“La Última comunión de san José de Calasanz” llega al Prado

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Con motivo de la celebración del bicentenario de la pinacoteca nacional, la Orden de las Escuelas Pías de la provincia de Betania cederá temporalmente la última de las grandes pinturas de altar de Goya. Fue Pintada en 1819, año de la inauguración del museo, para la iglesia de San Antón del colegio de las Escuelas Pías de Madrid

El Museo del Prado y la Orden de las Escuelas Pías de la provincia de Betania han formalizado hoy un convenio en virtud del cual el Museo del Prado recibirá en préstamo temporal durante un año, prorrogable por otro, La última comunión de san José de Calasanz de Goya.

Sobre estas líneas, La última comunión de san José de Calasanz, por Francisco de Goya, 1819, óleo sobre lienzo, 303 x 222 cm, Madrid, Colección Padres Escolapios. Arriba, detalle de la misma obra.

La incorporación temporal de esta pintura a las colecciones del museo adquirirá una especial relevancia al tener lugar coincidiendo con la celebración de los doscientos años desde que este abriera sus puertas en 1819, el mismo año en que fue pintada la obra. Su exhibición en el contexto de la mayor y más completa colección del artista permitirá profundizar en la esencia de su pintura, y de su arte en general, que revela un profundo y excepcional conocimiento del ser humano y de sus tensiones, desgarros y padecimientos. Goya pone todo ello de manifiesto en este gran lienzo de altar, con el estudio de cada uno de los caracteres de la escena, que parecen prefigurar un tema clásico del mundo occidental, como es el estudio de las tres edades del hombre, o el de la mansedumbre contra la violencia, o el de la luz y la sombra como metáfora de los actos y pensamientos de los protagonistas.

La pintura religiosa de Goya

Santa Justa y santa Rufina, por Francisco de Goya, 1817, óleo sobre tabla de madera de cedro rojo, 45 x 29 cm, Madrid, Museo del Prado.

La visión romántica que consagró la imagen de Goya como un escéptico o descreído en materia religiosa, minimizando con ello el interés de su obra de carácter devocional, se ha modificado recientemente gracias al descubrimiento de nuevos lienzos suyos de asunto religioso conservados en colecciones particulares y, sobre todo, a la revisión de los frescos y lienzos de altar ya conocidos. Se puede ahora establecer con mayor certeza que la pintura religiosa tuvo un peso fundamental dentro de su producción. Como sucedió con la mayoría de los artistas de su época, los encargos para la Iglesia, públicos y de devoción privada, se documentan a lo largo de toda su trayectoria, constituyendo, de hecho, la segura base económica sobre la que cimentó su carrera artística.

Tobías y el ángel, por Francisco de Goya, h. 1787, óleo sobre lienzo, 63,5 x 51,5 cm, Madrid, Museo del Prado.

La última comunión de san José de Calasanz, realizada en 1819 para las Escuelas Pías de Madrid, dos años después del también excepcional cuadro de altar de las Santas Justa y Rufina, para la catedral de Sevilla, cierra la pintura religiosa de Goya, además de ser su última obra pública.

En los últimos años el Museo del Prado ha adquirido diversos cuadros de devoción privada de Goya, como la temprana Santa Bárbara, dos composiciones de la Sagrada Familia, el compañero de una de ellas, Tobías y el ángel, y un San Juan Bautista niño en el desierto, con el fin de enriquecer la representación de la pintura religiosa del artista.

Sagrada Familia, por Francisco de Goya, h. 1787, óleo sobre lienzo, 63,5 x 51,5 cm, Madrid, Museo del Prado.

La última comunión de san José de Calasanz

Nada se sabe de la relación de Goya con los escolapios en ese periodo, al margen de que el artista hubiera estudiado en las Escuelas Pías de Zaragoza (también llamadas colegio Santo Tomás), ni de la razón del encargo, aunque es posible que mantuviera relación con ellos, ya que la orden estaba regida por aragoneses. El tema representado pudo ser propuesto por estos, como era habitual en los encargos de la Iglesia, centrado en la importancia que la Eucaristía había tenido para Calasanz, que en sus colegios instaló siempre en el centro la capilla para la celebración de la misma.

Llama la atención la disposición espacial y luminosa con la que Goya buscó crear la ilusión óptica de que el espacio real de la iglesia se prolongaba en el espacio imaginado del lienzo.

La compleja escena permitió al artista expresar la religiosidad del santo, su fe, su vida humilde y penitencial y su labor de magisterio. Lo acompañan varios sacerdotes de la orden y algunos niños de los más pequeños que, arrodillados a su alrededor, están subyugados por la entrega y abandono total de su maestro, tocado por la luz divina. El cuadro estaba dirigido a los profesores y alumnos del colegio de Madrid y a los fieles que asistieran a las funciones religiosas en la popular iglesia de San Antón. De todos los cuadros religiosos de Goya es el más evocador de un mundo elevado de espiritualidad suprema y santidad y llama la atención la disposición espacial y luminosa que revela la lección aprendida de Las Meninas de Velázquez con la que Goya buscó deliberadamente crear la ilusión óptica de que el espacio real de la iglesia se prolongaba en el espacio imaginado del lienzo.

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