La Nápoles de Totó

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El actor, poeta y dramaturgo nacía en uno de los barrios más pobres de esta ciudad, la Sanità. Rodó 97 películas y puso el broche de oro a su carrera cinematográfica con Pajarracos y pajaritos, dirigida por Pasolini, con la que obtuvo la Palma de Oro al mejor actor en el Festival de Cannes en 1966. Tras su muerte el 17 de abril de 1967, fue enterrado tres veces, la primera en Roma, la segunda, organizado por Nino Taranto, en la napolitana Basílica del Carmine Maggiore. Y un mes después y con el ataúd vacío, en Santa Maria della Pietá porque así lo quiso Luigi Campoluongo, il guappo, el capo mafioso de su barrio natal

Antes de la unificación de Italia (1861), Nápoles estuvo ocupada por griegos, romanos, normandos, dinastía sveva, aragoneses, austriacos, borbones y franceses. Fue Garibaldi quien lideró la idea de unión, desarbolando las cadenas que sujetaban una tierra; situada estratégicamente en medio del Mediterráneo (concretamente entre los mares Tirreno y Jonio); que era de nadie y de todos a la vez. Una parte, el Reino de las dos Sicilias, pasó de manos españolas a italianas, y la bota comenzó a formarse. Hoy el napolitano es espontáneo y poeta. Porta una sonrisa melancólica y una magia forjada en las adversidades, en infancias difíciles sin referentes claros. Hay algo de todo eso en Antonio Focas Flavio Angelo Ducas Conmeno di Bisanzio de Curtis Gagliardi, más conocido en el cine y en la vida como Totó.

Sobre estas líneas, vistas del Rione Sanitá (Nápoles). Arriba, Totó en un fotograma de la película Pajarracos y pajaritos de Pasolini.

El cantautor napolitano Pino Daniele, fallecido el 4 de enero de 2015, definía siempre la ciudad como el sur del mundo, un lugar mágico e incomparable, imposible de repetir, cuya autenticidad y personalidad se han labrado, quizás, en esa continua ocupación extranjera –primero– y explotación norteña –después– de una tierra maravillosa, que no salió especialmente beneficiada tras la unión del país. Y es que allí, en el sur del mundo, afloraron –en medio del abandono generalizado por parte de los poderosos– mafiosos y artistas a partes iguales. No hay nada más poético en Italia que cantar en napolitano (Domenico Modugno, nacido en Bari, es un ejemplo). Porque la ciudad partenopea tiene mil caras: es Pulchinela, es Eduardo de Filippo, Curzio Malaparte, Massimo Troisi, Sofía Loren, Bud Spencer y el príncipe de la sonrisa: Antonio de Curtis, Totó (Nápoles, 15 de febrero de 1898-Roma, 15 de abril de 1967).

Catacumbas de San Gennaro.

Actor y poeta, Totó llevó hasta los veinte años el apellido de su madre (Anna Clemente), ya que no había sido reconocido entonces como hijo natural del marqués De Curtis. Un hijo, oficialmente, de nadie. Obsesionado, una vez identificado, con resaltar su linaje y abolengo, la nobleza… Quizás para tapar un vacío enorme; probablemente para señalar a los suyos que redimirse, en la pobreza, es posible. Una gesta en una ciudad –a pocos kilómetros de Pompeya, Herculano y la costa Amalfitana– cuyo mar apenas la salpica.

Balcón en el barrio de la Sanitá (Nápoles).

Una atmósfera detenida en el tiempo custodiada por el Vesubio, la Piazza del Plebiscito, el Golfo, el Castel Nuovo y el Castel dell’Ovo, y con uno de los museos arqueológicos más importantes del mundo. Una urbe donde brilla con luz propia el Rione Sanitá, su casa, un barrio extra moenia (fuera de las murallas grecorromanas) que protege una ciudad subterránea dedicada a las sepulturas –antes paganas, después cristianas–, epicentro de ceremonias dedicadas a los difuntos que encierran elementos de fe y magia.

Bassi napolitani

Sanitá es un crisol de contrastes revestidos de embrujo, caos, bullicio e histrionismo. Un sinfín de recovecos con calles estrechas y tortuosas (Vergini, Capodimonte, Materdei, San Severo…) fecundas en pequeñas viviendas de planta bajas con las puertas abiertas y la ropa tendida en la calle. Una simbiosis de degradación y apología a la cotidianidad. En ellas emergen algunas de las iglesias más importantes de la zona, como Santa Maria de la Sanitá y San Agostino degli Scalzi. La primera se levantó en el siglo XVII sobre las catacumbas de San Gaudioso.

Una calle del barrio natal de Totó.

Acoge, además, la estatua de Vicente Ferrer (‘O Munacone), un monje español que rivaliza, junto a san Gennaro (sus catacumbas, situadas debajo de la Basílica della Madre del Buon Consiglio, contienen frescos que llegan hasta el siglo X), por ocupar un lugar importante en el corazón de los napolitanos. La segunda, sin embargo, destaca por la riqueza de sus estucos de finales del XVII. Lugares, además de la salita Cinesi y la Piazza della Sanitá, que han quedado, la mayor parte, inmortalizados en el cine gracias a películas como L’oro di Napoli (dirigida por Vittorio de Sica), donde Totó representa a don Saverio, il pazzariello, un artista pintoresco de la calle, propio del folclore napolitano. Siempre irónico, soñador, tierno, astuto, bondadoso, vivo e inteligente.

Busto de Totó.

Tierra –de fuego– triste, pero esperanzada. Falsa y aparente. Mísera y sensible. Aprensiva, pecadora (su economía sumergida supone el 20 por ciento del PIB), sensible, religiosa (culto a la madonna y a Maradona), teatral, exagerada, litúrgica, atormentada, tradicional, contradictoria y huérfana, como muchos de los napolitanos de color que aún caminan por sus calles, fruto de relaciones esporádicas entre mujeres italianas y norteamericanos durante la ocupación Aliada en la Segunda Guerra Mundial. Nápoles, como Totó (su madre quiso que fuera sacerdote), es la risa y el llanto en un mismo momento. La vida en todas sus categorías y extravagancias.

Il Guappo: entrevista con su bisnieto

En vida, Totó dejó algunos de sus mejores versos inmortalados en ‘A Livella, donde hablaba en dialecto napolitano de la casta, de San Gennaro, de la nobleza, del amor (c’ammore te po’ ffa’ muri senza dulore) y de la muerte, que iguala a cualquier individuo. En el cine, eternas son Miseria y Nobleza o Pajaritos y pajarracos, dirigida por Pasolini. Trabajó para Monicelli y Steno (era el Totó más surrealista), con Mattoli o Corbucci (Totó amo de la farsa)… Fue estudiado por Ennio Flaiano o por Cesare Zavattini, quien le veía como una marioneta humana, con un punto teatral.

Basílica de Santa Maria de la Sanitá.

En muerte, Totò fue enterrado tres veces. La primera vez en Roma, donde murió. La segunda, organizado por Nino Taranto, en la Basílica del Carmine Maggiore (Nápoles) el 17 de abril de 1967. Y la última, un mes después y con el ataúd vacío, en Santa Maria della Pietá. Así lo quiso Luigi Campoluongo, il guappo, el capo mafioso del barrio Sanitá, un lugar difícil para vivir. Totó se nace. “Totó, ya instalado en la capital, volvía a menudo a casa con su taxista para dejar dinero debajo de las puertas de los pobres que estaban allí. Era muy generoso”, confiesa a Descubrir el Arte Simone Buffardi de Curtis, bisnieto del genio.

Una placa recuerda la casa donde nació el actor.

“Totó pasó hambre, su madre era pobre por lo que la familia, noble, de su padre natural no le permitía casarse con ella. Ha vivido la tragedia, la miseria, la sensación de ser hijo de nadie hasta bien entrado los veinte. Él ejemplificaba la redención. Luchó mucho, en este sentido también la ciudad, para obtener una identidad. Él salvó a Nápoles, salvó al pueblo, defendió sus raíces humildes, pero al mismo tiempo era un príncipe. Y sentía la necesidad de serlo porque suponía la salvación a la miseria. Mi bisabuelo era una persona inteligente, educada, culta, un señor, elegante… Respetaba a Pasolini, que no era poco en aquel período”, concluye no sin antes confirmar lo de su último entierro. “La mafia nace tras la Unificación. El reino de las Dos Sicilias era mucho más avanzado, desarrollado –a nivel civil, administrativo e industrial– que el resto de Italia, del Imperio austrohúngaro, del papado. Los Saboya querían explotar el Sur, donde desapareció el Estado. Así, en este contexto, nace la Camorra, como un símbolo de referencia inicial del pueblo. Puntos de referencia que intentaban resolver los problemas. Pero Totó no tenía nada que ver con ellos; quizás el guappo, en términos de humanidad y no de criminalidad, quería que una figura como mi bisabuelo fuera reconocida eternamente. Que debería ser apreciado por todos, porque era un baluarte divino. Amado por buenos y malos”. Palabra del nieto de Liliana de Curtis, hija de Totó, de quien se dijo, además, que era masón.

Julio OCAMPO

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