Los otros impresionismos

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Como las ondas circulares que provoca una piedra al caer al agua, el impresionismo francés alcanzó a los países nórdicos, donde su influencia se hibridó en una generación única capaz de captar con maestría la luminosidad boreal. En Rusia, fue desdeñado por la crítica, pero adoptado por los artistas que buscaban la modernidad. Y en EE UU, los jóvenes pintores que lo llevaron desde París revolucionaron el arte del Nuevo Mundo. Ofrecemos un extracto del dossier dedicado a este tema en Descubrir el Arte

Tres versiones de la luz boreal

La huella de la revolución impresionista se proyectó con fuerza en Suecia y Dinamarca, y dio lugar a una potente escena pictórica con mucha influencia internacional en torno a 1900. Aquí la examinamos a partir de sus tres figuras más destacadas: Anders Zorn, Peder Severin Krøyer y Vilhelm Hammershøi.

Sobre estas líneas, Tarde de verano en la playa de Skagen, por Peder Severin, 1899. Arriba, La mesa de té, por el artista ruso Konstantin Korovin.

Cuando se habla de impresionismo fuera de Francia, en realidad nos referimos a la huella que ese paso sin retorno tuvo en las distintas escenas locales. Y entre las que lo acusaron de forma más característica con notable éxito hay que destacar la de los países nórdicos, especialmente Suecia y Dinamarca, que a lo largo del siglo XIX habían basculado sobre el paradigma romántico de matriz alemana.

Buscar equivalentes exactos del impresionismo francés en la escena nórdica o en cualquier otro sitio es, por todo ello, una tarea estéril. De lo que se trata es de ver cómo su influencia modifica las escenas artísticas nacionales en dirección hacia la modernidad teniendo en cuenta todos los factores mencionados. Suecia y Dinamarca son dos de los casos más dinámicos, y algunos de sus artistas obtuvieron una apreciable proyección exterior. Es el caso de Anders Zorn (1860-1920) y Peder Severin Krøyer (1851-1909), y, en menor medida, de Vilhelm Hammershøi (1864-1920), el más alejado del patrón impresionista pero, a cambio, uno de los pintores más singulares de la Europa de su tiempo. Tres figuras cuya madurez artística cuaja en torno a 1900 y que sirven de muestra significativa de un cierto modelo nórdico de avance en la dirección de lo moderno.

Los ventanales, por Vilhelm Hammershøi, 1913, Ordrupgaard Kunstmuseum.

Extracto del artículo de José María Faerna.

Y París contaminó Nueva York

Entre finales del siglo XIX y principios del XX, todo artista que deseara hacer carrera debía visitar París. Así lo hicieron numerosos creadores norteamericanos, en su mayoría hijos de burgueses acomodados por el comercio y la industria. Lo que vieron les cambió la vida y, a su vuelta, la tradición pictórica del Nuevo Mundo, que se sumergió de lleno en la modernidad cosmopolita

Claude Monet pintando en la linde del bosque, por John Singer Sargent, 1885, 54 x 64,8 cm, Londres, Tate Gallery

Algunos establecieron estrechas relaciones con los principales protagonistas del impresionismo, como Mary Cassatt (1845-1926), alumna y amiga de Edgar Degas (1834-1917), o como John Singer Sargent (1856-1925) y Theodore Robinson (1852-96), que visitaron con asiduidad a Claude Monet (1840-1926) en su casa de Giverny. De hecho, la presencia de Monet en este pequeño pueblo situado al oeste de París atrajo el interés de muchos pintores, entre ellos una importante colonia de norteamericanos. Por ejemplo, solo durante el verano de 1887, coincidieron en Giverny, además de Theodore Robin­son, que llegó a tener allí un estudio, pintores como Henry Fitch Taylor (1853-1925), Louis Ritter (1854-92), Williard Leroy Metcalf (1858-1925), John Leslie Breck (1860-99) y Theodore Wendel (1857-1932). Todos ellos fueron los que introdujeron el impresionismo en los Estados Unidos, una corriente que asimilaron con diferentes matices.

Día lluvioso, Columbus Avenue, Boston, por Childe Hassam, 1885, 66 x 122 cm, Toledo (Ohio), Museum of Art,

La difusión del impresionismo en Norteamérica empezó a manifestarse a partir de 1886. Aquel año se organizó en París la octava y última exposición del grupo, mientras que en Nueva York, el prestigioso marchante de arte francés Paul Durand-Ruel presentaba en la American Art Association la mayor muestra de pintura impresionista, con un total de 300 cuadros, entre ellos 23 Degas, 17 Monet, 7 Berthe Morisot, 42 Pissarro, 38 Renoir y 15 Sisley. La exposición despertó un enorme entusiasmo y fue un gran éxito tanto de público como de crítica. Empezaron a surgir nuevos coleccionistas, lo que decidió a Durand-Ruel a abrir una galería permanente en la Quinta Avenida en el año 1888.

Un asunto al fin de mujeres

Aunque minoritarias, algunas mujeres consiguieron desempeñar un papel notable en el contexto del impresionismo. Nos referimos, entre otros, a los casos más conocidos, como el de Mary Cassatt (1845-1926) y el de Berthe Morisot (1841-95). Considerando la larga lucha de las mujeres para conseguir imponerse en el mundo del arte, podríamos decir que el impresionismo coincide con el inicio del reconocimiento –aunque muy tímido– de la mujer como artista profesional.

Bañista en camisa, por Berthe Morisot, 1894, óleo sobre lienzo, México D. F., Museo Soumaya.

En su ensayo Mujer, arte y sociedad (Destino, 1999), la historiadora Whitney Chadwick explica así esta evolución: “Algunas mujeres fueron atraídas por el impresionismo precisamente porque la nueva pintura legitimaba los asuntos de la vida doméstica de la que las mujeres tenían un íntimo conocimiento, aunque fueran excluidas de otras temáticas, como la imaginería inspirada en la esfera social y burguesa del bulevar, los cafés y las salas de baile”.

En la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX, el acceso de las mujeres a la enseñanza artística y a las instituciones oficiales, en igualdad de oportunidades con los hombres, estaba todavía lejos de ser una realidad reconocida por la sociedad. Como mucho, pintar y dibujar podía ser considerado un simple entretenimiento, pero nunca una actividad profesional. Quien se arriesgaba a hacer una carrera artística chocaba a menudo con una moral rigorista, como le ocurrió a la desdichada escultora Camille Claudel (1864-1943), encerrada de por vida en un asilo por decisión de su hermano, el escritor Paul Claudel…

La partida del bote, por Mary Cassatt, 1893-94, óleo sobre lienzo, Washington National Gallery of Art.

Extractos de los dos artículos de Marie-Claire Uberquoi

Realidad y realismo

Desdeñado por la crítica por ser un estilo extranjero ajeno a la tradición agraria del país, los jóvenes creadores rusos acogieron el impresionismo como una fórmula con la que alcanzar la modernidad artística, sin abandonar su propia visión del mundo.

Lavanderas, por Abram Arkhipov, 1898, óleo sobre lienzo, 43,8 x 42 cm, San Petersburgo, Museo Estatal Ruso.

Especialistas en la modernidad artística rusa como G. Pospelov sostienen tajantemente que no hubo un movimiento impresionista en Rusia: jamás existió un grupo independiente que abanderase el impresionismo ni pintores que se considerasen “impresionistas” en Rusia, y la crítica, que no prestó excesiva atención al impresionismo, siempre se refirió a él señalando su condición de estilo extranjero ajeno por completo al verdadero espíritu ruso de compromiso con la realidad. Si bien los argumentos de Pospelov son irrefutables, un simple paseo por la colección del Museo Estatal Ruso de San Petersbugo echa por tierra su rotunda negación: el impresionismo, tal y como demuestran los innumerables ejemplos que se pueden contar desde mediados del siglo XIX hasta bien avanzado el siglo XX, fue una realidad en Rusia.

Muchacha con melocotones (Retrato de Vera Savvishna Mamontova), por Valentin Serov, 1887, óleo sobre lienzo, 91 x 85 cm, Moscú, Galería Estatal Tretiakov.

Ahora bien, este impresionismo se gestó en un contexto que, a todas luces, nada tenía que ver con Francia y que, en consecuencia, no pudo generar todas esas condiciones propias del impresionismo francés que Pospelov, en su intento por extrapolar de forma literal las condiciones de un país a otro, no pudo encontrar por ninguna parte en territorio ruso. Sumida en una historia convulsa, marcada por una tradición folclórica arraigada y en conexión con el movimiento populista social-agrario nacido en el siglo XIX, el narodnischestvo, Rusia acogió el impresionismo como una de las nuevas fórmulas con las que alcanzar la modernidad artística aunque sin dejar de lado su propia visión del mundo, marcada por ese carácter insondable, escéptico y nihilista que Dostoievski, Tolstoi y Gogol perfilaron en sus retratos del alma rusa…

En el bote. Abramtsevo, por Vasily Polenov, 1880, uno de los miembros de la Cooperativa de Exposiciones de Arte Itinerantes y destacado defensor de la técnica au plein air.

Extracto del artículo de Constanza Nieto

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