Un viaje por el grabado

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En un recorrido de seis siglos por los grabados a punta seca, la exposición en la National Art Gallery de Washington, en colaboración con el British Museum, muestra con más de cien ejemplos la riqueza de una técnica cargada de matices y detalles. En manos expertas, como las de Durero o Otto Dix, ha dado origen a maravillosas obras de arte

Estudio para San José, por William Holman Hunt, 1876, grabado a punta de plata con grafito en papel preparado, Londres, British Museum.

Estudio para San José, por William Holman Hunt, 1876, grabado a punta de plata con grafito en papel preparado, Londres, British Museum.

El grabado en madera se utilizaba en textos budistas en el Lejano Oriente por lo menos desde el siglo VIII. Llegó a Europa poco antes del 1400; y a partir de 1462 se combinó con la nueva tecnología de tipos móviles de Johann Gutenberg, lo que supuso la aparición de los primeros textos ilustrados producidos en masa. En manos de artistas era un procedimiento barato y eficaz que enseguida ganó popularidad. ¿En qué consiste? Con un objeto punzante se extrae de un trozo de madera todo lo que tiene que aparecer en blanco en el dibujo; los trazos que definen los motivos quedan como líneas salientes. A continuación la superficie se cubre con tinta de imprimir hecha con aceite y negro de humo y se presiona sobre la página. Ahí está el dibujo. El resultado resultaba a veces algo tosco, por eso algunos artistas buscaron más allá: querían ganar en detalles y sutileza. Cambiaron la madera por el cobre y con él el método, ya que el grabado en cobre es el negativo del de madera. El buril incide sobre la superficie de metal; esta se cubre con tinta, se limpia y a continuación se presiona sobre un papel para imprimir la tinta que ha quedado retenida en los surcos hechos por el buril. Otro paso que concedió a los artistas mayor libertad y les permitió trabajar con mayor rapidez fue la aparición del aguafuerte. En este caso la superficie se cubre con barniz y se dibuja sobre él con una aguja; en los trazos de la aguja desaparece el barniz y la lámina queda al descubierto; se introduce en un ácido que atacará las partes libres de barniz, después se imprime. Hay otras variantes, pero ahora, animados por una exposición en Washington, nos vamos a parar en la de punta seca: una técnica de grabado directo que consiste en dibujar directamente sobre la plancha con una aguja metálica o punta seca bastante más fina que un buril. Esta raya el metal en surcos que pueden ser profundos pero no anchos y que quedan delimitados, por un lado o los dos, por las rebarbas o rebabas que forma el metal levantado. Al entintar la plancha estas rebabas retienen más tinta y eso se traduce en un trazo aparentemente más ancho y difuminado en los laterales y en un aspecto más delicado y aterciopelado.

Un busto de un guerrero, por Leonardo da Vinci, h. 1475-1480, grabado a punta de plata en papel preparado, Londres, British Museum.

Un busto de un guerrero, por Leonardo da Vinci, h. 1475-1480, grabado a punta de plata en papel preparado, Londres, British Museum.

Estas técnicas, en manos maestras, han dado lugar a maravillosas obras de arte. La National Art Gallery de Washington recoge ahora, y hasta el 26 de julio, una selección de cien grabados a punta seca, la mayor parte de ellos de plata, y muchos de ellos procedentes del British Museum de Londres, institución a la que la exposición viajará en septiembre.

Organizada cronológicamente y bajo el título Drawing in Silver and Gold: Leonardo to Jasper Johns [Dibujando en Plata y Oro: de Leonardo a Jasper Johns], esta muestra es una invitación a conocer las posibilidades de esta técnica con grandes tesoros, algunos de ellos evidentes (tratándose de este proceso no podían faltar Leonardo, Rembrandt o Durero) y otros no tan conocidos procedentes de Holanda del siglo XVII, de la Gran Bretaña victoriana y de la actualidad.

Uno de los ejemplos más antiguos que recogen las salas de la National Art Gallery es el Retrato de una mujer joven, h. 1435-1440, atribuido a Roger van der Weyden (1399-1464), un exquisito y delicado dibujo en punta de plata del artista holandés que ahora protagoniza una magnífica exposición en el Museo del Prado (ver en Descubrir el Arte 194 en quiosco.arte,orbyt.es). Mucho más moderno, el retrato de Otto Dix (1891-1969) de una mujer mayor, fechado en 1932, combina la punta seca con lápiz en una imagen serena, cargada de detalle (los surcos de la piel casi se pueden sentir) y de nostalgia, exenta de la crudeza de la serie gráfica de la guerra.

Los de Van der Weyden y Dix son obras acabadas, pero también hay ejemplos del uso de esta técnica en trabajos preparatorios como los de Rembrandt (1606-1669) y Rafael (1483-1520). Del holandés, extraordinario grabador que lograba impresionantes texturas y efectos lineales, se puede ver en Washington un maravilloso ensayo de cabezas (cinco versiones en distintas posiciones,  ataviadas con sombreros diferentes) y del genio del Renacimiento se presentan bocetos del niño Jesús que dejan ver la perseverancia y el esfuerzo que había detrás de la aparente sencillez y facilidad de trazos del artista.

No podría faltar Alberto Durero (1471-1528), considerado uno de los mejores grabadores de la historia del arte. Dominaba la técnica: se había formado en uno de los mejores talleres de grabado en madera de Nuremberg, pero luego consiguió imprimirle un nuevo brillo. Con una imaginación portentosa, tenía también un gran interés por reflejar la naturaleza y su belleza. Son famosas sus xilografías para una edición de 1849 del Apocalipsis; para esta exposición se ha escogido un perro descansando realizado con punta de plata sobre trazas de carbón negro sobre un papel preparado (esta obra, fechada en 1520 y que ahora pertenece al British Museum, es la que abre este post). Como señala Gombrich en su historia del arte, Durero fue un grabador nato, “incansable en añadir pormenor sobre pormenor hasta construir un pequeño mundo verdadero en el espacio de su lámina de cobre”.

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