Ferdinand Hodler: diario visual de toda una vida

ABRIR-AUTORRETRATOS.jpg

El 19 de mayo se cumplen cien años de la muerte de este artista esencial del paso del naturalismo del siglo XIX al expresionismo del XX. Con una rica y variada trayectoria, el pintor suizo está considerado uno de los pintores de paisajes más originales y brillantes de la historia del arte, figura clave del simbolismo y precursor del expresionismo. Su país natal le recuerda con distintas exposiciones

Ferdinand Hodler (Gurzelen, 1853-Ginebra, 1918) vivió en la Europa de la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX, época del desarrollo de la modernidad, los descubrimientos científicos y el progreso técnico que trajeron consigo grandes e importantes cambios políticos y económicos. Hodler se comprometió con estas transformaciones porque comprendía que el mundo nuevo en el que le tocaba vivir necesitaba también una nueva pintura.

Sobre estas líneas, Retrato de Berthe Jacques, 1894. Arriba, de izquierda a derecha, Autorretrato con rosas, 1914, y Autorretrato, 1916.

Hodler fue una figura esencial en el enlace entre el naturalismo del XIX y el expresionismo del XX, gozó de una gran fama y éxito durante mucho tiempo y, como muchos otros artistas, después vino el olvido, algo que es difícil de explicar si tenemos en cuenta su variada y rica trayectoria y su potencia creativa. Está considerado uno de los pintores de paisajes más originales y brillantes de la historia del arte occidental, figura clave del simbolismo, precursor del expresionismo y muy valorado por el tratamiento de temas sobre el trabajo y la muerte.

Desempleado, 1891, carbón, 61 x 47 cm.

Ferdinad Hodler nació en Gurzelen, cerca de Berna, en el seno de una humilde familia, su padre era carpintero y su madre cocinera. Cuatro de sus cinco hermanos y sus padres murieron de tuberculosis, algo que le marcó tan profundamente que uno de sus referentes en su trabajo es la muerte desde el principio de su trayectoria.

Los cansados de la vida, 1892.

Así, huérfano a los catorce años, se inició laboralmente con su padrastro, que era pintor de carteles, y posteriormente con Ferdinand Sommer, especializado en realizar paisajes de los Alpes para turistas. Su formación fue prácticamente artesanal hasta 1871, cuando llega a Ginebra, en esos momentos el principal centro artístico de Suiza, y se inicia verdaderamente en el mundo del arte.

En esta ciudad estudió en la escuela de Bellas artes con B. Menn, quien le apoyó y le enseñó a liberarse de la composición convencional de sus inicios y a basar sus paisajes en la medida, el dibujo exigente y la observación. Menn también le puso en contacto con Ingres, Delacroix, Corot, Coubert y Manet, lo que se tradujo en la influencia del realismo y el impresionismo en el estilo de Holder. Comenzó a exponer su obra, con escenas de la clase trabajadora, paisajes y retratos, dotados de un fuerte y expresivo realismo.

A orillas del Manzanares, 1879, óleo sobre lienzo, 44 x 65,1 cm, Ginebra, Museo de Arte e Historia.

Por consejo de sus amigos, el artista viajó en 1878 a Madrid donde estudió a los grandes maestros del Museo del Prado: la pintura italiana, flamenca y española de los siglos XVI y XVII, sobre todo las obras de Diego Velázquez, José de Ribera y Bartolomé Esteban Murillo. Durante su estancia en España pintó 25 cuadros de los cerca de 2.000 que realizó a lo largo de toda su vida.

El lector, h.1885, óleo sobre lienzo. 31 x 38 cm, Madrid, Museo Thyssen-Bornemisza.

Simbolismo y paralelismo

A su vuelta a Suiza conoció las tendencias simbolistas de la pintura francesa gracias al poeta Louis Duchosal. Este movimiento de carácter literario y de artes plásticas, se origino en Francia en la década de 1880 como reacción al enfoque realista implícito en el impresionismo. Hay un estado de decepción frente al positivismo y cientifismo imperante y se descubre una realidad más allá de lo empírico. A partir de entonces, el pintor se centrará en representar estados mentales y las principales preocupaciones filosóficas del ser humano, abandonando el naturalismo y asimilando el simbolismo y el art nouveau.

A partir de la década de 1890, desarrolló un estilo propio llamado “paralelismo”, marcado por formas planas y repetitivas, trazo preciso y diseños rítmicos, caracterizado por agrupar figuras de forma simétrica y la búsqueda de la frontalidad en poses que sugerían rituales o danzas.

Vista hacia el infinito, 1913/14-16, óleo sobre lienzo, 30 x 14 cm, Basilea, Museo de Arte.

Las figuras humanas aparecen a menudo al margen de cualquier signo de temporalidad, envueltas en túnicas o ropajes. Para Holder, el paralelismo más que un principio formal es un pensamiento moral y filosófico, basado en la idea de que la naturaleza tiene un orden, fundado en la repetición, y de que los seres humanos son, en el fondo, semejantes unos a otros, lo que aporta un sentido espiritual a su teoría porque a Holder no le interesa la representación de la belleza sino la búsqueda de lo espiritual que se oculta tras las formas. Muestra de este sentir estético es su famoso mural simbolista La Noche, relacionado con la idea de la muerte y del sueño.

Como decíamos antes, Holder, afectado desde la infancia por la pérdida de su familia, estuvo durante toda su vida marcado por el miedo a la imprevisibilidad de la muerte, como se evidencia en la anotación que aparece en la parte posterior de este lienzo “Más de uno que se acostó en silencio por la noche no se despertará a la mañana siguiente” (oración de un poema de Charles-François Ponsard).

La dimensión autobiográfica del trabajo es evidente, el rostro de Hodler se reconoce en el personaje representado en el centro de la pintura, desnudo, acostado, con gesto de miedo y brazos tensos a punto de ser atrapado por la muerte, sentada sobre el vientre del pintor y cubierta con una sábana negra. A su alrededor, hombres y mujeres, también desnudos y en variadas posturas, duermen abrazados, entre los que destacan los retratos de dos mujeres que compartían entonces su vida: Augustine Dupin, compañera sentimental y madre de su hijo, y Bertha Stucki, su esposa.

La noche, 1889-90, óleo sobre lienzo, 116 x 299 cm, Berna, Kunstmuseum.

El cuadro fue excluido de la Exposición Cantonal de Bellas Artes de Ginebra por atentar contra las buenas costumbres. La representación de los cuerpos y el lugar donde descansan refuerza la atmósfera densa y de pesadilla del lienzo. Esto se debe, en particular, a la paleta de colores utilizada: tonos negros, azul oscuro y gris, así como ocres y pardos que intensifican el aspecto dramático de la escena.

Los cuerpos están situados en un paisaje desolado, profundamente onírico y apenas insinuado, suelo de roca, vegetación frágil y unas pocas flores de tallo largo, único elemento decorativo de toda la composición. Además, al carecer de cualquier referencia de lugar y tiempo añade un carácter impersonal o atemporal que aumenta su contenido dramático. Holder, con su simbolismo, va más allá de representar un momento particular, evoca la propia esencia de lo que es la noche y la muerte y le infunde así un carácter universal.

El día, 1900, óleo sobre lienzo, 160 x 340 cm, Berna, Kunstmuseum.

El artista muestra las características de su simbolismo: mezcla de un realismo extremo y un meditado orden decorativo. Por la intensidad de la expresión de los sentimientos y sensaciones que Holder trasmite en sus obras, está considerado como el creador del género expresionista, nada menos que quince años antes de que se acuñara el término.

Con este lienzo el artista consiguió el éxito y el respeto de los círculos artísticos de otros países europeos, algo que siempre había anhelado. En 1891, La noche se hizo con el premio del Museo Rath de Ginebra, y ese mismo año fue expuesta en el Salon du Champ-de-Mars de París. Esta situación de reconocimiento llevó al creador suizo a un estado vital más positivo que dio como resultado, aunque sin dejar de lado temas relacionados con la muerte, unas obras con representaciones menos oscuras y tortuosas. Y es que la ansiedad de morir como un artista incomprendido se había desvanecido. Se da cuenta de que La noche está incompleta y realiza otro mural, de parecidas dimensiones y con el que forma pareja: El día. No solo el título da pistas de la oposición de las dos obras, los colores utilizados son mucho más vitales y el brillo inunda la escena. Los personajes todavía desnudos están esta vez sentados en sábanas blancas. Se despiertan en una naturaleza viva. Por fin, Hodler vislumbra un horizonte más claro y positivo.

El Paisaje

Hodler era un excelente paisajista. Recreó su patria, Suiza, desde amenazadoras montañas y espectaculares lagos, hasta sencillos árboles o rocas y, a veces, apenas manchas. El paisaje es el tema con el que se inició como pintor y en el que apreciamos claramente su evolución. Tras una primera etapa figurativa en la que expresa la sencillez de un paisaje lleno de un sereno realismo pasa a partir de 1890 a experimentar un cambio de estilo. No solo quiere reproducir el paisaje, sino dotar a sus obras de un mensaje más profundo, aportar una dimensión espiritual a su pintura, algo que consigue gracias al simbolismo y para ello utilizó ampliamente la simetría como base compositiva –lo que él llamaba el principio del “paralelismo”– e hizo un uso del color lleno de audacia e intensidad.

El lago de Thun. Reflexión simétrica, óleo sobre lienzo, 1904.

La repetición y la simetría se hace particularmente perceptible en determinados temas, como los reflejos en el agua que permite desarrollar una doble simetría axial, horizontal y vertical. Su proceso de madurez artística le lleva a insistir cada vez más en lo esencial, y cómo él mismo explica, “la pintura de paisaje debe mostrarnos una naturaleza ampliada, simplificada, despojada de cualquier detalle no significativo”. Así, en sus paisajes lo superfluo e irregular se ha eliminado.

Lago de Thun con reflejos simétricos.

En los últimos años de su vida, afectado de tuberculosis, realizó una serie de vistas del lago de Ginebra, trasmisoras de resonancias anímicas con una sencillez que parecen adelantar la obra de Rothko: franjas de color donde la forma está casi ausente. El paisaje ha sido despojado de todo dato anecdótico, de todo elemento no significativo y reducido a lo esencial, pues en ello el artista encuentra un sentimiento de unidad. Adoptando un estilo más expresionista y rozando casi a la abstracción.

Lago Ginebra y el Mont Blanc con nubes rosas, 1916.

El trabajo

Desde sus inicios, Hodler tuvo especial interés en plasmar escenas de la clase trabajadora. Entre los años 1875 y 1890 pinta principalmente representaciones idealizadas de individuos trabajando, meditando o padeciendo las duras situaciones de la vida en soledad. Destaca la gran expresividad que sabe dar a sus artesanos, dignos, orgullosos y concentrados en su trabajo que atraen el interés y respeto del espectador. Hay otros retratos de ancianos, como El lector o El trabajador filosófico, a los que elige por su actitud de aceptación desesperanzada de un destino inevitable y trágico.

El leñador, óleo sobre lienzo, 130 x 101 cm, París, Museo de Orsay.

En 1908, el Banco Nacional de Suiza le encargó la ilustración de los nuevos billetes de 50 y 100 francos, el motivo debía estar relacionado con el trabajo de la tierra. Para el billete de 50 francos, eligió el tema del leñador pero la reproducción fue muy deficiente y en 1910 expone una versión mejorada, cuyo éxito es inmediato y le surgen encargos de réplicas. La composición se articula entre las verticales de los troncos y la diagonal del cuerpo, y que da como resultado la transmisión de la energía del movimiento del leñador.

El zapatero, 1878, óleo sobre lienzo, 46 x 38 cm.

Esta inmortalización del campesino en pleno trabajo evoca a Millet por la hermosa dignidad que desprende la figura. El fondo claro y la línea del horizonte situada muy abajo contribuyen a magnificar al leñador. Esta gran figura de Hodler, a medio camino entre el simbolismo y el expresionismo, es representativa del último estilo del artista.

El trabajador filosófico, 1884.

Retratos y autorretratos

Un alma truncada.

Hodler destaca también en el retrato, un género idóneo para sus experimentaciones sobre el color y la expresión. Del modelo, le interesa sobre todo su fisonomía, de ahí que predominen los fondos neutros, y la frontalidad y proximidad del retratado. Las poses recuerdan en cierto modo a las de sus cuadros simbolistas y la composición es muy coreográfica.

Autorretrato, 1900.

A lo largo de su vida también realizó bastantes autorretratos, por lo que podemos hablar casi de una biografía visual. A través de los retratos y autorretratos de Holder se puede seguir toda su evolución artística desde el naturalismo pasando por el impresionismo y simbolismo, hasta llegar al expresionismo con figuras en este caso definidas por fuertes colores y formas geométricas, en algún caso con tanta intensidad que guardan cierta semejanza con el fauvismo.

Autorretrato, 1913.

La pintura de historia

Fue un excelente pintor de historia, un género que comenzó a realizar a mediados de 1880 plasmando episodios históricos de su país natal, Suiza. En los últimos años de su vida se convirtió en uno de los más innovadores muralistas de la época al aplicar sus técnicas artísticas y compositivas en la decoración de espacios monumentales. Destacan los trabajos que realizó para el Ayuntamiento de Hannover en 1911, como el impresionante fresco sobre el tema de la Unanimidad que representa el juramento del protestantismo de la ciudadanía en la plaza del mercado de Hannover el 26 de junio de 1533. La idea de unidad está expresada por Hodler mediante el “paralelismo” rítmico y coreográfico de las figuras.

Unanimidad, mural para el Ayuntaminto de Hannover, 1913.

Más famoso aún es su monumental cuadro El alistamiento voluntario de los estudiantes alemanes en la guerra de independencia de 1813, que cuelga aún hoy en la Universidad Friedrich Schiller de Jena y que evoca la lucha contra las invasiones napoleónicas al plasmar la marcha al frente de los estudiantes de esta ciudad. Los jóvenes visten uniformes negros del ejército prusiano, que tenían que costearse ellos mismos, de ahí la elección de ese color, ya que era fácil teñir la ropa civil.

El alistamiento voluntario de los estudiantes alemanes en la guerra de independencia de 1813, 1908-1909, 365 x 560 cm, Universidad Friedrich Schiller de Jena.

Hodler hace uso de su paralelismo, estilo basado en la repetición y el ritmo para expresar su unidad. Divide la obra horizontalmente; arriba, un grupo de soldados desfilando rítmicamente; abajo, los soldados-estudiantes preparan sus uniformes, equipaje y caballos para partir hacia la guerra.

La batalla de Morat, verano de 1915.

Su último mural del género de historia es la recreación de La batalla de Morat, donde la Confederación suiza derrotó a Carlos el Temerario, un cuadro que el artista empezó a trabajar a partir del verano de 1915 y que dejará inacabado. Esta obra es además toda una síntesis del esfuerzo de Hodler por esencializar el genero histórico y trasmite una honda expresividad por el uso de colores intensos y muy empastados.

Crónica de la enfermedad y muerte de su última esposa

Valentine Godé-Darel con el pelo suelto, 1913.

En los últimos años, la muerte volvería a aparecer y manifestarse obsesivamente en su trayectoria, centrada en este caso en la enfermedad y fallecimiento por cáncer de Valentine Godé-Darel, veinte años más joven que el pintor y a la que conoció cuando tenía 55 años. Esta bailarina parisina se convirtió en su segunda mujer y musa y tuvieron una hija. Diagnosticada la enfermedad en 1914, Hodler pasó muchas horas junto a Valentine realizando una dramática serie de retratos funerarios entre 1914 y 1915, unas doscientas piezas, entre pinturas y dibujos, en la que dejó plasmado el deterioro físico de la bailarina, casi como una crónica de su enfermedad y muerte.

Valentine Godé-Darel en la cama del hospital, 1914.

En esta época, Holder insiste en la horizontalidad, el paralelismo, como en el caso de sus paisajes que eran reducidos a líneas paralelas como decíamos antes. Un recurso que está presente en muchos de los retratos de Valentine. La horizontalidad, el predominio de líneas paralelas como representación de la muerte, expresada en la postura yacente de esos cuerpos enfermos próximos al final. “Todos los objetos –explicaba Hodler– tienen una tendencia a la horizontalidad, la montaña se aplana, se redondea por el paso de los siglos hasta que es plana como la superficie del agua. El agua va, más y más, hacia el centro de la tierra, como también todos los cuerpos”.

Tras el fallecimiento de Valentine Godé-Darel en 1915, el pintor quedó tan afectado que murió tres años después, un 19 de mayo de 1918, en su residencia de Quai du Mont-Blanc en Ginebra tras sufrir un edema pulmonar.

Valentine en su lecho de muerte, 1915 © Kunstmuseum Basel / photo Martin Bühler.

A lo largo de este año se están realizando importantes exposiciones en distintos museos de Suiza y que esperamos contribuyan a dar a conocer la obra tan significativa, humana y personal de este precursor de movimientos artísticos y un pintor muy difícil de clasificar por su originalidad.

Carla TORRES

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

*

scroll to top