«La silla», germen del mundo de Ramón Gaya

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El primer cuadro que pintó este artista cumple 100 años. Es además el primero que dona a la ciudad de Murcia y, por tanto, el que abre la colección de su Museo homónimo en la ciudad. Con motivo de este centenario se celebran varias actividades 

En el verano de 2022, durante mi segunda visita al Museo Ramón Gaya de Murcia, una pieza pequeñita fue una de las pinturas que captó más poderosamente mi atención, La silla (1922), quizá el primer óleo del artista, con unos 12 años. Y el primero que dona a la ciudad de Murcia y con el que se abre el Museo que lleva su nombre. Ahí se encuentra ya en germen el mundo que desplegará a lo largo de casi un siglo de vida consagrada al trabajo y a la creación.

La silla (1922), óleo-cartón, 27 x 23, Ramón Gaya, Museo Ramón Gaya, Murcia.

Recordemos su precoz vocación: con apenas 10 años abandona la escuela con la voluntad de dedicarse en cuerpo y alma a la pintura y a la escritura. Si bien el título resalta la importancia de uno de los elementos que aparece, la silla, la composición abarca una vista parcial y fragmentada de una habitación, con dos pinturas sobre una pared y lo que parece un lienzo vacío debajo. Al lado, un ventanal con una de sus hojas abiertas. No es sólo la luz que necesita el pintor que se sienta en la silla de enea a trabajar: es la luz sobrevenida de la creación, es decir, aquello que desconocíamos y no esperábamos, y sobreviene de súbito durante el proceso de creación. Algunos lo han llamado inspiración, según Baudelaire, “un subterfugio de zánganos; en el fondo sólo hay trabajo, trabajo y trabajo”.

Por tanto, se trata de un interior. Aunque pintó paisajes, Gaya es sin duda más un pintor de interiores que de exteriores, de recogimiento que de sensaciones. Y otra de sus reconocidas huellas serán los homenajes o ecos, esos humildes altarcitos, el diálogo inter-figurativo con otros artistas admirados, desde Velázquez a Tiziano, desde Vermeer a Van Gogh, desde Rembrandt a Picasso. Sin ir más lejos, de hecho, esta silla me recuerda a las sillas que Van Gogh pintó en 1888, una más luminosa y cálida y otra, la de Gauguin, más apagada y triste, como si subrayara mediante el color la ausencia.

De los muchos y buenos poemas que le han dedicado a Ramón Gaya tantos poetas (Jorge Guillén, Luis Cernuda, Juan Gil-Albert, Tomás Segovia, Francisco Brines, Andrés Trapiello…), quiero concluir esta nota con “La espera” (Homenaje a Ramón Gaya), de Eloy Sánchez Rosillo, además de uno de los principales organizadores de la exposición con la que se comenzó a recuperar su legado artístico, uno de los más singulares poetas vivos de nuestra lengua:

LA ESPERA

(Homenaje a Ramón Gaya)

Ésta es mi soledad, verme rodeado de luz.

Nietzsche

Se acerca a la ventana, y a través del cristal sus ojos siguen

el curso de esas nubes tan blancas que van cruzando lentamente

el cielo azul de la mañana. Y luego observa

cómo se duerme el sol sobre la paz de los tejados,

mientras todo está bien y el tiempo apenas pasa.

Hay mucha luz en el estudio, y se diría que las cosas

que ha ido el amor reuniendo en esta habitación

están aquí en su sitio, como acompañando

gustosamente con su silencio inanimado al hombre

que ahora abandona la ventana y se acerca despacio

a ese lienzo  aún vacío, a los pinceles

que aguardan el instante de dejarse llevar con mansedumbre

por una mano limpia y conocida.

Se ve sobre una mesa una copa con agua,

y en ella unos jazmines.

Él los mira y querría

Entender el secreto de estas pequeñas flores, el misterio

de su leve perfume, de su blancura delicada,

para poder más tarde dejar temblando sobre el lienzo

la cerrada belleza que lo conmueve y permanece

ajena a su emoción, a su deseo,

inconquistada y sola, desvalida.

Pero siente que el momento de hacer suya esta hermosura,

de confundirse con su ser, aún no ha llegado,

y se retira con humildad, se aparta

de ese lugar radiante.

                                   Y vaga por el cuarto,

decidido a esperar a que madure el tiempo

en que la viva realidad que ansía,

dulcemente, sin lucha, se le entregue.

Se sienta en una silla. Abre un libro. Regresa

A los versos sabidos de algún poeta amado.

Después, durante un rato, lo acompaña la música,

y perdido en la mágica intimidad de una sonata

piensa quizás, involuntariamente,

en ciertas cosas de su vida, en las cosas que el tiempo

le dio y le fue quitando: la ciudad delicada

y polvorienta, dormida bajo el sol,

en la que vio la luz; los no olvidados huertos

de su niñez; aquellos quietos días

en que todo era ingenuo y permanente

y estaba anclado en un rincón del paraíso.

Mas se acabó el encanto. El tiempo se echó a andar y de pronto las cosas

descubrieron la muerte.

                                     Y aquel adolescente

se sintió herido, vio que en su pecho había

una extraña inquietud, un anhelo muy vivo

de fijar de algún modo –en un papel, acaso sobre un lienzo–

los efímeros dones del mundo.

                                                Y desde entonces

se entregó con pasión a su quimera, quiso arder para siempre

en la llama intensísima de ese amor exclusivo.

La soledad le ha dado compañía, y lo ha ayudado

a defender su soledad, a no dejar jamás que se apagara

la sagrada ilusión. Ella lo ha conducido

 –fiel a sí mismo siempre, intacto y puro–,

a través de la vida y de los años, hasta esa silla en la que hoy

recuerda o tal vez sueña mientras suena la música.

Todo se acalla al cabo. Y el profundo silencio

vuelve en sí al soñador.

                                     Contempla de nuevo los jazmines.

La transparencia de la copa y los alegres juegos de la luz

en el cristal que brilla.

Y, de repente, oye

como un rumor de misteriosas, y se siente invadido

por la presencia súbita de un poder que lo impulsa

a coger el pincel y aproximarse al lienzo.

Y casi sin esfuerzo, casi a pesar de él mismo,

su mano va sacando lentamente de la oquedad del cuadro

la verdad trascendida del cristal y las flores,

que aquí, sobre la tela,

salvados ya del tiempo y del olvido,

ofrecen su inocencia temblorosa y son al fin

imagen viva del amor, cifra del universo.     

Actos de homenaje «La silla» de Gaya

“La silla” cumple 100 años. Se trata del primer cuadro que pinta Ramón Gaya, el primero que dona a la ciudad de Murcia y, por tanto, el que abre la colección de su Museo homónimo, que celebra a la vez su XXXIII Aniversario . 

Será el día 10 de octubre con los siguientes actos:

– Exposición colectiva 

Centenario “La silla”  

Francisco de Goya, Ramón Gaya, Sofía Morales, Ricardo Escavy, Miguel Fructuoso, Antonio Montalvo, Ángel Haro, Pedro Serna, Rubén Zambudio, Juan Bonafé, Vicente Viudes, Ramón Pontones  | Sala Velázquez

– Exposición ‘Otras sillas de Ramón Gaya’ | Recorrido expositivo por el Museo donde nos detendremos en otras sillas del pintor murciano. 

-Concierto / Estreno absoluto de la obra musical ‘La silla’. 

Trío de cuerdas de los alumnos de la Cátedra de Composición del Conservatorio Superior de Música de Murcia Manuel Massotti Littel.

Título: Suite para trio de cuerda «La Silla»

Compositores y danzas:

1- Obertura (León Pedro Durán Viso)

2- Courante (Pablo González Garries)

3- Zarabanda (Andrés Fernández Abellán)

4- Minuetto y Giga (Esteban Ivars)

Intépretes:

Violín: Agustín Martínez García

Viola: Alejandro Olmos de Pascual

Violonchelo: Ànnia Armengol Tomàs

Sebastián Gámez Millán

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