El Aduanero, ¿un pintor ingenuo?

autorretrato-detalle.jpg

El 2 de septiembre de 1910 moría en París Henri Julien Felix Rousseau. Este pintor, famoso por sus paisajes oníricos, escapa a cualquier catalogación. Aunque en sus cuadros pintó paisajes exóticos con animales salvajes, apenas viajó fuera de Francia. Artista autodidacta, su trabajo destaca por el dominio de la composición de las escenas y el color, dotando a su pintura de una gran fuerza expresiva

Henri Rousseau nació el 21 de mayo de 1844 en Laval (Francia) en el seno de una familia humilde. Antes de dedicarse a la pintura ejerció varios oficios, desde pasante en un despacho de abogados en la ciudad de Angers (de donde fue despedido por robo), soldado de infantería durante cuatro años y, ya establecido en París, como empleado de la Oficina de Recaudación de Arbitrios de donde le viene el sobrenombre del Aduanero, un apodo que le puso el poeta y dramaturgo Alfred Jarry.

La boda, 1904, óleo sobre lienzo, Musée de l'Orangerie, París.

La boda, 1904, óleo sobre lienzo, Musée de l’Orangerie, París.

Rousseau empezó a pintar muy tarde, cuando tenía cuarenta años, y con casi cincuenta abandona su trabajo en la Administración para dedicarse de lleno a la pintura. Alterna sus dos pasiones, por el día la pintura y por las noches la música de violín.

Murió con sesenta y seis años, así que su vida como pintor fue muy corta pero intensa. A pesar de ser un personaje muy popular y una figura de referencia para los grandes protagonistas de la vanguardia histórica, intelectuales como Apollinaire y Jarry, los grandes coleccionistas como Wilhelm Uhde y Paul Guillaume y artistas como Cézanne, Gauguin, Redon Seurat, Morandi en Carra, KandinskyPicasso a su entierro solo acudieron siete personas entre las que se dice que estaban Paul Signac, Robert Delaunay y posiblemente dos de sus nueve hijos (los otros siete habían fallecido prematuramente).

La basse-cour (1896-1898).

La basse-cour, óleo sobre lienzo, 1898, Museo Georges Pompidou, París.

Famoso por sus paisajes oníricos y por sus bosques encantadores, su pintura es muy difícil de clasificar, siempre escapa a cualquier catalogación o etiqueta. Aunque admiraba las obras de Bouguereau y Gérôme, detestaba la pintura de su contemporáneo Matisse y decía que le encantaría algún día poder terminar las pinturas de Cézanne, los cuadros del Aduanero “no encajan con ninguno de estos vectores estilísticos. Sus cuadros vendrían a ser como pequeñas islas selváticas en medio de un océano que, en esa época, estaba lleno de reminiscencias impresionistas, alardes fauvistas e incipientes experimentos cubistas”, como afirmaba el galerista Marc Domènech en las páginas de la revista DESCUBRIR EL ARTE, núm. 181.

Denostado por la crítica, cuando presentó su lienzo León hambriento atacando un antílope en el Salon d’Automne de 1905, Camille Mauclair y Louis Vauxcelles llegaron a decir de esta obra que era “un bote de pintura lanzado a la cara del público” o “¡Donatello entre animales salvajes!”.

León hambriento atacando a un antílope, óleo sobre lienzo, 1898-1905, Fundación Beyeler, Basilea.

León hambriento atacando a un antílope, óleo sobre lienzo, 1898-1905, Fundación Beyeler, Basilea.

Apenas viajó y, sin embargo, en sus obras reprodujo paisajes selváticos y exóticos que no había visto nunca al natural, pero que olió y sintió en el Jardin des Plantesde París. Para los animales salvajes tomaba apuntes en el zoológico o copiaba de álbunes infantiles como en el caso del felino de El sueño, como reconoció el propio Rousseau.

Para Marc Domènech el desacomplejado onirismo del artista superó con años de antelación a más de un surrealista merveilleux, desde el primer Miró hasta el último Magritte, y es muy interesante el desparpajo antiacademicista y su original y exótico primitivismo.

Retrato del Señor X (Pierre Loti), óleo sobre lienzo, 1910, h. 1910, Kunsthaus, Zürich.

Retrato del Señor X (Pierre Loti), óleo sobre lienzo, 1910, h. 1910, Kunsthaus, Zürich.

Quizá fueron todas estas características las que atrajeron al joven Picasso, que en 1908 compró una de sus obras, Retrato de mujer, y le organizó un homenaje-banquete en su taller del Bateau-Lavoir, al que acudió el pintor francés y en el que saludó al artista español con la famosa frase “Somos los dos mejores pintores de nuestro tiempo, tú (Picasso) en el estilo egipcio y yo en el estilo moderno”.

Este famoso banquete se ha reproducido en una de las salas de la gran exposición que ha podido verse hasta el 6 de septiembre en el Palacio Ducal de Venecia. Junto a la pintura del Aduanero se exhibe Bouteille de Bass de Picaso a la vez que se puede escuchar el poema dedicado a Rousseau que Guillaume Apollinaire recitó durante el famoso banquete y el vals Clemencia, compuesto e interpretado en esa ocasión por el propio oficial de Aduanas.

Sorprendido,

¡Sorprendido! (Tigre en una tormenta tropical), óleo sobre lienzo, 1891, National Gallery, Londres.

Esta exposición, fruto de un exhaustivo trabajo de investigación que han llevado a cabo durante tres años Gabriella Belli y Guy Cogeval (promotores de la muestra) y los comisarios Laurence des Cars y Claire Bernardi y la colaboración de Elizabeth Barisoni, desmiente la visión de pintor ingenuo con el que ha sido visto a menudo para ahondar en una crítica historiográfica.

Se ha hecho hincapié en sus naturalezas muertas y en los retratos de hombres y mujeres, que muchas veces eran amigos de la familia, donde plasmaba la plácida vida de la pequeña burguesía de la ciudad para subrayar la importancia y el impacto que su producción artística tuvo en el ambiente intelectual del París de principios del siglo XX.

Recorrido por algunas de sus obras

En 1890 pintó Yo mismo, un autorretrato con paisaje que fue considerado su primera obra maestra, donde se retrata a sí mismo en París, con la torre Eiffel al fondo. A diferencia de los impresionistas que pintaban en el campo, Rousseau elige la ciudad, pero además la nueva ciudad que está naciendo al albor de la arquitectura del hierro y para remarcar este hecho añade en el cielo un globo aerostático como manera de reflejar su interés por los nuevos inventos que surgen en esa época. Se pinta con boina, sosteniendo la paleta y los pinceles, como una manera de reivindicar su oficio de pintor.

Yo mismo,

Yo mismo, óleo sobre lienzo, 1890, Galería Nacional de Praga.

En La guerra (1894), Rousseau aborda este tema no desde el punto de vista patriótico o heroico, sino que muestra la cara más descarnada de los conflictos armados. Pintado veinte años después de la guerra franco-prusiana y de la Comuna de París, una mujer harapienta y desgreñada sostiene en una mano una antorcha humeante y en la otra una espada, que galopa a lomos de un caballo sobre el campo de batalla sembrado de cadáveres que son picoteados por los cuervos. Los cuerpos aparecen mutilados y sin uniformes. Está pintado en negro, blanco y rojo que simbolizan la tragedia y el duelo.

La guerra,

La guerra, óleo sobre lienzo, 1894, Museo de Orsay, París.

En 1891 realiza uno de sus primeros cuadros oníricos y exóticos, ¡Sorprendido! (Tigre en una tormenta tropical), en el que dibuja a un tigre que permanece al acecho en la jungla, está esperando a su víctima que no aparece en el cuadro. En sus escritos, Rousseau afirma que su presencia está en los ojos del propio tigre. Lo expone en el Salón de los Independientes donde causa un asombro extraordinario entre la crítica. Esta obra anticipa las “pinturas selváticas” que pintará a partir de 1904.

Cuando lo presentó en el Salón de los Independientes de ese mismo año, el lienzo fue recibido por algunos con sarcasmo por su torpeza en su ejecución y, en cambio, otros alabaron con entusiasmo su originalidad e independencia estilística, como, por ejemplo, el joven pintor Louis Roy que en Le Mercure de France escribió que “esta manifestación ha podido parecer extraña porque no evocaba ninguna idea de algo ya visto. ¿Acaso no es esto una calidad principal?, (el Aduanero) tiene el mérito, escaso hoy en día, de ser absolutamente personal. Tiende hacia un arte nuevo…”.

La gitana dormida.

La gitana dormida, óleo sobre lienzo, 1897, Museo de Arte Moderno, Nueva York.

En 1897 vuelve a presentarse en el Salón de los Independientes con La gitana dormida (La fiera, aunque salvaje, duda si lanzarse sobre su víctima, profundamente dormida de cansancio), una obra audaz, fantástica y onírica que impresiona a personajes como Jean Cocteau, que se pregunta de dónde sale esa criatura.

El sueño.

El sueño, óleo sobre lienzo, 1910, Museo de Arte Moderno, Nueva York.

A partir de 1904, como hemos dicho anteriormente, comienza la etapa más conocida del Aduanero, sus obras de paisajes de selvas imposibles, como Los alegres bromistas (1906, Philadelphia Museum of Art), La encantadora de serpientes (1907, Museo de Orsay, París), La comida del león (1907, Metropolitan Museum of Art, Nueva York), Lucha entre un tigre y un búfalo (1908, Cleveland Museum of Art), Lucha entre un gorila y un indio (1910, Virginia Museum of Fine Arts, Richmond) o su indiscutible obra maestra, El sueño, que compendia toda la imaginación, fantasía y magia del arte de este pintor autodidacta y absolutamente genial.

La encantadora de serpientes, óleo sobre lienzo, 1907.

La encantadora de serpientes, óleo sobre lienzo, 1907, Museo de Orsay, París.

 

 

 

 

 

One Reply to “El Aduanero, ¿un pintor ingenuo?”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

*

scroll to top