Guernica: los caminos invisibles de un icono

el-guernica.jpg

Los comisarios T. J. Clark y Anne Wagner han realizado una selección de más de 150 obras de Pablo Picasso que van desde los años veinte a los cuarenta, y donde la mitad de ellas guarda relación directa con esta pintura emblemática, en una exposición con la que el Museo Reina Sofía celebra los ochenta años de su realización. Hasta el 4 de septiembre

Este cuadro del pintor malagueño se acaba de convertir en un venerable octogenario y para conmemorar este acontecimiento el Museo Reina Sofía inauguró el pasado abril Piedad y terror en Picasso. El camino a Guernica, una extraordinaria exposición que ha reunido más de 150 obras, donde casi la mitad de ellas guarda una relación directa con esta icónica obra. Proponemos a nuestros lectores un recorrido por otros caminos invisibles que propone esta muestra.

Sobre estas líneas, Busto de mujer con sombrero de rayas, 1939, temple sobre tabla, 81 x 54 cm, París, Museo Picasso. Arriba, Guernica, 1 de mayo-4 de junio de 1937, óleo sobre lienzo, 349,3 x 776,6 cm, Madrid, Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Todas las obras de Pablo Picasso. Todas las imágenes, Sucesión Picasso, VEGAP 2017.

Los interesados en leer el dossier completo de la revista núm. 218, del pasado mes de abril, podrán ADQUIRIRLO EN FORMATO PDF o un ejemplar de la revista en papel. Está compuesto por un artículo donde el profesor Javier Pérez Segura analiza esta exposición y explica varios cuadros (este artículo es un extracto); por otra parte, Mercedes Peláez, en Los símbolos del espanto, reflexiona sobre cómo Picasso exhaló con el Guernica un lamento por la ruina de Europa presagiada en España y cómo su cuadro comparte con otras obras, como algunos relieves sumarios o el Beato de San Severo, el terror sordo de las pesadillas, las catástrofes, los diluvios y las guerras. Y, por último, el profesor y especialista en el pintor malagueño Rafael Inglada comenta tres obras fundamentales, Sueño y mentira de Franco, Madre con niño muerto y La suplicante, y recorre día a día el año 1937.

Tiempo de partida: los veinte

La exposición parte de la década de los veinte del siglo pasado, unos años respecto a los cuales –después de haber logrado evitar la tentación de convertirlos en prolegómenos o condición sine qua non del Guernica (en adelante G)–, los comisarios T. J. Clark y Anne Wagner han realizado una selección muy sagaz en intenciones y sugerencias. Porque, de repente, al mismo tiempo creemos ver en esos cuadros las consecuencias de los cubismos previos, la huella de los coqueteos con el surrealismo y el anuncio de lo que finalmente sería el horizonte del nacimiento y apoteosis de G.

Mandolina y guitarra, por Pablo Picasso, 1924, óleo y arena sobre lienzo, 140,7 x 203,3 cm, Nueva York, Museo Guggenheim.

Por ejemplo, la selección de naturalezas muertas proporciona abundantes pistas sobre lo que podía pensar Picasso de este género, al que por otra parte tanto debía el cubismo, y por extensión de la pintura y del arte.

Podemos imaginarle colocando de nuevo cuidadosamente los objetos más variados sobre la mesa: una cabeza de carnero, un busto clásico ­–¡menudo contraste de cráneo!–, un frutero, una paleta… incluso un vaciado de brazo que sujeta algo. Sí, lo han leído bien, como en G, solo que con más de diez años de antelación. Y de nuevo le vemos hacer magia con el dibujo y el color, aplicándolos con tantas variaciones que llegaremos a dudar de que sea el mismo artista el que firma todas estas obras.

Desnudo de pie junto al mar, 1929, óleo sobre lienzo, 130 x 97 cm, Nueva York, Metropolitan Museum of Art.

Los años veinte son también los de su curiosidad por el recién nacido surrealismo, los de sus furtivas miradas al clasicismo, los de sus figuras transparentes, los de sus esculturas en alambre (Proyecto para monumento a Apollinaire, 1928), los de su admiración por Miró y su estética de la crueldad (La danza o Las tres bailarinas, 1925), o los de su creciente obsesión con un tema que sería esencial en el futuro, como es el de pintor y su modelo, o pintor en su estudio.

Figuras al borde del mar, 1931, óleo sobre tabla, 130 x 195 cm, París, Museo Picasso.

Tiempo de llegada: los cuarenta

Estos años constituyen otra baza importante de la exposición. Varias decenas de cuadros que son, pese a todo, apenas un abrir y cerrar de ojos en una producción casi inagotable. Christian Zervos, que había emprendido la titánica labor de catalogar toda su producción, estimaba que solo entre 1936 y 1945 Picasso había realizado más de 2.200 obras.

Mujer arreglándose el cabello, junio de 1940, óleo sobre lienzo, 130,1 x 97,1 cm, Nueva York, Museum of Modern Art.

Este tiempo nos sorprende con un Picasso apasionado por los conflictos de su tiempo y de sus países (España y Francia), que tomó partido por la legalidad republicana y que tuvo que afrontar la realidad de vivir en un país ocupado por el nazismo. Para sus jerarcas, el artista malagueño era el líder del arte degenerado y, quizá, pudiera tener hasta sangre judía; para los colaboracionistas del régimen de Vichy era, además, un extranjero cuyas experimentaciones vanguardista habían destruido una cierta tradición francesa, la de la belleza y el placer de los sentidos, que había parecido intocable, inatacable, desde la llegada de Monet, Pisarro y sus legiones de seguidores, y antes Ingres, Pousin, Clouet, etcétera.

Un tiempo marcado por la escasez de material para poder seguir trabajando y de pocas relaciones amistosas. En su obra de teatro El deseo atrapado por la cola (1941), escrita en un estilo extravagante, sórdido y casi neodadaista, ofrece un buen tableau vivant de esos años de penuria y claustrofobia existencial. No es casual que en su primera representación privada hubiera actores y espectadores como Cocteau, los Leiris, los Bataille, Simone de Beauvoir, Camus, Sartre, Lacan o Henry Michau. Además, conviene no olvidar que el fallecimiento de algunos amigos –sobre todo el del escultor Julio González, en marzo de 1942– añadió más drama, y mayor tremendismo también, a un periodo que sigue sorprendiendo por su infinita aspereza visual. Apenas unas semanas después de aquella pérdida, firma Naturaleza muerta con cráneo de buey.

Naturaleza muerta con cráneo, puerro y jarrón, 1945, Museo de Bellas Artes de San Francisco.

Una parte de esta producción fue conocida por todos, tras la liberación de París el 25 de agosto de 1944, en el Salón de Otoño que se inauguraba el 6 de octubre. En la sala de Picasso se mostraban 74 cuadros y 5 esculturas, donde predominan las obras de pequeño formato con temas de cabeza de mujer. Y ahora, esta exposición del Museo Reina Sofía hace desfilar en sus salas a más de una decena de ellas, cuya apariencia de monstruo impacta en el espectador. Cómo no. Ya sabemos que, entre otras mil razones, una de las más poderosas era la ruptura sentimental con su musa de los años precedentes, la fotógrafa Dora Maar, quien había documentado el sufrido parto de G.

El visitante descubrirá cómo esa espléndida serie de cabezas femeninas que nos regala esta muestra, antes casi de que naciera el monstruo, en los últimos años veinte había llenado esos temas la brillante luz de la pura experimentación. En cambio, en los primeros años cuarenta, cuando vuelva a pintar cabezas y bustos de mujer, todo ese optimismo del que cree estar descubriendo nuevos mundos en cada trozo de tela, parece haber dado paso a una actitud sombría, descreída. Esas cabezas de mujer serían como el paisaje desierto que ha quedado después de la lluvia ácida que chorreó de cada plañidera, de cada obra titulada Mujer que llora, que había sido parte del, y aunque suene a paradoja, cortejo fúnebre del recién nacido G.

Javier PÉREZ SEGURA

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

*