Abanicos del XVIII: un lujo al alcance de unos pocos

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Hasta el 26 de enero el Museo Lázaro Galdiano de Madrid expone 24 abanicos del siglo XVIII (la época dorada de este complemento) de los 90 que el coleccionista regaló a su esposa, Paula Florida, en sus cumpleaños y onomásticas desde que la conoció en 1901

La colección de abanicos que reunió Lázaro Galdiano es tan extraordinaria que en España solo la de Patrimonio Nacional se le puede comparar. En primer lugar por la cantidad de piezas del siglo XVIII que la integran, 65 en total, puesto que en la mayoría de las colecciones el porcentaje de abanicos de esta época es mucho más reducido, y en segundo lugar por la calidad, ya que puede afirmarse que las 90 piezas que la conforman son obras maestras, no solamente por las pinturas de los países sino también por los varillajes.

Al tratarse de objetos de uso, que con el tiempo se han ido deteriorando, es fácil encontrar abanicos en los que el país (superficie de papel, tela o pies que une las varillas) no se corresponde con el varillaje (base rígida y plegable del abanico) original; en cambio, en la colección de Lázaro Galdiano esto ocurre muy pocas veces. Así, de los 24 abanicos expuestos “no pasa más que en un caso, la Joya de Aquiles, donde el país es francés del siglo XVIII y el varillaje es del siglo XIX –explica Carmen Espinosa, comisaria de la exposición y conservadora jefe del museo Lázaro Galdiano–. De hecho, de los abanicos expuestos, en el 94 por ciento de los casos el varillaje y el país son originales, lo que da un valor añadido a la colección, a parte de la calidad artística o de la relación sentimental que puedan tener estas piezas con el coleccionista”.

Abanico de boda, Francia, 1775-1800. País doble de seda pintado con guache. Varillaje de nácar y marfil tallado, con aplicación de láminas de metal, madreperla y  brillantes.

Abanico de boda, Francia, 1775-1800. País doble de seda pintado con guache. Varillaje de nácar y marfil tallado, con aplicación de láminas de metal, madreperla y brillantes.

A diferencia del abanico del XIX, que es ya más industrial y se fabrica en España, sobre todo en Valencia, el del XVIII es un abanico que viene de fuera, especialmente de Francia, Italia o Inglaterra, rico, lujoso y con unas pinturas cuidadísimas, como uno de los expuestos, Abanico de boda, de origen francés y realizado en seda, que está cuajado de brillantes, tanto en las varillas como en la intersección de las palas.

Fabricación

Lo habitual a la hora de fabricar un abanico es que interviniesen varios artesanos especializados. Primero estaba el que tallaba las varillas, que se hacían una a una. “Por eso, si las miras con un cuentahilos ves que el tallado de cada una es distinta”, puntualiza Carmen Espinosa. Las varillas se elaboraban con marfil, nácar o de hueso, aunque también se utilizaba el carey, pero debido a que es un material muy duro y no permite el tallado, en este caso lo que se hacía era incrustar láminas de plata u oro en las varillas, que luego se grababan, pintaban, barnizaban o doraban.

En segundo lugar había otro artesano que fabricaba el país, que se elaboraba con vitela (piel de un animal que todavía no ha nacido), tela (sobre todo seda, tul o encaje) o papel, aunque a finales del XVIII o principios del XIX se empezó a considerar que la vitela no era lo suficientemente elegante porque tiene una especie de pelillo, así que se pasó a utilizar piel de cisne, que es mucho más suave.

Abanico de cartelas yuxtapuestas, Inglaterra, 1775-1800. País montado a la inglesa, de piel, pintado con gouache. Varillaje de marfil y hueso, tallado, grabado con aplicación de láminas de plata corlada. Museo Lázaro Galdiano.

Abanico de cartelas yuxtapuestas, Inglaterra, 1775-1800. País montado a la inglesa, de piel, pintado con gouache. Varillaje de marfil y hueso, tallado, grabado con aplicación de láminas de plata corlada. Museo Lázaro Galdiano.

En cuanto a las pinturas de los abanicos intervenían tres pintores diferentes: los que hacían la escena principal, los que pintaban la ornamentación (todas las grecas) y, por último, los que hacían el reverso. “No es que los pintores de reversos fueran de peor calidad, sino que son distintos. Normalmente las escenas del anverso no tienen nada que ver con las del reverso (en estas últimas predomina lo floral y las influencias orientalistas), salvo casos muy excepcionales”, comenta Carmen Espinosa.

A diferencia del XIX, en que el tema pictórico de los abanicos es monotemático (la pareja galante), el del XVIII es un abanico que representa temas relacionados con la religión, la mitología o la historia. La razón por la que se explica este hecho es que en el XVIII las mujeres empezaban a despuntar en la vida social, así que “muchas pinturas muestran escenas donde la mujer es la protagonista, reflejada en la diosa Venus, personificación del amor, la belleza y la fertilidad; en Juno, diosa del matrimonio y protectora de la mujer; en Onfalia, quien hizo que Hércules olvidara su valentía; Sansón y Dalila; Salomé; Betsabé, o la reina de Saba”, afirma Carmen Espinosa.

Jano, la renovación del tiempo, Italia, atribuido a Joan Werner, h. 1730. País doble de papel dibujado a tinta con toques de plata. Varillaje de marfil tallado, pintado y aplicación de láminas de nácar. Museo Lázaro Galdiano.

Jano, la renovación del tiempo, Italia, atribuido a Joan Werner, h. 1730. País doble de papel dibujado a tinta con toques de plata. Varillaje de marfil tallado, pintado y aplicación de láminas de nácar. Museo Lázaro Galdiano.

Discurso expositivo

La exposición está estructurada de acuerdo con el origen, escuela o procedencia de cada uno de los abanicos, Francia, Inglaterra e Italia, de forma que el visitante podrá advertir enseguida las diferencias entre unos y otros. “En Italia, por ejemplo, el abanico es mucho más pictórico y predomina la calidad de la pintura por encima de la decoración del propio abanico, mientras que el de Francia es más ostentoso, más rico, más lujoso, y en Inglaterra, más sencillo y etéreo”, detalla Carmen Espinosa sobre las características de cada conjunto expositivo.

Escuela italiana

Los italianos fueron los primeros en elaborar abanicos en Europa. En los temas pictóricos predominan los poemas homéricos de la Ilíada y la Odisea, la Eneida de Virgilio, la Metamorfosis de Ovidio o las gestas de Alejandro Magno.

La toilette, norte de Italia, 1700-1735. País doble de piel pintado con guache y oro. Varrillaje de carey con trabajo de piqué en oro. Museo Lázaro Galdiano.

La toilette, norte de Italia, 1700-1735. País doble de piel pintado con guache y oro. Varrillaje de carey con trabajo de piqué en oro. Museo Lázaro Galdiano.

Entre ellos cabría destacar La toilette, elaborado hacia 1700-1735 en el norte de Italia. El país es de piel y en él se representa “una escena en la que unas damas son asistidas por sus respectivos cicisbeos (sirvientes que aconsejaban cómo vestirse o adornarse). Tiene un magnífico varillaje realizado en carey decorado con un delicado trabajo de piqué (incrustación de pequeños fragmentos de oro o plata) con motivos de tradición barroca”. O Jano, la renovación del tiempo, atribuido a Joan Werner, un gran pintor de abanicos del que hay otro en el Museo de Turín y otro en Patrimonio Nacional. Fabricado hacia 1730, la escena muestra a la diosa cerrando la puerta al invierno y abriéndola a la primavera, y su principal singularidad es que no tiene color, sino que está pintado con tinta sobre papel.

Escuela francesa

En el caso francés, “a la literatura y la pintura –explica Carmen Espinosa– se unen, como fuente de inspiración para ilustrar estas piezas, el teatro, la ópera y el ballet. Las escenas están inspiradas en la pintura de Antoine Coypel, Charles Le Brun y, sobre todo, Jean Antoine Watteau y François Boucher, creadores de la fiesta galante y la pintura pastoral”.

El abanico de La Comedia Francesa es, por su calidad y vistosidad, uno de los más destacados de la colección, cuya decoración del anverso del país muestra una serie de retratos de actores y, en su reverso, a Minerva y Marte.

La Comedia Francesa, 1735-1775. País doble de piel (anverso) y papel (reverso) pintado con guache, oro y plata cortada. Varillaje de marfil tallado, grabado con trabajo de grillé y pointillé y aplicación de madreperla, vidrio y brillantes bordeando los cuatro retratos de miniatura. Museo Lázaro Galdiano.

La Comedia Francesa, 1735-1775. País doble de piel (anverso) y papel (reverso) pintado con guache, oro y plata cortada. Varillaje de marfil tallado, grabado con trabajo de grillé y pointillé y aplicación de madreperla, vidrio y brillantes bordeando los cuatro retratos de miniatura. Museo Lázaro Galdiano.

Pero si toda colección tiene una pieza estelar, en la colección de Lázaro Galdiano es el Abanico conmemorativo de la boda de Luis Fernando, delfín de Francia, y María Teresa Rafaela, infanta de España, fechado en 1745, y no tanto por su calidad artística como por el valor histórico, al ser  un “documento de la política matrimonial franco-española”, puntualiza Carmen Espinosa. El país exalta a la Casa de Borbón y las virtudes necesarias del buen gobierno, y en su parte central está representada la Justicia, la Prudencia y la Abundancia junto a Hércules niño expulsando a la Discordia. Rematando todo el país, hay una orla dorada de amorcillos y guirnaldas al estilo Luis XV, y en el centro del varillaje, hecho en marfil, están caladas las armas de los reyes Felipe V y Luis XVI, que se repiten en las palas junto a Ofalia bajo las armas de España, y Minerva bajo las de Francia y Navarra.

Escuela inglesa

Los abanicos ingleses no son tan opulentos como los franceses, son más sencillos. Hay distintas temáticas, pero predominan sobre todo la exaltación de la vida rural, la vida cotidiana, paisajes o ruinas, emulando las pinturas de Teniers. En los reversos predominan los motivos orientalizantes, que se inspiran en la estética kakiemon de la porcelana japonesa.

Abanico con motivos pompeyanos, Inglaterra, h. 1790. País doble de piel pintado con acuarela  oro. Varillaje de marfil y hueso, tallado, grabado con aplicación de láminas de plata corlada. Museo Lázaro Galdiano.

Abanico con motivos pompeyanos, Inglaterra, h. 1790. País doble de piel pintado con acuarela oro. Varillaje de marfil y hueso, tallado, grabado con aplicación de láminas de plata corlada. Museo Lázaro Galdiano.

Entre ellos cabe destacar La familia de sir Barthasar Gerbier, una estirpe de comerciantes, en el que los pintores se inspiraron en el cuadro de Rubens del mismo nombre, que pertenece a la colección real inglesa. “Es posible que este abanico se encargase para celebrar la llegada de esta obra de Rubens a Inglaterra alrededor de 1750, un cuadro que había pertenecido a Mazarino y que posteriormente fue adquirido por el príncipe de Gales”, explica Espinosa sobre la escena representada en este abanico.

En definitiva, esta exposición no solo es un recorrido por las distintas escuelas y la evolución del abanico del siglo XVIII, sino una oportunidad única para contemplar unas piezas de extraordinaria belleza que, al ser tan delicadas, pocas veces pueden ser expuestas al público, debido a las medidas de preservación y conservación que hay que tener en cuenta a la hora de ser exhibidas.

Ángela SANZ

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