Los rostros sin boca a los que Roberto Diago da voz

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El artista cubano expone su obra en la Galería Artizar (Tenerife). Tras décadas tratando muy de cerca el devenir de la diáspora africana, la negritud, el colonialismo y los vestigios de la esclavitud en el Caribe, sus rostros africanos son ya obras icónicas, con ojos que todo lo ven, pero sin boca, pues nunca han tenido voz. Hasta el 4 de junio

Cuando se habla de la obra de Diago (Juan Roberto Diago Durruthy, La Habana, 1971) siempre me gusta recordar -posiblemente por vicio de historiadora y no a modo de anécdota, sino como un dato importante que afirma la genealogía intelectual que le precede- que es nieto de una de las figuras más importante de la vanguardia cubana del siglo XX.

El legado de su abuelo, Juan Roberto Diago Querol (La Habana, 1920 – Madrid, 1955), junto a la firma primada de Wifredo Lam, constituye una de las notas más significativas del modernismo pictórico insular; el propio, no el importado desde Europa y donde África aparecía apenas como síntesis en una expresión formalista. De ahí que no resulte extraña la temprana consciencia afrodescendiente que ha animado los imaginarios de Diago para devenir en una agencia política y etno-racial que le ha llevado en un viaje trasatlántico de vuelta donde insistentemente explora las huellas de la diáspora africana, revelando una voluntad de resistencia panafricanista que atraviesa el laberinto del tiempo histórico y la violencia de un silencio impuesto por el sistema mundo moderno/colonial sobre los cuerpos y las subjetividades de las personas esclavizadas y racializadas. 

Sin título, JUAN ROBERTO DIAGO, 2000, Técnica mixta sobre papel, 50 x 58cm.

Una de las maneras de urdir esas conexiones con sus ancestros y el pasado la encuentra Diago en el uso de los materiales, habitualmente lienzos crudos, maderas y metales reciclados, fragmentos de soportes que fusiona a través de ensamblajes y collages donde el rastro de la unión no se intenta disimular en busca de una perfección residual, sino que se deja a la vista para metaforizar la cicatriz, los queloides (el signo que representa el terror del látigo del mayoral sobre las espaldas de los negros castigados en el sistema esclavista de plantaciones). Reside en esa marca el símbolo de la violencia del extractivismo colonial sobre todo un continente, de la ruptura infligida en el seno de comunidades, familias y modos de vida y de conocimiento que forzosamente tuvieron que reconstruirse a partir de las memorias rotas para reconfigurar un saber otro, sincrético e híbrido desde la alteridad de las voces subalternas frente al sujeto masculino blanco occidental, burgués, heteropatriarcal y cristiano

El artista zurce sus telas y a través de ese gesto parece querer recomponer esas memorias dispersas, es el mismo procedimiento con el que trabaja sobre la superficie de metal a través de la soldadura que se traduce nuevamente en cicatriz. Mediante esas metodologías de ensamblaje las composiciones de sus cuadros quedan segmentadas en niveles y áreas geométricas que inevitablemente penetran en la propia historia del arte moderno y de la abstracción para tensionar los diferentes ejes discursivos que se superponen en sus obras a modo de palimpsesto. Resulta imposible cuando estamos ante las obras de Diago no pensar en las operaciones de blanqueamiento que los modernismos europeos ejercieron sobre culturas materiales y objetos cuya función antropológica quedó desplazada por el ejercicio de síntesis estética de los ismos europeos que se sucedieron en la primera mitad del siglo XX.

La investigación estética de Diago bascula permanentemente entre esos falsos binomios que trató de instituir el episteme moderno entre “alta-baja” culturas, “abstracción-figuración”, “tradición-modernidad”. Para este artista, la construcción de la imagen se convierte en una herramienta que interpela cualquier tipo de canon que trate de imponerse sobre el libre albedrío de su exploración en los imaginarios plurales que le nutren. Así, la hechura misma de sus soportes en lienzo, juega con la apariencia ilusoria del fragmento a partir de pequeños cuadraditos de tela que se van uniendo en planos de color para configurar la imagen. La unidad mínima de la imagen digital que articula el píxel es trocada aquí en retazo o parche, recordando esas colchas y mantas creadas por las manos de las abuelas en las noches, cuando los hogares estaban en calma tras la vorágine doméstica del día. Así, alta y baja tecnologías se transforman en un juego de simulacros en la obra de Roberto Diago, como cuando construye sus cajas de luz fotográficas a partir de maderas viejas recicladas de pallets.

Sin título, JUAN ROBERTO DIAGO, 2008, Metal, 100cm × 100cm.

Una efigie simbólica encarna ese testigo del tiempo en la obra de Diago, ese personaje que incluso podría asumirse a veces como una suerte de auto-representación del artista y con el que él mismo ha declarado identificarse en diferentes entrevistas. Es esa silueta negra esquemática, donde los ojos en forma de almendra como cauri o caracol se emparentan con Eleguá (el Orisha que abre los caminos en la Regla de Osha-Ifá). Esta figura nos observa desde la profundidad de esas cavidades horadadas en el rostro como ojos; pero no habla, se le ha privado históricamente de una voz que fue secuestrada junto con la riqueza de sus culturas originarias. Voces negras que fueron marginalizadas, excluidas, silenciadas y expulsadas del orden del discurso.

Por primera vez en esta exposición Diago lleva ese signo reconocible de sus lienzos a un concepto escultórico tridimensional y se atreve también a incursionar en un material como el bronce. Otras vez el uso de la materia artística nos impele a pensar en otro secuestro, el de los Bronces de Benín que permanecen expuestos en los museos occidentales como testimonio de la usurpación colonialista.

Sin título, JUAN ROBERTO DIAGO, 2022, Bronce, 40cm × 46cm × 17cm.

Sin embargo, es tal vez esa voz latente, que permanece indómita en la memoria de la diáspora africana la que se replica en cada una de las piezas y fragmentos de madera que conforman esa gran escultura-lengua que semeja una esterilla como la que se suele encontrar en las habitaciones sagradas donde los sacerdotes de Ifá o Babalawos llevan a cabo el proceso adivinatorio de Ifá. En ese lugar y sobre un manto de fibra se interpretan los mensajes de Orula, Orisha del conocimiento. Allí se invocan los antepasados y los muertos y la lengua Yoruba vuelve a resonar con toda su potencia decolonial. Es en la práctica cotidiana y actualizada de las tradiciones de ascendencia africana donde el cuerpo negro deja de ser un testigo mudo del genocidio colonial, entonces su voz emerge como un grito que atraviesa el sordo laberinto del tiempo histórico para declarar la pujanza de las agencias políticas afrodescendientes que ni la esclavitud ni el racismo han podido doblegar.

Suset SÁNCHEZ SÁNCHEZ

Sobre el artista

Roberto Diago es uno de los más reconocidos artistas contemporáneos en Cuba. Nacido en 1971, se formó en la
Academia de San Alejandro en 1990 y se desempeña como Profesor Consultante del Instituto Superior de Arte, La
Habana. Lo cotidiano es la materia de su obra, hace uso de los materiales que el día a día le ofrece y les confiere una carga simbólica en un acto de resistencia cultural. Su obra refleja su interés por el legado de la cultura africana traída por los esclavos a Cuba, y cómo ésta se presenta en la sociedad cubana de hoy.

Recientemente ha realizado importantes exposiciones como su individual en el Museo Lowe de Miami. Figura habitual de las mejores ferias de arte de Estados Unidos y América Latina, también ha mostrado sus trabajos en ferias como ARCO Madrid o FIAC París, así como en las bienales de Venecia, La Habana o Dakar. Tiene obra en el Museo Nacional de La Habana, Deste Fundation de Atenas, Fundación Brownstone de París, CIFO Collection de Florida, Boston Fine Arts Museum o Jorge M. Pérez Museum de Miami, entre muchas otras colecciones de renombre internacional.

Montaje de Testigo del tiempo en Galería Artizar, abril de 2022.

En su incipiente carrera ya lo contemplan exposiciones institucionales en el Museo Cabrera Pinto de Tenerife, Espacio Arte Contemporáneo de La Habana o individuales como la realizada la Galería Stunt (2013) y las realizadas en la Galería Artizar en 2016 y 2019, además de Ferias de arte Contemporáneo como Estampa o Hybrid. Actualmente trabaja en su proyecto más ambicioso, para la SAC (Sala de Arte Contemporáneo) del Gobierno de Canarias, que tendrá lugar en septiembre de 2022.

Sobre la Galería

La Galería Artizar nace en 1989 en la ciudad de La Laguna (Tenerife) con la vocación de convertirse en un punto de encuentro para el arte y una plataforma para que los creadores insulares puedan mostrar sus trabajos y proyectarlos al exterior. Desde sus comienzos la galería ha crecido con sus artistas, a los que se han ido incorporando un nutrido grupo de artistas nacionales e internacionales de reconocido prestigio, produciendo sinergias e intercambios absolutamente necesarios con los creadores insulares.

Desde hace más de un lustro el arte cubano ha cobrado una especial importancia en la galería, posicionándola como puente entre la isla caribeña y Europa con ambiciosos proyectos institucionales y galerísticos, y representando algunos de los más importantes creadores cubanos de las últimas décadas. En los últimos años la Galería Artizar se ha convertido en una de las más importantes referencias del arte canario del S. XX y XXI, posicionando este en ferias y galerías nacionales e internacionales, y dándole la visibilidad que merece en el ámbito nacional.

Datos útiles

Roberto Diago. Testigo del tiempo

Galería Artizar

C./ San Agustín 63, La Laguna (Tenerife)

Hasta el 4 de junio

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