Los “tres grandes” muralistas: Orozco, Rivera y Alfaro

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El Palacio Fava de Bolonia acoge hasta el 18 de febrero las obras de los tres artistas más relevantes de la pintura muralista mexicana en una exposición que recuerda la que tenía que haber abierto las puertas el 13 de septiembre de 1973 en Santiago de Chile y que por el golpe de Estado de Pinochet se quedó “pendiente” de inauguración. Y un homenaje a las personas que en un contexto de violencia y peligro, lo arriesgaron todo por salvar el arte

Bajo el título La exposición pendiente, el Palacio Fava muestra un total de 70 obras de José Clemente Orozco (1893-1949), Diego Rivera (1886-1957) y David Alfaro Siqueiros (1896-1974) –las tres figuras más relevantes en la política mejicana e internacional y los mejores representantes de la pintura muralista, una de las corrientes más importantes del siglo XX–, han desembarcado en Italia.

Sobre estas líneas, Campesino cargando un guajolote, por Diego Rivera, 1944, óleo sobre tabla y temple sobre masonite, 36 x 28 cm, Colección Museo de Arte del Estado de Veracruz. Arriba, de izquierda a derecha, Caín en los Estados Unidos, por David Alfaro Siqueiros, 1947, piroxilina sobre madera comprimida, 77 x 93 cm, Museo de Arte Carrillo Gil, y Don Juan tenorio, por José Clemente Orozco, 1946, óleo sobre lienzo, 61 x 74 cm.

Durante la inauguración, el presidente de Genus Bononiae, Fabio Roversi-Monaco, subrayaba la importancia histórica de esta muestra: “Como en 1973, la finalidad de esta exposición no es solo dar a conocer a estos tres extraordinarios talentos (‘los tres grandes’), padres del movimiento muralista. Nuestra intención es, sobre todo, la de contar la vicisitud histórica que subyace en este movimiento, es decir, el valor de los que en un contexto de violencia y peligro, lo arriesgaron todo por salvar el arte” porque la historia y vicisitudes de esta exposición es de lo más singular: debía de haberse inaugurado el 13 de septiembre de 1973 en Santiago de Chile, pero a causa del golpe de estado que afligió al país, se quedó “pendiente” de inauguración hasta la vuelta de la democracia a la capital chilena en 2015, desde donde se trasladó a Buenos Aires en 2016 y a Lima a principios de este año antes de la etapa boloñesa, la primera en Europa, cuyas piezas han llegado por separado en seis vuelos a Italia.

Cristo destruye su cruz, por José Clemente Orozco, 1943, óleo sobre lienzo, 94 x 130,5 cm, Museo de Arte Carrillo Gil.

Así pues, el 13 de septiembre de 1973, el Museo Nacional de Bellas Artes de Santiago de Chile habría debido inaugurar la exposición Orozco, Rivera, Siqueiros. Pintura mejicana, la apuesta de México para participar en las Jornadas Culturales organizadas por los Ministerios de Asuntos Exteriores de ambos países. Mas el violento golpe de estado pertrechado por Augusto Pinochet contra el gobierno de Salvador Allende impidió tanto los festejos binacionales como la apertura de esta gran exposición que, a pesar de tener su montaje listo para abrirse al público, no llegó a inaugurarse.

Pico e Inesita, por Diego Rivera, 1928, óleo sobre lienzo, 61.6 x 71,5 cm, colección particular en depósito en el Museo Nacional de Arte.

La consiguiente ruptura de relaciones diplomáticas entre los dos países causó no pocos problemas para que las obras fuesen restituidas a México. De hecho, la recuperación de la colección originó una serie de peripecias propias de una novela de espionaje. Las piezas de los tres muralistas expresaban los ideales sociales de la revolución mejicana y constituían un eje fundamental  del arte público, de acuerdo con la visión cultural de Nemesio Antúnez, el entonces director del Museo Nacional de Bellas Artes en Chile, que sostenía que “el arte no tiene significado si no es social”. Afortunadamente, pasados cuarenta años, se reactivaron las negociaciones para inaugurar Orozco, Rivera, Siqueiros. La exposición pendiente 1973-2015, que por fin se presentaba al público en la misma sede chilena desde el 19 de noviembre de 2015 a 21 de febrero de 2016, atrayendo a unos cien mil visitantes.

Don Juan tenorio, por José Clemente Orozco, 1946, óleo sobre lienzo, 61 x 74 cm, Museo de Arte Carrillo Gil.

Las obras –pertenecientes a la colección conformada con más de 1.500 piezas de Alvar Carrillo Gil– corrieron el riesgo de ser destruidas y fueron salvadas gracias a las intervenciones de comisarios, instituciones y las cancillerías mejicana y chilena. La exposición lista para inaugurarse en Santiago de Chile contaba con 169 obras, mientras que en esta el contenido se compone de 68 piezas entre óleos y dibujos –seleccionadas por el comisario Carlos Palacios–, que transmiten un intenso mensaje político y testimonian la poética de los tres muralistas, fuerte símbolo de la modernidad mejicana en el mundo. Las acompaña también una amplia documentación de los murales originales –obviamente no transportables– realizada con modernas tecnologías de videoanimación HD, que permiten al visitante admirar y localizar las diversas ciudades mexicanas donde se encuentran.

Muerte y funerales de Caín, por David Alfaro Siqueiros, 1947, piroxilina sobre madera comprimida, 76,5 x 93 cm, Museo de Arte Carrillo Gil.

Completan la Exposición pendiente algunos documentos históricos como artículos de diarios, telegramas y cartas escritas a mano de solidaridad y de comunicaciones culturales intercambiadas entre Méjico y Chile en aquel trágico septiembre de 1973, una fecha que cambió el rumbo del país sureño.

La cita boloñesa sitúa los acontecimientos rememorados en una época precisa, un capítulo bajo el triste argumento del golpe de estado militar. De hecho, “la exposición pendiente” no representa solo la intención de hacer revivir aquel acontecimiento artístico de 1973, mostrando al público muchas de las obras que entonces lo integraban, sino también recordar el esfuerzo y valor de los que, en aquel contexto de violencia y peligro, lo arriesgaron todo para salvar unas obras de arte que hoy día están consideradas patrimonio nacional y, al tiempo, colocar en su justo lugar a nivel internacional a los iniciadores del movimiento muralista.

Niño con pollito, por Diego Rivera, 1935, dibujo al carbón y acuarela, 63 x 49 cm, Colección Museo de Arte del Estado de Veracruz.

El muralismo mejicano es uno de los modelos principales de referencia del movimiento del arte callejero. Iniciado en los años veinte del pasado siglo, este movimiento se basa en hacer pinturas en los muros generalmente externos de lugares públicos. Los grandes frescos figurativos, mostrados en el exterior de los edificios, formaban parte de la tradición prehispánica. Y la revolución mejicana estimuló a los artistas a recuperar esta forma expresiva de denuncia porque la consideraban la más idónea para ser comprendida por el pueblo. Los temas principales de las pinturas murales se referían a las civilizaciones precolombinas, la conquista colonial española y el nacimiento de la era moderna y la Revolución mejicana de 1910…, hasta llegar al arte urbano –popularizado en la década de los noventa– que adorna las calles con sus mensajes como protesta para evidenciar problemáticas sociales o simplemente como una manera de decorar los muros del mundo, englobando diferentes expresiones artísticas, como el grafiti que se convirtió en murales conceptuales: entre sus autores cabe destacar al británico Banksy y a otros mejicanos como Saner, Seher, Farid Rueda y Sego y Ovbal.

El invierno, por José Clemente Orozco, 1932, óleo sobre lienzo, 38,6 x 46,4 cm, Museo de Arte Carrillo Gil.

Carmen del VANDO BLANCO

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