Fernando Manso: fotografías “pictoralistas”

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Hasta el 25 de marzo, la galería Ansorena acoge el último trabajo de este fotógrafo madrileño: Norte, una serie de instantáneas de gran belleza, serenidad y armonía que retratan el paisaje invernal de la cornisa cantábrica. Una naturaleza marcada por brumas, nieblas, cielos casi blancos, el mar embravecido, árboles desnudos y descarnados, unos instantes extraordinarios que el artista ha logrado captar, tras horas o días de paciente espera

“Fernando Manso no cumple con el estereotipo del fotógrafo, su disposición supera lo corriente y siempre busca algo excepcional. Desde su objetivo, ofrece detalles extraordinarios como solo puede hacerlo la fotografía, y eso es de una importancia enorme.

 A veces en la naturaleza hay horas extraordinarias donde ocurren cosas que no estamos acostumbrados a ver, lo inusual, el instante donde se produce una revelación, y es en esos instantes donde –como muy pocos creadores y de forma muy personal– trabaja Fernando Manso. Hay muchas formas de presentar la luz, y sus fotografías me recuerdan a Caspar David Friedrich, están tocadas por ese espíritu evocador del romanticismo alemán, su templanza, que concilia el tumulto del idealismo con una armonía y serenidad bellísimas.” Así definía el trabajo de este fotógrafo madrileño Antonio López en el prólogo que escribió para el libro España (2012) de Manso.

Sobre estas líneas, Boca de Huergano, 90 x 84 cm. Arriba, Puente de Lugo, 100 x 201 cm. Todas las fotografías, Fernando Manso. Cortesía: galería Ansorena.

Y así es. Al contemplar algunas obras de esta serie cuesta distinguir si se trata de fotografía o pintura. Quizá en parte se deba a que su manera de trabajar, o de mirar, sea más la de un pintor que un fotógrafo (muchas veces ha afirmado que quiere hacer una fotografía pictoralista), es paciente, no le importa esperar y observar durante horas porque el resultado lo tiene desde el principio en la cabeza, y solo dispara cuando ve que la fotografía que va a captar es la que ha recreado en su mente previamente. Algunas de sus imágenes ha tardado, días, meses o incluso años en conseguirlas: dieciocho días (o amaneceres) tardó en tomar la foto del Palacio de Cristal que fue la portada de su libro Madrid (2008), prologado por Ángeles Caso.

Riaño, 90 x 260 cm.

Y es que la teoría de Manso es no disparar, sino observar y observar, y cuando ve ese instante que ha imaginado en su cabeza, entonces sí, ya está listo para disparar, “solamente disparo cuando siento la fotografía”. Un ejemplo entre otros muchos, tardó tres años en captar una fotografía del libro España, un bosque de eucaliptos que se anegaba de agua al subir la marea cerca de San Vicente de la Barquera (Cantabria). Para tomar esa foto tuvo que estudiar los coeficientes de las mareas, iba en cada estación, cuando la luz era buena como en primavera la marea estaba demasiado baja, hasta que llegó ese momento en que luz y agua eran perfectas y allí estaba Manso preparado con su cámara. Una filosofía de trabajo que ha explicado en más de una ocasión: “La paciencia con la que fotografío paisajes me transporta más allá de las sensaciones, no siento ni padezco, simplemente espero el momento”.

Cudillero, 150 x 187 cm.

En plena era digital, Manso no solo sigue fiel a la fotografía analógica, sino que trabaja como se hacía antaño, con una cámara de placas y negativo de 10 x 12 cm que mandó fabricar en Japón. Primero se revela la placa, luego se escanea y se positiva para que se pueda imprimir en libros o catálogos. Manso comenta que le gusta la magia y el romanticismo que se produce cuando hace fotografías con este tipo de cámaras. “Como esta cámara tiene un fuelle, me permite desplazar el objetivo y corregir las perspectivas, los paralelos, la profundidad o el desenfoque. Aunque, sin embargo, como no se ve el resultado hasta que revelas la placa, no sé si ha quedado a mi gusto hasta que la revelo… Aprieto el disparador una sola vez, y hago un acto de fe…”

Nacedero de Urederra, 66 x 160 cm.

Manso es un romántico, casi de otro tiempo, sube a los montes o a lugares de difícil acceso cargado con el trípode y con esa cámara de placas, en las que para mirar por el objetivo tiene que ponerse un trapo por encima de la cabeza. Dice que no le gusta nada eso de hacer cincuenta o cien fotos digitales en uno o dos minutos, elegir luego la mejor y borrar el resto porque se pierde la magia. Para él es importante ser fiel a su manera de trabajar y seguirá haciéndolo así mientras sigan fabricando placas.

Fernando Manso (Madrid, 1961), que ingresó en el mundo de la fotografía dirigiendo el Departamento de Fotografía profesional de Canon, comienza como fotógrafo autodidacta para luego dedicarse ya de manera profesional en una agencia de publicidad, Y a partir de 1990 se convierte en fotógrafo artístico a tiempo completo. “Las sombras, el reflejo, el brillo, la bruma, la niebla, la tormenta… En definitiva, la luz que nos hace percibir la realidad, con sus miles de interpretaciones. Esa es la fotografía. Pintar con luz mis sentimientos, sensaciones, es lo que me lleva a mostrar lo más profundo de mis emociones”, así explica Manso lo que es para él ser fotógrafo artístico.

Vaquería Rioturbio, 95 x 119 cm.

Sus fotografías han sido publicadas en revistas nacionales e internacionales y ha editado varios libros de fotografía, entre los que destaca Madrid (2008), España (2012) y La Alhambra (2013). Ha expuesto sus obras en España y otros países como Italia, Marruecos, Colombia, Filipinas o Rusia.

Tantas horas de dedicación y trabajo da grandes frutos como demuestra una vez más el último trabajo que puede verse en la galería Ansorena. Unas fotos que conmueven por su gran belleza, por esos paisajes que casi parecen ensoñaciones, como si Manso fuese capaz de pintar la luz en una fotografía. Y es que Manso demuestra que el arte a veces puede superar en belleza a la naturaleza, como en sus paisajes nebulosos, en los mares indómitos o en esos cielos casi blancos.

Boquerizo, pueblo de Molleda, 95 x 119 cm.

 

 

 

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