Francesca Woodman: reivindicación de la conciencia del cuerpo femenino

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Un recorrido desde 1972 a 1981 a través de 30 fotografías de esta artista norteamericana que giran en torno a la ausencia y la presencia en Bernal Espacio Galería de Madrid. Imágenes en blanco y negro y en color, en las que está presente el límite entre lo real y lo fantasmagórico, la lejanía y la cercanía, con su cuerpo desapareciendo o mimetizándose con la pared. Hasta el 31 de mayo

Pese a la continua presencia de Francesca Woodman (Denver, 1958 – Nueva York, 1981)  en sus fotografías, siempre aparece al borde de la desaparición. En ellas el cuerpo se desmaterializa y se funde en escenarios arcaicos y en declive. Representa aquello que está por venir, lo que es o lo que será. El cuerpo (la carne) no es inmutable, como tampoco lo son los espacios o las relaciones que generamos.

A través de su cuerpo logra canalizar y personalizar cualquier problemática, creando una obra íntima, donde la imagen se niega a permanecer inmóvil. La constante evanescencia refleja la presencia latente, tanto en su vida como en su obra, de la ausencia.

Sobre estas líneas, Sin título, Providence (Rhode Island), 1975-78, 185 x 185 cm. Arriba, Im trying my hand at fashion, 1977, 115 x 115 cm. Todas las fotografias de Francesca Woodman, cedidas por Espacio Bernal Galería.

Con su trabajo, Woodman reivindica la conciencia del cuerpo femenino y la importancia de la representación. La mujer como artista y como sujeto de la obra, una modelo en movimiento que rompe con el rol que le ha sido históricamente asignado, haciendo una disyunción entre el ser y su representación.

Bernal Espacio Galería dedica hasta el 31 de mayo una exposición a la artista norteamericana compuesta por treinta fotografías que incluye obras realizadas en su adolescencia, en sus años de formación y durante su último periodo en Nueva York. Imágenes en blanco y negro y en color, en las que es fácil reconocer la dicotomía creada entre ausencia y presencia; una forma de representación siempre en el límite, entre lo real y lo fantasmagórico, la lejanía y la cercanía, con su cuerpo desapareciendo o mimetizándose con la pared.

A los trece años empieza a manejar una cámara y realiza fotografías en las que su cuerpo desnudo experimenta con su entorno, como en la serie Sin título. Cementerio de Boulder, donde Woodman se mueve como un fantasma entre lápidas del siglo XIX, fricciona su cuerpo contra la fría piedra, experimentando así con las texturas y las sensaciones de la arquitectura que la rodea. Realizada en su adolescencia (entre 1972 y 1975), sienta las bases de los temas que la artista continuará durante sus años de formación, como son su interés por una estética arcaica, basada en la era victoriana y por explorar la temporalidad de la fotografía.

Durante sus años de formación en la Escuela de Diseño de Rhode Island (RISD), desde 1975 a 1979, destaca por su precocidad, pero también por su planteamiento al tratar cada asunto, ya fuese formal o temático. Su obra es ya madura, con visos de genialidad, mantiene la espontaneidad, los errores técnicos y la frescura de la juventud.

Polka Dots, Providence (Rhode Island), 1976, 135 x 135 cm.

Muchas de las fotografías comprendidas en este período responden a ejercicios planteados en la RISD. La mayoría en relación a problemas formales de la fotografía y cuyo asunto principal era anotado por Francesca en el margen de las imágenes reveladas. Pese a ser un tema impuesto y no escogido por la artista, la manera de personalizar cada asunto resultaba excepcional.

Experimentaba cada problemática y utilizaba su cuerpo para intentar darle solución. Este modo de hacer suya cada situación convierte su obra en una biografía íntima, que ahonda en lo profundo de su psique. No es una obra autobiográfica, si limitamos lo autobiográfico a la narración de su vida, pero sí un diario emocional de su forma de ver el mundo, la vida y su creencia en una práctica experiencial con la que reflejar veracidad.

Preocupada siempre por el entorno que la rodeaba, Woodman eligió para vivir lugares antiguos, en declive, espacios ricos en los efectos de luz y texturas, con papeles pintados o rasgados, que le sirvieron a menudo como su set de rodaje. Los objetos que incluía en sus fotos los hacía con un fin para su cuerpo, sin crear una narrativa y referenciando en ocasiones la fotografía del XIX o surrealista, que tanto le gustaba.

Camuflada en las paredes, escondida entre el escaso mobiliario y mostrando su cuerpo tras un cristal. Tal y como escribió en un diario: “Estoy interesada en la manera en que la gente se relaciona con el espacio. La mejor manera de hacerlo es representar su interacción con los límites de ese espacio… Gente convirtiéndose o emergiendo del ambiente”.

Francesca Woodman no entiende las fotografías como un momento congelado o estático, sino como un medio que recoge acciones y un medio perteneciente a un arte performativo. La serie Polka Dots (1976) refleja ese estar pero no estar de la figura humana y hace que la dicotomía entre ausencia y presencia tome fuerza e impregne de misterio sus obras –que su propia biografía y fugaz vida acentúan–.

En 1979 finaliza su formación y se instala como artista en Nueva York. Dispuesta a vivir de la única manera que conoce, como artista, continúa con una dedicación absoluta y experimenta con la fotografía de moda. Admira a fotógrafas como Deborah Turbeville y ensaya siendo su propia modelo y compartiendo protagonismo con telas y tejidos.

Sin título, Nueva York, 1979, 86 x 89 cm.

En el conjunto de fotografías realizadas en color en Nueva York entre 1979 y 1980, se autorretrata frente al espejo, con la cámara como reivindicación de su oficio y una nueva posición de la mujer. Desde esa posición como autora, es a la vez sujeto de las imágenes, reforzando su identidad femenina. Reproduce la imagen de la mujer producida por hombres, no reniega de la sensualidad de su cuerpo pero mantiene firme el punto de vista de la mujer, su identidad y su modo de relacionarse y representarse en el mundo.

En esos últimos años experimenta con el diazotipo, un medio especialmente sensible pero que le permite crear obras de gran formato. En ellas, presenta imágenes de trabajos anteriores junto a nuevas fotografías e imágenes captadas de libros, profundizando en la idea de secuencia. Zigzag (1980) muestra cómo su interés en los patrones y la relación formal entre objetos se convierten en objeto central de su trabajo.

Su obra se ha quedado congelada en un tiempo indeterminado, en ese presente continuo que tanto buscaba capturar con la cámara, dominado por la dualidad entre ausencia- presencia. Un planteamiento desde lo más íntimo con el que Francesca Woodman consiguió crear una obra cargada de ambición, sofisticación y complejidad. 

 

 

 

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