Homenaje a Bartolomé Esteban Murillo

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El Museo del Prado se suma a las celebraciones del IV Centenario del nacimiento del maestro con un concierto de música instrumental en el que los solistas de la Orquesta Barroca de Sevilla interpretarán piezas de músicos coetáneos del pintor (6 de octubre). Y dos días antes, el musicólogo Pepe Rey impartirá una conferencia sobre el paisaje sonoro de la Sevilla del siglo XVII

Patrocinada por la Fundación Amigos del Prado, Pepe Rey impartirá el miércoles 4 de octubre una conferencia bajo el título A propósito de Murillo: música y pintura en la Sevilla barroca, en la que el musicólogo analizará las razones por las que la riqueza musical de la ciudad de Sevilla en el siglo XVII tuvo escaso reflejo en las composiciones pictóricas y explicará cómo en el siglo barroco, la música deja de ser la imagen humanista ideal de la armonía universal para convertirse en pasajero halago de los sentidos capaz de remover las pasiones del alma.

Fecha: 4 de octubre, 18.30 horas. Lugar: Auditorio del Museo del Prado. Entradas: entrada libre, es necesario recoger una entrada gratuita en las taquillas 1 y 2, desde 30 minutos antes del comienzo de la conferencia.

Sobre estas líneas, San Juan Bautista niño, h. 1670, óleo sobre lienzo. 121 x 99 cm. Arriba, Los niños de la concha, h. 1670, óleo sobre lienzo, 104 x 124 cm. Ambas obras de Bartolomé Esteban Murillo, Museo Nacional del Prado.

Por otra parte, el día 6 de octubre se celebrará en el Auditorio de la pinacoteca nacional el concierto Entre lo divino y lo humano. Homenaje a Murillo, en el que los solistas de la Orquesta Barroca de Sevilla, que se sitúa en el primer nivel de las agrupaciones españolas que se dedican a la interpretación de la música antigua con criterios historicistas, interpretará composiciones de autores europeos y españoles coetáneos a Murillo como Darío Castello, Johann Heinrich Schmeizer o Francisco Correa de Arauxo, entre otros, bajo la dirección de Hiro Kurosaki, uno de los artistas más demandados en el área de la interpretación historicista.

Dirección: Hiro Kurosaki. Violines: Hiro Kurosaki, Alexis Aguado. Viola: Kepa Artetxe. Violonchelo: Mercedes Ruiz. Contrabajo y viola de gamba: Ventura Rico. Clave y órgano: Alejandro Casal. Cuerda pulsada: Juan Carlos de Múlder.

Fecha: 6 de octubre, 19.00 horas. Lugar: Auditorio del Museo del Prado. Precio: 10 euros. Entradas: Entradas online a la venta hasta el 2 de octubre. Y en las taquillas 1 y 2 del Museo del 3 al 6 de octubre.

Notas al programa por Pepe Rey

La Sevilla que vio nacer a Bartolomé Esteban Murillo en los días finales de 1617 quizá no fuera ya la ciudad floreciente del siglo anterior, pero seguía siendo puerto de comunicación con las Américas y conservaba el carácter de urbe bulliciosa. En aquellas fechas se encontraba agitada y convulsa por los tumultos a cuenta de la controversia inmaculadista. Aparentemente solo se trataba de un asunto teológico, o sea, teórico, pero, sin embargo, despertaba pasiones encendidas y movía a las masas como no habría podido hacerlo ni siquiera la amenaza de un ejército enemigo. La música jugó en aquellas multitudinarias manifestaciones populares un papel fundamental con las coplas Todo el mundo en general, escritas por Miguel Cid y puestas en música por Bernardo del Toro. La hoja impresa que vehiculó su difusión pedía que “se enseñe en las escuelas a los niños, para que lo canten en sus casas y por las calles a todos tiempos, de día y de noche”, y los cronistas dan testimonio de que así se hizo. Juan de Roelas y Francisco Pacheco pintaron sendos cuadros a este propósito, aparte de las innumerables Inmaculadas que produjeron los pintores sevillanos durante todo el siglo. Ni que decir tiene que las de Murillo son, sin duda, las más famosas.

La Inmaculada Concepción de los Venerables, por Bartolomé Esteban Murillo, h. 1678, óleo sobre lienzo, 274 x 190 cm, Madrid, Museo Nacional del Prado.

Francisco Correa de Arauxo, a la sazón organista de la colegiata sevillana de El Salvador, elaboró sobre aquella sencilla melodía tres glosas, impresas en 1626 en su magna recopilación titulada Facultad orgánica. La música nos sitúa así en el meollo del ambiente que rodeó al pintor durante toda su vida.

La devoción inmaculadista era propagada por los franciscanos frente a los dominicos, que se oponían al posible dogma, y ese fue el origen de la intensa polémica. Por su parte, los dominicos promovían tradicionalmente la práctica del santo rosario, devoción mariana ya secular, que se vio favorecida por la Contrarreforma. En Sevilla existían varias cofradías y hermandades del Santo Rosario, a una de las cuales perteneció el propio Murillo. Precisamente entre sus primeras obras, de cuando todavía no era más que un aventajado aprendiz en el taller de Juan del Castillo, se cuentan dos versiones de La Virgen entregando el rosario a santo Domingo, en cuya composición el pintor incluyó varios ángeles músicos –laúd, violín y órgano–, siguiendo una tradición que venía de antiguo, aunque el pintor en este caso se inspirase en modelos angélicos plasmados en grabados flamencos. En etapas posteriores volvería a pintar a la Virgen del rosario, pero ya sin ángeles músicos, que con el tiempo y las modas se habían convertido en un asunto arcaico.

Virgen entregando el rosario a Santo Domingo, por Bartolomé Esteban Murillo, 1838-40, óleo sobre lienzo, 207 x 162 cm, Sevilla, Palacio Arzobispal.

El bello manuscrito que contiene las 15 Sonatas del rosario, de Heinrich Ignaz Franz Biber (1644-1704), está fechado en 1678 y dedicado al arzobispo de Salzburgo Maximilian Gandolph von Künburg, en cuyo servicio trabajaba como violinista el compositor. Cada sonata está encabezada por un pequeño dibujo circular con el motivo del misterio correspondiente. Se trata de una de las colecciones violinísticas más originales y más exigentes del siglo XVII. Aunque escasean los datos biográficos de Biber, se supone que fue discípulo de Johann Heinrich Schmelzer (h. 1623-80), violinista que trabajó durante medio siglo en la corte austríaca, alcanzando finalmente el puesto de Kapellmeister en 1679.

Completa el grupo de violinistas centroeuropeos Johann Rosenmüller (1619-1684), nacido y muerto en Wolfenbüttel, aunque trabajó en Venecia durante varias décadas de su vida. El brillo de estos violinistas germánicos no debe hacernos olvidar que, como en tantos otros asuntos musicales, Italia fue el terreno en el que se impulsó el desarrollo de la música instrumental y, en concreto, el incipiente arte violinístico. El presente programa nos remite por varios caminos a Venecia, otra ciudad portuaria y cosmopolita como Sevilla. Allí trabajó intensamente Darío Castello como Capo di Compagnia de strumenti en la basílica de San Marcos, durante los mismos años en que Claudio Monteverdi era el maestro de capilla. Castello no era violinista, sino quizá tañedor de corneta o bajón, instrumentos para los que también se exigía un alto grado de virtuosismo. También excelente instrumentista de fagotto fue el –probable– madrileño Bartolomé de Selma y Salaverde, perteneciente a una familia de constructores y tañedores de instrumentos de viento, que trabajó en varias cortes centroeuropeas y publicó en Venecia su única colección de composiciones.

Susana y los viejos, de Artemisia Gentilieschi, h.1610, óleo sobre tabla, 170 x 119 cm, Schloss Weißenstein.

La Susana passeggiata, de Selma, nos devuelve al mundo pictórico. El asunto bíblico que da origen a esta música no es otro que la conocida historia de Susana y los dos viejos, narrada en el Libro de Daniel y plasmada en el lienzo por tantísimos pintores. Pocos casos hay tan claros que ejemplifiquen el ideal horaciano de la reunión de pictura, poesis y música. En 1548 el compositor Didier Lupi publicó la canción Susanne un jour d’amour solicitée, tomando como texto un poema de Guillaume Gueroult. La canción se hizo famosísima y muchos compositores se animaron a reelaborarla a su gusto, entre ellos Orlando di Lasso, que consiguió aumentar mucho más su popularidad. La obra de Selma testimonia que un siglo más tarde todavía resonaban los ecos de aquella canción.

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