artes de Bilbao, h. 1795, estampa ukiyo-e.

“La cortesana Hinakoto de la casa Hyogo”, de Kitagawa Utamaro, h. 1795, estampa ukiyo-e.

Junto a los grabados se exhibe también una veintena de objetos de usos diversos realizados en madera lacada, como unas pequeñas cajas (para guardar incienso, útiles de escritura o papeles), fundas para pipas (kiseru-zutsu) y estuches de madera (inrō) que colgaban del cinturón del kimono, con la ayuda de una figura que hacía de contrapeso (netsuke). Y como complemento, se recuerda también el mundo samurái a través de una serie de armas tradicionales como la katana (sable largo) y hamidashi (daga corta), y las tsuba, guardamanos que separaban la empuñadura del sable japonés de su hoja de acero.

Francesc FABRÉS SABURIT

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