Tiempos convulsos: el neoimpresionismo, el simbolismo y los nabis

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Bajo el título de París, Fin de siècle: Signac, Redon, Toulouse-Lautrec y sus contemporáneos, el Museo Guggenheim Bilbao muestra una serie de obras de la vanguardia francesa de finales del XIX. La exposición se centra en las innovaciones radicales de estos tres movimientos artísticos y el auge de la estampa en la década de 1890 y en cómo la situación política y social de esos momentos influyó en las obras de estos creadores. Hasta el 17 de septiembre

El fin de siglo en Francia fue un periodo marcado por las turbulencias políticas y las transformaciones culturales propiciadas por la prolongada crisis económica y los problemas sociales, lo que trajo consigo el nacimiento y florecimiento de grupos de izquierda a la vez que surgió una ola reaccionaria a lo largo de la década de 1890. Una crisis económica que tuvo su epicentro con el hundimiento del banco católico Union Générale y la posterior quiebra del mercado de valores en 1882. En cuanto a las tensiones políticas, hay que recordar el escándalo del Canal de Panamá, que puso al descubierto la corrupción política; el asesinato del presidente Sadi Carnot a manos de un anarquista, o el caso Dreyfus, que dividió radicalmente a la opinión pública francesa.

Sobre estas líneas, Abril (Las anémonas), por Maurice Denis, 1891 óleo sobre lienzo, 65 x 78 cm, colección particular © Maurice Denis, VEGAP, Bilbao, 2017. Arriba, Saint-Tropez, Fontaine des Lices, por Paul Signac, 1895, oleo sobre lienzo, 65 x 81 cm, colección particular.

Todo esto dio lugar a una polarización en la sociedad gala entre burguesía y bohemia, conservadores y radicales, católicos y anticlericales, antirrepublicanos y anarquistas. En el mundo artístico fueron también momentos donde se gestaron nuevas teorías del arte. Hay que recordar que los impresionistas, “aquellos artistas radicales que habían conmocionado al público y a la crítica en las décadas anteriores, ya estaban plenamente establecidos. En ese contexto surge una nueva generación de creadores de la que forman parte los neoimpresionistas, los nabis y los simbolistas”, explica Vivien Greene, comisaria de la exposición.

Esta nueva generación de artistas trataba temas similares a sus antecesores los impresionistas, que todavía permanecían activos, paisajes, actividades de ocio o visiones de las ciudades modernas, pero lo hacían desde otros puntos de vista, en otro estilo y en un tono diferente. Añadieron visiones introspectivas y fantásticas en sus cuadros y abordaron también temas sociales al retratar escenas descarnadas de la vida cotidiana o de fábricas o campesinos.

El molino de Kalf en Knokke o Molino en Flandes, por Théo van Rysselberghe, 1894. óleo sobre lienzo, 80 x 70 cm, colección particular.

Y precisamente la exposición del Museo Guggenheim Bilbao ahonda en todas estas vanguardias a través de unas 125 obras, entre óleos, pastel, acuarelas, dibujos, grabados y estampas, y se centra especialmente en algunas de las figuras más destacadas de esa época: Pierre Bonard, Maurice Denis, Maximilien Luce, Odilon Redon, Paul Signac, Henri de Toulouse-Lautrec y Félix Valloton. Un recorrido que va desde la ambición de capturar de manera espontánea un momento fugaz de la vida contemporánea a trabajos cuidadosamente realizados, antinaturalistas en sus formas y ejecución, que buscaban provocar emociones, sensaciones en el espectador.

En la exposición también se podrá comprobar cómo en estos grupos, e independientemente de sus ocasionales puntos de vista contradictorios o características técnicas y teorías filosóficas divergentes, se propició el diálogo entre todos ellos en la búsqueda de una meta común: crear un arte con resonancia universal. Las formas de expresión abarcaban desde técnicas fiundamentadas en la ciencia y contenido relacionado con la conciencia social hasta imágenes llenas de sugerencias e impregnadas de misticismos.

Portera, por Georges Seurat, 1884, lápiz conté sobre papel, 32,3 x 24,5 cm, colección particular.

La muestra, dividida en tres apartados, arranca con el neoimpresionismo, que hizo su debut en 1886 en una de las salas de la octava y última Exposición Impresionista en París, “donde destacaba como pieza central la extraordinaria pintura de Georges Seurat Tarde de domingo en la isla de la Grande Jatte, escena protagonizada por un conjunto de ciudadanos parisinos que disfrutaban de su tiempo de ocio en la ribera del Sena”, escribe Vivien Greene en el catálogo de la exposición. Por cierto, el término de neoimpresionismo lo acuñó por primera vez el crítico de arte Félix Féneon en un artículo de su revista L’Art moderne.

Al fallecer prematuramente Seurat, un joven Paul Signac tomó el papel de líder y teórico de este movimiento. En este apartado, además de las obras de los principales neoimpresionistas, como Henri-Edmond Cross, Maximiliem Luce, Seurat y Signac, está presente Camille Pisarro (que había sido previamente impresionista), que se sumó durante algunos años al neoimpresionismo, o creadores con parecidos intereses de países cercanos, como el belga Théo van Rysselberghe.

La fábrica de ladrillos Delafolie, en Éragny, por Camille Pisarro, 1886–88, óleo sobre lienzo, 58 x 72 cm, colección particular.

Este grupo vanguardista usó teorías científicas sobre el color y la percepción para crear efectos ópticos en obras puntillistas, inspirados por los nuevos métodos ópticos y cromáticos desarrollados por los científicos, como la teoría del químico francés Michel-Eugène Chevreuil, De la los du contraste simultáneamente des coleurs et de l’assortiment des objeto colores (1839) o la del físico norteamericano Ogden Rood, Modern Chromatics (1879).

Lo que se tradujo en una pintura que yuxtaponía pinceladas individuales de pigmentos para crear el efecto visual de un color intenso y único. Con su manera de disponer los colores complementarios y el uso de formas difusas, los neoimpresionistas llevaban a cabo composiciones unificadas. Les preocupaba la representación del impacto de la luz sobre el color al ser refractada por el agua o filtrada a través de las condiciones atmosféricas.

La mayor parte de este grupo compartía opiniones políticas de izquierda como se hace patente en obras que representan a la clase obrera de Pisarro o de Luce, o la idealización del anarquismo a través de escenas utópicas que frecuentemente plasmaban en sus cuadros.

Pegaso, por Odilon Redon, h. 1895–1900, pastel sobre papel, 67,4 x 48,7 cm, colección particular.

El siguiente apartado está dedicado al simbolismo, un movimiento que nació en la literatura en la década de 1880 y cuyo ideario resumió el poeta Jean Moréas en el Manifiesto Simbolista en el periódico Le Figaro. Estas filosofías idealistas se filtraron enseguida en el campo de las artes visuales y que se puede resumir en que aglutinó a un grupo de artistas que compartían las mismas metas antinaturalistas.

Una de las figuras más relevantes de este movimiento fue Odilon Redon, en cuyas escalofriantes representaciones encontramos cabezas flotantes e incorpóreas, insidiosas arañas, escenas desancladas de la realidad con significados enigmáticos.

Vista de Londres, por Maximiliem Luce, 1893, óleo sobre lienzo, 65 x 81 cm, colección particular ©Maximilien Luce, VEGAP, Bilbao, 2017.

A diferencia de los neoimpresionistas, los simbolistas eran contrarios al materialismo y habían perdido la fe en las ciencias porque habían fracasado en su intento de remediar los males de la sociedad moderna, es decir en conseguir un mundo mejor, Y de ahí su confianza en el espiritualismo y los estados mentales alteraros, lo que se tradujo en unas imágenes en las que se enfatizaba lo evocativo y lo onírico.

El arte simbolista abrazó las narrativas legendarias y épicas, la temática religiosa y el mundo de las pesadillas, y cambió lo factual por lo fantástico, el mundo exterior por los paisajes psicológicos, lo material por lo espiritual y lo concreto por lo etéreo, en definitiva, la búsqueda de lo trascendental.

Árbol en flor, por Achille Laugé, 1893, óleo sobre lienzo, 59,4 x 49,2 cm, colección particular © Achille Laugé, VEGAP, Bilbao, 2017.

Y, por último, el tercer apartado se centra en los Nabis (palabra que viene del término hebreo “profeta”) y en la cultura del grabado en la década de 1890, una  técnica que tuvo un renacimiento en Francia a raíz de la exposición de estampas japonesas en la Escuela de Bellas Artes en 1890; los responsables de este auge, los Nabis y el artista Henri de Toulouse-Lautrec.

Este grupo formaba una fraternidad que compartía rasgos comunes y su arte estaba influenciado por los planos de colores uniformes y la disposición de trazos del sincretismo clave de Paul Gaugin, al igual que por las bruscas delineaciones y composiciones bidimensionales de los grabados japoneses. Renunciaron a la pintura de caballete y se dedicaron sobre todo a los grabados, carteles e ilustraciones para periódicos y revistas como La Revue Blanche, que pertenecía a Thadée Natanson.

Jane Avril, por Henri de Toulouse-Lautrec, 1899, litografía en color, 55,5 x 37,9 cm, colección particular.

Se sentían atraídos por la libertad que la técnica del grabado ofrecía al ser considerado un arte “popular” y, por tanto, exento de las reglas académicas que gobernaban la pintura. Durante esta década este grupo de artistas experimentó con las posibilidades que ofrecía el duro contraste de los grabados sobre la madera, como el espedtacular uso del blanco y negro por parte de Félix Valloton en sus comentarios mordaces sobre la sociedad parisina. En cambio, a otros nabis, como Pierre Bonnard o Édouard Vuillard, les fascinaba la litografía en color y buscaron los límites de esta técnica de innumerables maneras, incluso introduciendo manipulaciones durante el proceso, para lo que contaron con la ayuda del maestro grabador Auguste Clot.

El extranjero, por Félix Valloton, 1894, xilografía sobre papel, 22,4 x 17,9 cm, colección particular

Estos artistas produjeron numerosos carteles por encargo de marchantes, entre los que destaca el galerista Ambroise Vollard, Toulouse-Lautrec se centró en el arte del cartel buscando la representación incisiva, tal vez reduccionista, de la realidad urbana. Estas creaciones de gran tamaño, atractivas y brillantes, eran anuncios efímeros que se exponían por las calles de París. Los transeúntes, potenciales consumidores, no podían evitar ser seducidos por los retratos caricaturescos de la vida bohemia que en ellos se anunciaban: los cafés-conciertos de Montmartre o los famosos actores, incluyendo La Goulue (la glotona) y Jane Avril. Esta vida animada, a menudo poco convencional, que celebran sus estampas y carteles, acabó por definir el París de fin de siglo.

La muy ilustre compañía del Chat Noir, por Théophile-Alexandre Steinlen, 1896, litografía, 62 x 39,5 cm, colección particular.

Además, el proyecto Didaktika del museo ofrece a los visitantes espacios educativos y actividades, como proyecciones de cine clásico y música en directo (27 de mayo y 3 de junio). CONSULTAR PROGRAMA COMPLETO

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