Daniel Barenboim: música y concordia

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Una enfermedad neurológica ha obligado al pianista y director de orquesta a suspender sus próximos conciertos. Su figura encarna la idea de que la música nos une e impulsa a soñar sin importar las diferencias culturales o personales de cada individuo

Uno de los principales poderes de las artes en general y de la música en particular es unirnos por encima de nuestras irreductibles diferencias culturales y personales. Una de las personas que mejor ha encarnado este mensaje durante las últimas décadas es el pianista y director de orquesta Daniel Barenboim, que suele recordar que cuando escuchamos a Bach, Mozart, Beethoven, no somos negros ni blancos, judíos o palestinos, mujeres u homosexuales… sino la música que suena y que nos abraza y nos impulsa a soñar.

Una grave enfermedad neurológica le impide seguir entregado a su vocación musical. He vuelto a escucharlo y he releído su biografía. Junto con su amigo Edward Said, estadounidense de origen palestino, fundó en 1999 la West-Eastern Divan Orchestra, que cada verano reúne a jóvenes músicos de origen israelí, árabe o español. Por esta iniciativa recibieron el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia 2002 y ha sido candidato al Nobel de la Paz.

Daniel Barenboim en un concierto con la West-Eastern Divan Orchestra.

Ahora bien, la enseñanza como diálogo y crítica es a su vez un aprendizaje interminable: “Lo más extraordinario de la enseñanza es lo que uno aprende de los alumnos. Aprendo algo simplemente por la manera en que me formulan una pregunta. A través de la enseñanza me veo obligado a examinar lo que pienso (…) Para mí es una necesidad, porque, a través de la enseñanza, aprendo”.

En 2001 vivió un anticipo de lo que actualmente se extiende con la denominada “cultura de la cancelación” –vaya oxímoron–. En un concierto en Jerusalén con un programa de Schumann, Stravinski y Chaikovski, les propuso cambiar este último por el Preludio y Liebestod de Tristán e Isolda, de Wagner. Después de una conversación invitó a que se marcharan aquellos que quisieran, pues si otros querían escuchar, ellos tocarían a Wagner. Y así lo hicieron con la ausencia de veinte o treinta personas. Terminaron con ovación de pie. En medio de esta vorágine de populismos, ¿qué artista se atreve a no complacer al público y llevarle la contraria?

“A principios del siglo XXI nadie puede decir que tiene una sola identidad”. Ciertamente, la identidad es múltiple. Estamos acostumbrados a enredarnos en cuestiones identitarias, aparentemente contrapuestas, como si la multiplicidad de aspectos de las que se compone la identidad humana se pudiera reducir a uno. Barenboim es argentino nacionalizado español, judío y palestino. ¿Hay contradicción en ello? Ninguna salvo que alguien lo adopte como excusa para ejercer la violencia.

El director de orquesta Barenboin en un concierto en Salzburgo.

Recuérdalo tú y recuérdalo a otros: mientras alguien escucha a Bach, Mozart, Beethoven, no somos negros o blancos, judíos o palestinos, mujeres u homosexuales, somos la música que suena y que nos abraza y nos impulsa a soñar. Gracias, maestro. Ojalá otros continúen tu legado de música y concordia.        

SEBASTIÁN GÁMEZ MILLÁN   

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