En busca del Paraíso

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La Fundación Bancaja (Valencia) propone un recorrido por la representación del paisaje en la pintura desde mediados del siglo XIX hasta mediados del XX, con las figuras de Pissarro, Monet y Gauguin como referentes del nacimiento de la modernidad. Hasta el 28 de junio

La Fundación Bancaja acoge en sus salas de Valencia Paraísos. Impresionismo europeo y americano. Colección Carmen Thyssen-Bornemisza, una exposición que recorre la representación del paisaje en el arte desde mediados del siglo XIX hasta mediados del XX a través de una selección de obras de la colección de Carmen Thyssen, entre las que figuran nombres clave del impresionismo como Camille Pissarro, Claude Monet o Paul Gauguin.

La exposición se compone de medio centenar de óleos de mediano y gran formato firmados por 37 artistas europeos y americanos. Las obras proceden de los fondos artísticos de la Colección Carmen Thyssen-Bornemisza, depositadas en espacios como el Museo Thyssen-Bornemisza en Madrid y el Museo Carmen Thyssen Málaga, además de la colección particular de la baronesa. El conjunto de obras expuestas recorre la interpretación pictórica de la naturaleza con las figuras de Pissarro, Monet y Gauguin como representantes de la irrupción de la modernidad en la pintura y del desarrollo del impresionismo como movimiento que alteraría definitivamente la visión del paisaje e influiría en multitud de artistas coetáneos.  

Junto a la obra de estos tres artistas, la exposición permite acercarse a la obra de otros nombres de la colección como William Louis Sonntag, Lluís Rigalt i Farriols, Ramon Martí i Alsina, Baldomer Galofre i Giménez, Hugh Bolton Jones, Guillermo Gómez Gil, Modest Urgell i Inglada, Fritz Bamberger, Joan Roig i Soler, Eliseu Meifrèn i Roig, Santiago Rusiñol i Prats, Alfred Thompson Bricher, Lluís Graner i Arrufí, Francesc Miralles i Galup, Segundo Matilla y Marina, Henri Lebasque, Joan Llimona i Bruguera, Joan Pinós i Palà, Gonzalo Bilbao, Darío de Regoyos, Rafael Benet i Vancells, Max Liebermann, Josep Amat i Pagès, Alfred Sisley, Antoni Ferrater i Feliu, Albert André, Georges d’Espagnat, Pere Torné i Esquius, Joaquim Sunyer i De Miró, Olga Sacharoff, Emili Grau i Sala, Laureà Barrau i Buñol, Maria Girona i Benet y Walt Kuhn.

La concreción en la imagen de paisaje idílico es el punto de partida para la selección de las obras con las que se ha construido el discurso de la muestra, en la que se mezclan en el despertar de la modernidad, la emotividad romántica, la objetividad naturalista, el análisis impresionista y el encaje de una nueva estética vinculada a la percepción de un entorno en continua transformación.

La cabaña en Trouville, marea baja, por Claude Monet. Arriba, Mediterraneo, por Joaquim Sunyer i de Miro.

La exposición se organiza en tres ámbitos. El primero, El alma del paisaje, presenta una visión espiritual, idílica y sublime del paisaje, en un diálogo de analogías entre la pintura americana y europea en el que aparece la subjetividad e idealismo romántico y la percepción analítica del paisaje que propone el impresionismo. El segundo, Un jardín en el mundo, muestra una naturaleza domesticada, en la que el ser humano es protagonista y plenamente consciente de su capacidad de gozar del entorno idílico que ha creado. Por último, Paraísos encontrados es una contraposición de escenas bucólicas y cercanas de un mundo tangible en el que se busca un reducto de bienestar, paz y felicidad.

Esta exposición forma parte de la colaboración entre la Fundación Bancaja y la Colección Carmen Thyssen-Bornemisza, que durante el verano de 2019 permitió exponer en el Espai Carmen Thyssen de Sant Feliu de Guíxols una selección de obras de la colección de la Fundación Bancaja de artistas como Picasso, Sorolla, Valdés o Julian Opie, entre otros. 

Puerto de Barcelona, por Eliseu Meifrèn i Roig.
El alma del paisaje

Este apartado de la exposición se centra en la visión espiritual e idílica de la subjetividad plasmada en el paisaje, mostrando el entorno como un espejismo del alma y de las voluntades y necesidades de una nueva sociedad. La irrupción del romanticismo agitó sentimientos adormecidos. Todo aquello que despertó este movimiento, tanto desde el punto de vista artístico como ideológico, influirá hasta nuestros días sobre la conciencia y percepción del mundo. Dicha consideración conlleva tomar la subjetividad como una constante, ya sea por aceptación y sublimación, ya sea por tratar de alejarla con el afán de alcanzar la objetividad.

Las obras que se reúen en este bloque permiten establecer conexiones entre paisajistas americanos y europeos como Sonntag, Rigalt, Martí i Alsina, Galofre, Hugh B. Jones y Gómez Gil. La espiritualidad del paisaje da paso a la experimentación de sus impresiones, que desde la pintura se resuelven mediante el análisis de la percepción lumínica. Toma protagonismo la luminosidad y se mezcla con una organización compositiva y formal que denota la influencia de la pintura francesa. Forma parte destacada de este apartado de la exposición la obra Cabaña en Trouville, marea baja (1881), de Monet, pintada desde la costa normanda. Una pieza que marca claramente la eclosión del lenguaje impresionista en la interpretación del paisaje

Un huerto bajo la iglesia de Bihorel, por Paul Gauguin.
Un jardín en el mundo

Tomando como referente el paisaje natural vivido e interpretado como un inmenso jardín, los planteamientos estéticos del impresionismo conviven con el protagonismo de la relación que los personajes establecen con el paisaje que habitan. A diferencia de las obras con las que se ha elaborado el discurso de El alma del paisaje, en este bloque la presencia humana cobra protagonismo frente al paisaje, el cual pasa a ser un espacio para el despliegue del goce y la comunión del ser humano con la naturaleza, como dejan entrever las pinturas de Miralles, Bruguera, Pinós o Regoyos. Las obras seleccionadas incorporan el lenguaje de la luz impresionista e incluso todos los sentimientos del romanticismo. Las figuras protagonistas de estas obras transmiten al espectador la sensación de ser plenamente conscientes de estar gozando de la belleza y la plenitud que les proporciona el entorno. Con su apariencia enfatizan aún más esta voluntad de perpetuar el instante, como puede interpretarse en las obras de Pissarro, El huerto en Éragny (1896) y Le Champs de choux, Pontoise (1873).

Paraísos encontrados

En este tercer apartado, las escenas cotidianas se transforman en bucólicas y la mirada del espectador se torna empática con las figuras que aparecen en la obra, deseando compartir ese espacio paradisíaco y sagrado. Forma parte de este bloque la pieza Un huerto bajo la iglesia de Bihorel (1884), de Gauguin. Resulta casi imposible pensar en la obra de este artista sin que aparezca la palabra paraíso. Muy probablemente fue su amistad con Pissarro lo que influyó en su decisión de dedicarse a la pintura y trasladarse a vivir a Rouen para estar cerca del maestro. Durante su época próspera en París, el pintor adquirió obras de Manet, Degas, Monet, Sisley, Renoir, Cézanne, Guillaumin y Pissarro. Tras una vista a la isla de La Martinica en 1887 empezará a alejarse del impresionismo, interesándose cada vez más por el uso de la línea y los colores planos.

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