El Belvedere: un museo que honra el pasado, reflexiona sobre el presente y mira al futuro

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Compuesto por dos palacios de inspiración italiana unidos por un enorme jardín francés, el recinto del Belvedere culminó su construcción en 1723. En aquella fecha, hace trescientos años, terminaron los trabajos en el edificio situado en su zona más alta, conocido hoy como Belvedere Superior, completando la obra realizada durante la década anterior en la parte más baja de aquella parcela de terreno, el Belvedere Inferior, que se localizaba en un paraje de la capital del Sacro Imperio Romano Germánico que, aunque hoy se ubica en el epicentro de Viena, hasta ese momento se encontraba poco urbanizado.

Su gran impulsor fue el príncipe Eugenio de Saboya (1663-1736). Nacido en París y educado en la corte de Luis XIV, la negativa del Rey Sol para que sirviera en el ejército de su país llevó al joven a trasladarse a Austria, donde acabó convirtiéndose en uno de los comandantes militares más exitosos de los Habsburgo, sirviendo a tres de sus emperadores y logrando frenar la expansión otomana. En la capital imperial se granjeó una gran popularidad como constructor, coleccionista de arte y mecenas.

Sin embargo, esta joya del Barroco no fue concebida originalmente por el príncipe para albergar un museo. Eugenio de Saboya encargó al arquitecto Johann Lukas von Hildebrandt que le diseñara un palacio que reflejara su prestigio como príncipe, para su disfrute personal, para sus estancias veraniegas y para acoger celebraciones de la realeza y la nobleza austriaca. Así, mientras el edificio superior fue destinado a las representaciones, el inferior cumplía esa función de residencia.

Sus aposentos, de hecho, también serían empleados más de un siglo después por el heredero al trono austrohúngaro, Francisco Fernando de Austria. Ya en fechas más próximas a la nuestra, el palacio sirvió de sede para acontecimientos tan relevantes como la firma del Tratado de Estado de Austria (1955), que restableció al país como estado soberano. En cualquier caso, su magnífico diseño interior facilitó que pudiera llegar a emplearse como un auténtico templo del arte, como finalmente sucedió.

En 1777, cuatro décadas después de la muerte del príncipe Eugenio, el Palacio Belvedere se convirtió en uno de los primeros museos accesibles para el público en Europa. En no pocas ocasiones, la Revolución francesa aparece señalada como eje principal para el impulso de los museos públicos. La apertura del Louvre en 1793 animó a utilizar muchos castillos y palacios como espacios de exhibición artística en el Viejo Continente. Sin embargo, ya había precedentes al respecto. Antes incluso que el Belvedere, la Galería de los Uffizi, en Florencia, ya se había adelantado a todos en este aspecto en 1769.

El recinto palaciego del Belvedere en 1731 en un grabado de Salomon Kleiner. © Biblioteca del Belvedere.

Al abrir las puertas de la Pinacoteca Imperial en el Belvedere Superior aquel año, la soberana María Teresa I de Austria tomó una decisión innovadora que anticipaba una nueva era de absolutismo ilustrado: las colecciones ya no se limitarían a la representación cortesana sino que también servirían para educar al público en general. Pensemos que esto no era precisamente lo habitual en aquella época. La sociedad aristocrática de la Edad Moderna no realizaba distinción entre la esfera pública y la privada como lo hacemos en la actualidad. Además, el público de entonces era muy distinto al actual, estaba muy limitado. Los visitantes podían acceder solo tres veces por semana para ver las obras de arte. El concepto de educación comenzó a acompañar poco a poco a la colección, haciendo prosperar al Belvedere durante los siglos siguientes como lugar para las artes y la cultura.

Tras décadas albergando algunas de las colecciones del príncipe Eugenio y convertirse después en el hogar natural de gran parte de la compilación artística imperial, la inauguración en 1903 de la Galería Moderna en el Belvedere Inferior allanó el camino para la colección que conocemos hoy. Aunque se concibió con una función provisional, el impulso de los artistas de la Secesión, como Gustav Klimt, Egon Schiele u Oskar Kokoschka, entre otros, y el apoyo del emperador Francisco José I hizo que su uso, con una meta vinculada al arte, acabara siendo permanente.

La Galería Moderna fue inaugurada en 1903 en el edificio del Belvedere Inferior. © Palacio Belvedere.

Todo ello ha ocasionado que, entre las casi 20.000 obras desde la Edad Media hasta la Edad Contemporánea que ostenta el conjunto palaciego, el Belvedere exhiba obras de artistas austriacos e internacionales de todos los tiempos: iconos del modernismo vienés, muestras del neoclasicismo y del romanticismo y piezas de maestros universales como Claude Monet, Vincent van Gogh o Auguste Rodin; sin olvidar, evidentemente, la colección más extensa que existe en el mundo de uno de los máximos símbolos de Austria: Gustav Klimt. Algunos de sus cuadros más célebres, como El beso o Judith, se pueden contemplar en el Belvedere Superior.

Un edificio que, con motivo del tricentenario de la institución, además de celebrar algunas muestras temporales durante 2023, ha rediseñado su exposición permanente de forma íntegra con la idea de presentar al visitante las obras más destacadas junto con nuevas adquisiciones y otras del depósito.

No obstante, la sede habitual del recinto palaciego para las exposiciones temporales, el Belvedere Inferior, ha sido el escenario elegido para acoger el macroproyecto El Belvedere. Casa del arte durante 300 años. En su elegante Orangerie, el antiguo invernadero, se ha efectuado una importante labor de investigación, recopilación y musealización para ofrecer al visitante una panorámica de la agitada historia del centro y sus colecciones artísticas. La exposición repasa su trayectoria desde la conclusión del edificio superior en 1723 hasta la actualidad e ilustra el rol desempeñado por el Belvedere como museo que honra el pasado, reflexiona sobre el presente y mira sin ambages hacia el futuro.

Narrar los 300 años del Belvedere en un espacio de algo más de 300 m2, como es la Orangerie, era un reto mayúsculo para sus responsables que, sin embargo, ha superado todas las expectativas. «La idea o el concepto de la muestra era hablar de la larga historia de la institución y también de sus obras de arte. Hay piezas de contextos muy diferentes, ocho comisarios trabajando juntos, de distintas épocas, porque aquí hay 900 años de historia en las obras», explica la educadora artística Carola Fuchs, quien añade: «Con ello la meta era establecer un diálogo entre las distintas obras. En esta muestra se aprecia un diálogo entre la representación típica del barroco del XVIII con otras épocas y también una pregunta: ¿podemos mostrar esas obras sin hablar de quiénes son esas personas?».

Esta experta nos muestra qué narrativas ocultas se pueden encontrar en la historia del Belvedere, en su colección y cómo la vemos hoy, ya que, como es lógico, el mundo ha cambiado mucho desde entonces, las obras hablan de colonialismo, imperialismo… temas que hoy analizamos con otra visión. «La selección de obras aquí expuestas buscaba acercarse con una mirada más crítica y mostrar el contexto general de lo que era una colección antes y lo qué significa una colección hoy en día, ese recorrido, evolución y cambios que ha sufrido la misma en estos 300 años. Se ha buscado mostrar también dos realidades opuestas. Hoy los discursos son más importantes, el público es un elemento integral, se busca que piense y reflexione sobre las exposiciones, es algo que antes no se hacía», plantea Fuchs.

Y es que los discursos museísticos de cada época y las percepciones de cada contexto han influido claramente en las actividades desarrolladas en el palacio. Todos los cambios producidos han sido paulatinos, casi nunca revolucionarios o radicales. Un extremo que se comprueba al visualizar las obras elegidas para esta muestra, en la que se combinan piezas del Barroco o pinturas del modernismo vienés con proyectos de arte contemporáneo. Porque este museo nunca ha sido ni aspira a convertirse en una instantánea estática.

Continuamente está tratando de renovarse, desarrollando nuevas ideas y conceptos, innovando nuevos formatos de exposición, contando la historia de la colección, incluso aquellas etapas más oscuras, como los años de colaboracionismo con el III Reich, el cual sigue siendo explorado. «También tenemos obras de artistas nacionalsocialistas. Pero ¿cómo hablar de estas obras? ¿Cómo podemos tratar ahora esos objetos? ¿Hay que mostrarlos o no? Es una pregunta abierta para el público. Hay propaganda, realismo social, también hay artistas que tienen que exiliarse», reflexiona la educadora artística.

No pasemos por alto que tras la II Guerra Mundial, durante muchos años hubo una «cultura del silencio» en ese sentido. La circulación y transferencia de objetos (enajenaciones y añadido de obras de la colección debido a reformas del museo y transacciones de trueque) proporcionan algunas pistas, especialmente durante el período 1938-1945, cuando el museo fue agente y beneficiario de la política de saqueo y explotación cultural de los nazis. Desde la promulgación de la Ley de Restitución de Arte de Austria en 1998, multitud de obras adquiridas después de 1933 han sido devueltas a los herederos legítimos de los antiguos propietarios, como por ejemplo La dama de oro de Klimt en 2006.

Pero como apunta Carola Fuchs, todavía queda un largo camino para resolver esta cuestión: «No conocemos cómo se rescataron algunos cuadros confiscados por los nazis y no sabemos a quiénes pertenecen; tenemos obras de colecciones que no sabemos quién era su propietario. ¿Qué hacemos con ellos? ¿Los vendemos y donamos el dinero a asociaciones de víctimas del Holocausto? Son preguntas que lanzamos también al público en esta exposición».

Esta honesta vocación pedagógica con espíritu crítico que los responsables de este espacio artístico han plasmado con tanta determinación en El Belvedere. Casa del arte durante 300 años encaja a la perfección con la identidad y los objetivos del museo, dirigidos siempre a la preservación y exhibición de su colección, así como la investigación y divulgación de sus obras de arte. “Arte, investigación y educación” es un lema que conecta con su proceso de desarrollo interno.

Como se viene explicando, la exposición ha buscado desde el primer momento homenajear la historia de un lugar cuyo desarrollo se ha extendido de forma esplendorosa durante siglos, pero siempre buscando hacer pensar al visitante, planteándole una mirada crítica. A lo largo del año, lo ha hecho acompañada a por una serie de eventos y actividades organizados en los dos edificios que configuran el palacio, es decir, los museos del Belvedere Superior y el Belvedere Inferior, así como el centro de arte contemporáneo Belvedere 21, un moderno escenario adaptado en 2011 sobre el edificio erigido por el arquitecto Karl Schwanzer en 1958.

Vista interior del Belvedere 21. © WienTourismus/Julius Hirtzberger.

Distintas obras y objetos demuestran en todas sus salas cómo cambiaban las prioridades de las personas según la época. Porque la idea era y sigue siendo ahondar en los detalles de los distintos eventos históricos y cambios producidos en las instituciones, abordando también los motivos por los que algunas obras han entrado y salido de su colección.

Pero también sus jardines -diseñados por Dominique Girard, pupilo de Le Nôtre– han sido protagonistas de la efeméride celebrada gracias a un innovador proyecto escultórico. Durante 2023, se han colocado por primera vez en los exteriores del palacio distintas esculturas e instalaciones contemporáneas. Desde el patio principal del Belvedere Inferior y su jardín privado hasta los grandes jardines barrocos del Belvedere Superior y el de esculturas modernistas del Belvedere 21, Public Matters. Arte contemporáneo en el jardín del Belvedere ha teñido todo este espacio de una treintena de obras de creadores locales e internacionales. Una forma de conectar todos los jardines del museo a lo largo de un mismo sendero que complementa el programa artístico del recinto, evidenciando cómo éstos crecieron poco a poco hasta formar un conjunto. También ha sido una manera de abordar la representación del poder en el pasado y el presente, así como su transformación a lo largo del tiempo.

Spider, por Louise Bourgeois, 1996. © The Easton Foundation/Bildrecht, Austria y VAGA en ARS, NY. Foto: Víctor Úcar.

Por supuesto, publicaciones, seminarios, eventos festivos y proyectos digitales han ido completando el programa conmemorativo del Belvedere. Un aniversario que ha permitido también a los responsables del palacio organizar acciones e iniciativas poco habituales, más originales que de costumbre y, sobre todo, capaces de motivar al visitante a la reflexión. Actividades que todavía van a tener recorrido durante los meses de enero y febrero de 2024.

Y es que el Belvedere en su conjunto se ha convertido en un faro artístico dentro de Europa occidental, un ente capaz de proyectar su riqueza artística e innovadora a todo el mundo. Y por eso el museo nunca ha sido ni quiere terminar transformándose en una mera foto fija. «El museo no es una catedral, es un lugar para educarse y tener un discurso, hacerse preguntas, cuestionarse las cosas… es algo activo, no pasivo, en constante movimiento, en continua transformación», concluye Carola Fuchs.

El Belvedere. Casa del arte durante 300 años

Belvedere Inferior, Orangerie

Rennweg 6 (1030 Viena, Austria)

Hasta el 25 de febrero de 2024

* Más información sobre el Palacio Belvedere y la conmemoración de sus 300 años de historia en el siguiente enlace de la página web de la Oficina de Turismo de Viena.

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