Málaga: capital del arte moderno y contemporáneo

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Esta ciudad andaluza acoge propuestas muy interesantes para estos días navideños. El Museo Carmen Thyssen muestra hasta el 25 de febrero la exposición Juan Gris, María Blanchard y los cubismos (1916-1927). Y, por otra parte, El Centre Pompidou dedica sus salas a las Utopías modernas

La larga sombra de Juan Gris

El Museo Carmen Thyssen de Málaga reivindica el papel del pintor español en el desarrollo del “segundo cubismo” junto a otros artistas como María Blanchard, Albert Gleizes, Jacques Lipchitz y Jean Metzinger (hasta el 25 de febrero). Ofrecemos un extracto del artículo de Marie-Claire Uberquoi que publicamos en la DESCUBRIR EL ARTE de octubre, número 224 (y en formato digital: Orbyt o Kiosco y Más).

Sobre estas líneas, Mujer sentada, 1917, óleo sobre tabla, 116 x 73 cm, Colección Carmen Thyssen-Bornemisza, en depósito en el Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid. Arriba, La vista sobre la bahía, junio de 1921, óleo sobre lienzo, 65 x 100 cm, París, Centre Pompidou (donación de Louis y Michel Leiris, 1984). Las dos obras de Juan Gris.

Cuando se habla del cubismo enseguida acuden a la mente los nombres de Pablo Picasso y Georges Braque, los “inventores” de esta corriente que a partir de 1907 cambió nuestra manera de aprehender la realidad. A menudo la memoria colectiva se olvida o minimiza el protagonismo de otros artistas que participaron directamente de esta gran revolución pictórica, transformando radicalmente nuestra mirada sobre la representación del mundo.

Este es el caso de Juan Gris (Madrid, 1887-Boulogne sur Seine, 1927), que casi siempre ha quedado en un segundo plano, a pesar de ser reconocido como una figura esencial del movimiento cubista, muy especialmente en el desarrollo del cubismo sintético con todas sus consecuencias.

Botella y frutero sobre una mesa, por María Blanchard, h. 1917-1918, óleo sobre lienzo, 73 x 60 cm, colección particular.

Conviene recordar además que la obra de Juan Gris, concretamente la que realizó a partir de 1916 viene a matizar otra idea comúnmente extendida que fija el final de la aventura cubista en 1914 en el momento de le estallido de la primera Guerra Mundial y de la dispersión de sus principales protagonistas. El pintor madrileño. que permaneció en Francia durante la contienda, siguió reflexionando sobre la pintura con un método casi científico, tratando de conseguir unas composiciones cubistas de un rigor irrefutable. Fue Juan Gris quien de alguna manera lideró entre 1916 y 1920 lo que se ha llamado el “segundo cubismo”, en el que participaron también otros compañeros de su generación como María Blanchard, Albert Gleizes, Jean Metzinger, André Lothe y el escultor Jacques Lipchitz entre otros. Todos ellos trabajaron a partir de los planteamientos iniciales del cubismo que asimilaron y adaptaron a su mundo particular.

Guitarra y frutero, por Juan Gris, agosto de 1918, óleo sobre lienzo, 60 x 73 cm, Kunstmuseum Basel (donación de Raoul La Roche).

El Museo Carmen Thyssen de Málaga propone en una muestra titulada Juan Gris, María Blanchard y los cubismos (1916-1927),  que está centrada en la recuperación de estas vivencias y ofrece al público una visión plural de “la segunda vida del cubismo”. Según explica en el catálogo Lourdes Moreno, directora artística del Museo Carmen Thyssen y comisaria de la exposición junto a Eugenio Carmona Mato, el objetivo es “establecer miradas transversales sobre estos dos pintores y sobre el grupo de artistas que trabajó con ellos y a partir de ellos”.

La muestra reúne un total de 68 obras entre pinturas, esculturas y dibujos, acompañados de una interesante documentación. En esta selección se han incluido también algunos cuadros de pintores españoles vinculados a la Escuela de París que en un momento dado de su carrera se acercaron al cubismo como Manuel Ángel Ortiz, Benjamín Palencia, Julio González, José Moreno Villa, Santiago Pelegrín y Francisco Gutiérrez Cossío.

Retrato cubista de García Lorca, por Salvador Dalí, h. 1923, temple y óleo sobre cartón, 74,8 x 52 cm, Figueras, Fundación Gala-Salvador Dalí.

Finalmente hay que mencionar que en este recorrido por el “segundo cubismo” se exhiben también dos cuadros de factura cubista pintados en 1923 por un jovencísimo Salvador Dalí, que entonces estaba buscándose a sí mismo, mirando con atención los últimos movimientos de la vanguardia.

Hombre con mandolina, por Jacques Lipchitz, 1917, yeso patinado, 80,8 x 29,5 x 29,5 cm, París, Centre Pompidou, donación de la Fundación Jacques y Yulla Lipchitz, 1976.

¿En busca de la Arcadia?

Bajo el título Las utopías modernas el Centre Pompidou de Málaga ofrece una visión panorámica de algunas de las grandes utopías de los siglos XX y XXI a través de una selección de obras de arte que proceden del Centre Pompidou de París. Estructurada en seis partes, en la introducción destaca una obra del Equipo Crónica. La primera parte, titulada “La gran utopía”, acoge obras de algunos de los principales precursores de las vanguardias, como Robert Delaunay (1895-1941), uno de los padres de la abstracción, que emplea el color como luz, pero también como forma y movimiento, concepción que podemos apreciar en Ritmo, alegría de vivir; Kazimir Malévich (1878-1935), creador del suprematismo, o Julio González (1876-1942), uno de los grandes escultores del siglo XX y pionero en el uso del hierro, aquí representado con Cabeza de Montserrat gritando (1942), que simboliza los horrores de la guerra.

A Maiakovski, por el Equipo Crónica, 1976, pintura acrílica y tinta sobre lienzo, 150 x 150 cm. Donación de los artistas en 1978. Todas las obras de esta exposición, París, Centre Pompidou © Adagp, París..

El profeta (1933), de Pablo Gargallo, una escultura cubista de hierro que representa a un orador, hace de puente para pasar a la segunda sala, “El fin de las ilusiones”, que se sitúa “tras las catástrofes de las dos guerras mundiales y la instauración de regímenes totalitarios que recorrieron el siglo XX”. Por consiguiente, los ideales de libertad, igualdad y fraternidad se desvanecían. Esta sala contiene obras de Picasso (1881-1973), Kandinski (1866-1944) y Malévich.

Hace cien años, por Peter Doig, 2001, óleo sobre lienzo, 229 x 359 cm.

El recorrido sigue por la tercera sala, “Juntos”, que se centra en las décadas de 1960 y 1970. Tras la anulación de los derechos y libertades de los ciudadanos por estados totalitarios, resurge la esperanza de que bajo acciones comunitarias adecuadamente organizadas se conquistará la emancipación individual y social. Es el tiempo de la revolución cultural china o el Mayo del 68. De esta sala hay que destacar Diada, de Antonio Saura, o Almuerzo sobre la hierba (1964), de Jacquet Alain (1939-2008), que es un guiño a la controvertida y ya clásica obra de Manet y, por otro lado, preludia algunos de los rasgos de la llamada posmodernidad.

“La ciudad radiante” es el título de la cuarta sala, referencia a Le Corbusier (1887-1965) y, en particular, a uno de sus más ambiciosos proyectos, transformar el centro de París. Si hay una manifestación artística que puede materializar como ninguna otra el afán de la utopía esa es la arquitectura, que representa la obra de arte total.

Ritmo, alegría de vivir, por Robert Delaunay, 1930, óleo sobre lienzo, 200 x 228 cm.

“Imaginar el futuro” es la penúltima sala, un laboratorio de ideas en torno a la construcción de espacios donde los seres humanos puedan vivir lo más libremente posible y en consonancia con la naturaleza. Y, por último,  “La edad de oro”, donde se muestra la obra Cornwall Slate Circle, de Richard Long (1945), uno de los más significativos representantes del Art Land, y la maqueta del Monumento a la III Internacional, de Vladimir Tatlin (1885-1953).

Desarrollo en marrón. por Vassily Kandinsky, 1933, óleo sobre lienzo, 101 x 120,5 cm, adquisición, 1959.

En resumen, para Sebastián Gámez Millán, autor del artículo que hemos publicado en Descubrir el Arte de enero, número 227 (ya en quioscos), “vemos a lo largo de la exposición que detrás de cada utopía moderna, que ilumina nuestras esperanzas de un mundo mejor, se asoma una oscura sombra inseparable, hasta el punto de que en el siglo XX y lo que va de XXI se diría que al menos en la literatura son más recurrentes las distopías. Sin embargo, el arte, que no solo es testimonio de la historia, sino también faro que anticipa lo que está por venir, no dejará de alumbrar nuevas utopías. ¿Sabremos distinguir a tiempo aquellas que contribuyan a desarrollar un planeta más habitable y civilizado de aquellas otras que nos ensombrezcan y atenacen?

No es momento para soñar, por Pierre Huyghe, instalación audiovisual de 24’

Diada, por Antonio Saura, 1978-79, serie de las Multitudes, óleo sobre lienzo, 195 x 325 cm, adquisición del Estado, 1981.Atribución al Centre Pompidou, Musée national d’art moderne/ Centre de création industrielle, 2008, Centre Pompidou, MNAM-CCI/Philippe Migeat/Dist. RMN-GP.

 

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