El hedonismo victoriano de Alma-Tadema

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Se cumplen 103 años de la muerte del artista, símbolo de la pintura victoriana, amante de la Antigüedad, la belleza femenina y las flores. En el destacado de esta semana repasamos su trayectoria artística con motivo de su aniversario 

Lawrence Alma-Tadema fue uno de esos pintores que decidió bajarse del carro del progreso en un momento en el que el mundo había enloquecido con la Revolución Industrial. Cambió las máquinas y la velocidad por los ambientes del Mundo Antiguo y la contemplación espiritual. Nacido como Laurens Tadema en un pueblecito neerlandés en 1836, quedó huérfano de padre con tan solo cuatro años, edad a la que comenzó a recibir formación pictórica por parte de un maestro local gracias a los intereses artísticos de su madre. No obstante, intentó formarse en el oficio de su padre, notario, pero en 1851 se le diagnosticó tuberculosis y decidió consumir el resto de su vida entre lienzos y pintura.

La educación de los hijos de Clovis, por Lawrence Alma-Tadema, 1861. Arriba, Las mujeres de Amphissa, por Lawreence Alma-Tadema, 1887.

La educación de los hijos de Clovis, por Lawrence Alma-Tadema, 1861. Arriba, Las mujeres de Amphissa, por Lawreence Alma-Tadema, 1887.

En sus primeros años de dedicación plena al arte, la temática elegida por Alma-Tadema ya anunciaba su gusto por los tiempos pasados e incluso la mitificación de ellos. Hasta mediados de 1860, sus pinturas reflejaban temas merovingios, como La educación de los niños de Clovis (1861) por la que recibió una importante atención en el Congreso Artístico de Amberes aunque también la crítica de su maestro Jan August Hendrik Leys, quien comparó el tratamiento del mármol con el de la textura del queso. Alma-Tadema asumió profundamente este reproche y su esfuerzo le llevó a ser uno de los mejores pintores de texturas, tanto de mármol como de flores, y de mayor rigor para con la Antigüedad. Tras este pequeño éxito, se estableció como pintor independiente al año siguiente y en 1863 se casó por primera vez y viaja por Italia, recorriendo Pompeya y Herculano, pero sobre todo fascinado por la Roma Imperial, protagonista de sus mejores obras. Además, su popularidad se incrementó cuando en 1864 conoció en París al marchante Ernest Gambert, quien visibilizó su obra en Bruselas y Londres.

La muerte del primogénito, por Lawrence Alma-Tadema, 1873.

La muerte del primogénito, por Lawrence Alma-Tadema, 1873.

El pintor decidió abandonar los temas de la dinastía francesa para tratar algunos con mayor popularidad e internacionalidad como el Antiguo Egipto, con representaciones tan trágicas como bellas, característica fundamental de su estilo, en pinturas como La muerte del primogénito (1873). En 1870 su mujer había muerto repentinamente por viruela y la consternación dejó sin actividad a Alma-Tadema por un tiempo. Sin embargo, su tristeza no duraría mucho, pues se trasladó a Londres y allí conoció a la jovencísima Laura Epps, una artista con la que contrajo matrimonio y adquirió la nacionalidad británica. Encontró su lugar perfecto en la patria del también hedonista Wilde, donde desarrolla la mayor parte de su producción pictórica de temática romana.

Fidias mostrando los frisos del Partenón, por Lawrence Alma-Tadema, 1868.

Fidias mostrando los frisos del Partenón, por Lawrence Alma-Tadema, 1868.

Su virtud y su talón de Aquiles fueron paradójicamente lo mismo. Su afán por representar la cotidianidad de los romanos y la languidez natural de sus personajes, hacían posible la identificación de sus coetáneos con los habitantes del Imperio hasta tal punto que se ganaron la calificación de “victorianos con toga”. El tratamiento arqueológico ejecutado por Alma-Tadema en sus pinturas también le llevó a polemizar con el célebre Winckelmann, pues coloreó el mármol de Fidias mostrando el friso del Partenón (1868) frente a la pureza del blanco defendida por el arqueólogo alemán.

 

Las rosas de Heliogábalo, por Lawrence Alma-Tadema, 1888.

Las rosas de Heliogábalo, por Lawrence Alma-Tadema, 1888.

El poeta favorito, por Lawrence Alma-Tadema, 1888.

El poeta favorito, por Lawrence Alma-Tadema, 1888.

El reposo y la reflexión parecen el hilo conductor de las escenas creadas por Alma-Tadema, incluso en la tensión de un momento como el representado en su obra maestra Las rosas de Heliogábalo (1888), instante antes de provocar la romántica muerte por asfixia del emperador a sus invitados por la cantidad de flores vertidas sobre ellos. La delicadeza del tratamiento de las flores provoca una sinestesia en la contemplación directa de sus lienzos. Fue capaz de crear atmósferas tan sensuales y sensoriales en las que parece que las flores desprenden olor y las brisas que mueven las túnicas vaporosas llegan hasta nosotros. El recurso floral se pone en conexión con el ambiente de la época, que identificaba a la mujer con la flor por su belleza efímera. Las hermosas muchachas también son una constante en la pintura de Tadema, siempre rosadas, gráciles y abstraídas en sus pensamientos como muestran El poeta favorito (1888) o Tepidarium (1881).

Tepidarium, por Lawrence Alma-Tadema, 1881.

Tepidarium, por Lawrence Alma-Tadema, 1881.

La costumbre favorita, por Lawrence Alma-Tadema, 1909.

La costumbre favorita, por Lawrence Alma-Tadema, 1909.

Su gusto por el clasicismo se ve compensando con una latente modernidad que se intuye en las composiciones recortadas influencia de los encuadres fotográficos y el arte japonés tan en boga en el momento. Además, sus escenarios son muestra de un virtuosismo técnico enorme a la hora de crear sensaciones de ingravidez en las terrazas donde sestean los personajes Expectativas (1885) o la perfección en la perspectiva de las exedras como en La costumbre favorita (1909). 

Expectativas, por Lawrence Alma-Tadema,

Expectativas, por Lawrence Alma-Tadema, 1909.

Su pasión por el clasicismo se confundió con su propia vida, un tanto excéntrica, pues compró una suntuosa residencia en Londres que decoró a modo de villa pompeyana. Este hecho repercutió en su producción pictórica, realizando pinturas de mayores dimensiones entre 1883 y 1887, ya que sus ganancias eran superiores. No obstante, la vehemencia mostrada por tiempos pasados convirtió su trabajo y su figura en referente de las grandes producciones cinematográficas del primer Hollywood, influyendo enormemente en los decorados de las películas de D. W. Griffith y Cecil B. DeMille.

Natalia de VAL NAVARES

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