El cuerpo humano: desde Oriente a Occidente

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Ídolos. El poder de la imagen propone un viaje en el tiempo, desde el año 4000 a 2000 a.C., a través de un centenar de figurillas antropomórficas procedentes de la península ibérica, el valle del Indo y Asia central con parecidas características formales. Palacio Loredan (Venecia), hasta el 20 de enero

La exposición titulada Ídolos (del griego eidolon=imagen), comisariada por Annie Caubet, conservadora del Museo del Louvre, propone un movido viaje en el tiempo y en el espacio, además confronta Oriente con Occidente a través de una serie de obras que reflejan el cuerpo humano desde el año 4000 al 2000 a.C. Un periodo en el que, según la comisaria, se produjo en una zona tan extensa como la representada en la muestra (península ibérica, Malta, Chipre, Creta, las Cícladas, Egipto prefaraónico, Levante, Mesopotamia, Arabia, Anatolia, Asia Central y el valle del Indo) y, posiblemente en todo el mundo, una nueva forma de relacionarse con el mundo, los muertos, dioses y espíritus a través de signos esquemáticos.

Sobre estas líneas, Venere Ligabue, Irán oriental, Asia central, Civilización Oxus (h. 2200-1800 a.C.), clorita, piedra calcárea,, 11 x 13,2 cm, Colección Ligabue, Venecia. Arriba, de izquierda a derecha, Figura femenina sentada con las piernas cruzadas (V-IV milenio a.C.), mármol, 18,5 x 13,3 cm, Bélgica, Museos Reales de Arte e Historia, y “Sfregiato” con falda blanca, Irán oriental, Asia central, Civilización Oxus (h. 2200-1800 a.C.), dlorita, piedra calcárea, 11,5 cm, Londres, colección particular.

Desde tiempos prehistóricos, una de las necesidades para nuestros antepasados fue la de representar la figura humana: por medio de grafitis y de pinturas murales, al principio, y a través de las obras de formas tridimensionales. A partir de la lejanísima edad paleolítica, nos ha llegado una enorme cantidad de estatuillas, realizadas en diferentes materiales, que representan rasgos humanos, cuyo valor simbólico, religioso o de testimonio, de conceptos metafísicos, ritual o “político”, sigue siendo un misterio.

Las cien piezas que forman parte de esta exposición, extraordinarias por su importancia histórico-científica, se presentan junto a un material didáctico muy completo y abarcan un amplio espacio geográfico en una época de gran transición en la que las “aldeas” del neolítico se desarrollan paulatinamente en las sociedades urbanas de la Edad del Bronce.

Figura de pie, Arabia suroccidental, IV milenio a.C, basalto, 22 cm, Londres, colección particular.

La llamada “Revolución neolítica” marca el paso de clanes y tribus a sociedades más complejas, registra la llegada de nuevas tecnologías y la elaboración de los metales, las primeras formas de escritura en diversos centros, el inicio de redes comerciales y los primeros “tráficos” entre poblaciones muy distantes entre sí, lo que propicia la intensificación de las relaciones y los intercambios de mercancías y materiales, de ideas y formas expresivas. Estas piezas provienen de la colección Ligabue y de otras instituciones o museos internacionales, como el Museo Arqueológico Nacional de Madrid.

Primeramente, nuestros antepasados representan casi exclusivamente figuras femeninas, pero con la evolución de las sociedades cada vez más estructuradas y jerarquizadas, los hombres serán los protagonistas representados en dioses, soberanos y héroes.

Tocador de arpa, Thera (Santorini), Antico Cicladico II (2600-2400 a.C.), mármol, 16,5 x 5,5 cm, Karlsruhe, Badisches Landesmuseum.

Lo más sorprendente es comprobar cómo en algunas partes del mundo tan lejanas entre sí, se consoliden tradiciones y formas figurativas similares o se encuentren materiales procedentes de países muy distantes entre sí y, sin embargo, conectados: la obsidiana de Cerdeña y de Anatolia, los lapislázuli de Afganistán, el marfil de Egipto o de las Costas de Levante. En este sentido, hay que mencionar una cabeza sumeria de cristal de roca, prueba de estos intercambios tanto culturales como comerciales entre culturas muy diferentes, ya que este material no se encontraba en Mesopotamia.

Cabeza de una estatuilla real, Mesopotamia, Protodinastico II-III, (h. 2500-2200 a.C.), lapislázuli, 4,6 cm, París, colección particular.

En definitiva, esta muestra estudia a los ídolos desde un punto de vista estético, teniendo en cuenta una sólida base histórica y arqueológica. Entre los factores en común entre todas estas sociedades es la calidad artística de las obras, ya que como explica Caubet: “Los individuos que realizaron esas esculturas eran artistas dotados de un gran talento porque trabajando desde el respeto de los modelos tradicionales y la creación innovadora, supieron dejar una huella”. Las famosas “Diosas Madres” (exageradas en el seno y en las caderas, probablemente símbolos del poder de la Tierra, de la Maternidad y de la Fertilidad) y los ídolos abstractos y geométricos inspiraron a los artistas de las vanguardias del siglo XX.

La Gran Madre, heredada de una imagen tradicionalmente neolítica, desnuda y voluptuosa, ocupó el panorama iconográfico de gran parte del mundo antiguo hasta la llegada de nuevas figuraciones a finales del IV milenio antes de Cristo.

Figura embarazada acostada, Cicladi, Cicladico antico II (2500-2400 a.C.), mármol, 37,2 x 8,5 cm, París, colección particular..

La llamada Venus de Willendorf (de hace 25.000 años, conservada en el Museo de Historia Natural de Viena), representa a la mujer evidenciando, o incluso deformando, los genitales: enormes pechos y una marcada vulva en una estatuilla de piedra caliza coloreada de rojo, que no dejaba ni siquiera entrever algún rasgo del rostro, una especie de representación de la fertilidad. Otra Venus “de Hohle Fels” (de hace 35.000 años), de marfil, muestra una vulva exagerada como veneración sexual, aludiendo a la fertilidad. O la Venus de Laussel, un relieve de piedra caliza (hacia el año 20.000, Museo de Aquitania en Burdeos), que muestra pechos y caderas enormes, además de una clara presentación de la vulva: una simplificación del hombre prehistórico, que desaparecería con la evolución de las primeras culturas neolíticas del Oriente Próximo y de Egipto.

Figura crucíforme, Chipre, calcolítico, picrolito, 9,4 x 6,5 cm, Venecia, Colección Ligabue.

Figuras aparentemente similares, iconográficamente análogas, constituyen cada una de ellas un unicum en las proporciones, en los detalles, en el encanto dado por el toque del artista y, curiosamente, no solo seres de identidad ambigua (como las figuras de mujer andróginas dotadas de órganos sexuales masculinos y femeninos) o representaciones de divinidades sino también hombres mortales, reales y nuevos dioses a imagen humana. Todas estas piezas conservan señales de haber sufrido reparaciones, lo que demuestra que jugaban un papel clave en los eventos sociales y religiosos.

En definitiva, a lo largo de los siglos ha permanecido la necesidad del individuo y de la sociedad de expresar los propios temores, esperanzas y fe.

Figura femenina con brazos levantados, Egipto de procedencia desconocida, período Naqua II (h. 3450-3300 a.C.), Arcilla pintada y cocida, 26,5 x 15,1 cm, Bélgica, Museos Reales de Arte e Historia.

Carmen del VANDO BLANCO

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