Rafael, dios mortal de la pintura

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Pintor, arquitecto, conservador del patrimonio de la Antigüedad y poeta, tras formarse en Urbino y en Perugia con el Perugino, Rafael Sanzio se trasladó a Florencia, donde elaboró una de sus más logradas tipologías: las Madonne. Posteriormente se mudó a Roma, ciudad en la que alcanzaría el más alto grado de refinamiento y de gloria

Rafael nació en Urbino el 6 de abril de 1483, según el testimonio que aparece en el epitafio de su tumba, obra del poeta Bembo, que señala que murió el mismo día de su nacimiento, el 6 de abril de 1520. Adquirió los primeros conocimientos técnicos de su padre, el pintor Giovanni Santi, cuyo patronímico el artista latinizaría como “Santius” y “Sanzio”. Muy pronto recibió la protección de Giovanna Feltria della Rovere, madre del joven Francesco Maria, el heredero del nuevo duque Guidubaldo da Montefeltro, lo que le permitió tener contacto con una de las cortes más refinadas y cultas de la época.

 Autorretrato de Rafael, Galería de los Uffizi, Florencia.

Si bien es verdad que en Roma alcanzaría el más alto grado de refinamiento y de gloria, sería en su ciudad natal donde aprendería los fundamentos de su visión poética y la gravedad de su inspiración. En 1497 se traslada, con toda probabilidad, a Perugia para estudiar con Pietro Vanucci, llamado el Perugino, quedando cautivado por la dulzura y la elegancia de sus imágenes.

De su primera etapa cabría mencionar algunas tablas para retablos, como la Coronación de la Virgen (1502-1503), la Crucifixión Gavari (1503) y Los desposorios de la Virgen (1504), que destacan por la soltura y viveza de sus figuras, la riqueza y contraste del color, los pequeños fondos paisajísticos y la precisión en la utilización de la perspectiva.

Los desposorios de la Virgen, 1504, temple y óleo sobre tabla, 175 x 120 cm, Milán, Pinacoteca de Brera.

En la última de ellas, sigue el esquema introducido por el Perugino en su obra homónima y en La entrega de las llaves a san Pedro (Capilla Sixtina), donde había dispuesto un gran templete de planta centralizada como final de una amplia plaza, en sintonía con las ideas arquitectónicas de Donato Bramante. La firma (Raphael Urbinas) colocada en el frontispicio del templete, evidencia el orgullo y la satisfacción personal del artista, que celebra el momento auroral de su nuevo estilo.

La entrega de las llaves a san Pedro, por Perugino, h. 1482, fresco, 335 x 550 cm, Capilla Sixtina (Vaticano).

Por mediación de Giovanna Feltria della Rovere es recomendado al gonfaloniero de la República de Florencia, Piero Soderini, con una carta que lo califica de “discreto e gentile giovane”. La estancia florentina la compaginará con visitas a Urbino y Perugia. Florencia a la sazón era un foco de ebullición artística, sobre todo por la abierta confrontación entre Leonardo y Miguel Ángel.

Experimentará el influjo de Da Vinci en una serie de retratos de medio cuerpo (Joven con manzana, 1505-1506; Dama con unicornio, 1505-1506; Maddalena Doni y Agnolo Doni, 1506; La mujer encinta, 1505), organizados a partir de la misma estructura piramidal, pero sin el sfumato y el aire de misterio propios del artista florentino. Entre 1504 y 1505 realiza El sueño del caballero (o El sueño de Escipión) que, junto a Las Gracias, forma un díptico (exhortatio ad iuvenem) que representa el ideal humanístico de las tres vidas: la contemplativa, la activa y la voluptuosa.

Las Madonne

Sin embargo, el periodo florentino se caracterizará por la elaboración de una de sus más logradas tipologías: las Madonne. Unas obras en las que se adelanta a los ideales que marcará el Concilio de Trento (1545-63).

La visión religiosa y artística de la Virgen está en sintonía con el espíritu contrarreformista, en la que María aparece representada no solo como ancilla divinitatis, sino también como regina coelorum, es decir, como madre amantísima cargada de humanidad y como reina del cielo: Virgen del Granduca (1504-1505), Virgen del prado (1505-1506), Virgen del jilguero (h. 1506), La bella jardinera (1507), Gran Madonna de Cowper (1511).

Virgen de la silla (Virgen con el Niño y san Juanito), 1513-14, óleo sobre tabla, 71 x 72 cm, Florencia, Palacio Pitti.

Fiebre constructiva en Roma

La etapa florentina se cerrará con obras que acusan ya el impacto de Roma y el ambiente de la urbe, que por entonces está experimentando uno de sus periodos de mayor agitación constructiva, en particular con las empresas del papa Julio II y su arquitecto Bramante, empeñados en la reconstrucción de la nueva basílica de San Pedro y la reestructuración de los Palacios Apostólicos y los Jardines del Vaticano.

En 1507, el papa Julio II decidió ocupar unas nuevas dependencias, situadas en el piso superior de los llamados Apartamentos Borgia, y para su decoración convocó a artistas de gran relevancia, como el Perugino, Bramantino y el Sodoma. No obstante, de forma imprevista, y tal vez por consejo de Bramante, Rafael fue llamado a Roma, adonde se incorporó de inmediato, pues el 5 de septiembre de 1508 ya se encontraba en la Ciudad Eterna.

La primera dependencia que decoró fue la biblioteca privada del pontífice, denominada por Vasari la Estancia de la Signatura, debido a que había alojado los tribunales pontificios de la Signatura Iustitiae y la Signatura Gratiae. El Sodoma ya había decorado previamente la bóveda, pero Rafael la rehízo en su totalidad, respetando en cualquier caso la estructura organizativa.

Escuela de Atenas, 1509-1510, muro este, Museos Vaticanos.

Los frescos mayores son La disputa del Sacramento (1509) y La Escuela de Atenas (1509-10). Hacia el norte está El Parnaso (1510), con Apolo, las Musas y los poetas antiguos y modernos, y hacia el sur, Las virtudes cardinales (Justicia, Prudencia, Fortaleza y Templanza), y a ambos lados del ventanal, Triboniano entregando las Pandectas a Justiniano (Institución de Derecho canónico) y Gregorio IX recibiendo las Decretales de manos de san Raimundo de Peñafort (Institución del Derecho eclesiástico) (1511).

La siguiente estancia que decoró fue la llamada de Heliodoro, con los frescos La expulsión de Heliodoro del templo, La misa en Bolsena, La liberación de san Pedro y El encuentro del papa León Magno con Atila, realizados entre 1511 y 1514. Para entonces, Rafael estaba interesado en los efectos dramáticos, como consecuencia, probablemente, de la lectura de la Poética de Aristóteles, cuya editio princeps apareció en Venecia en 1508.

La misa en Bolsena, 1512, pintura al fresco, Museos Vaticanos.

La decoración de las diferentes estancias pontificias consolidó fuera del Vaticano el prestigio y la fama de Rafael, que se vio solicitado por una amplia clientela, constituida principalmente por dignatarios de la curia o personalidades vinculadas a la corte papal, como Segismundo Conti, el cardenal Bibbiena, Johannes Goritz de Luxemburgo, Tomasso Inhirami, Elena Duglioli dall’Olio y Agostino Chigi, el prestigioso banquero de los papas Julio II y León X, entre otros.

Diálogo con el espectador

Los retratos del periodo romano se caracterizan por su tremenda exactitud y su profunda captación psicológica, reflejada en la gran intensidad de la mirada, como en El cardenal (1510), Retrato de Tomasso Inghirami (1511), Retrato de Julio II (1512), Dama velada o La velada (1515-16), Retrato doble de Andrea Navagero y Agostino Beazzano (1516), El papa León X y dos cardenales (1518) y La Fornarina (1518-19), en los que resulta palpable además el sofisticado ambiente que rodeaba a la corte papal.

A propósito del retrato del papa León X, Vasari, a pesar de sus reservas respecto a la obra de Rafael, realiza, sin embargo, un ponderado elogio de la destreza que demuestra en la representación de los más mínimos detalles: “(…) parece tocarse el pelo del velludo que cubre las espaldas del papa; el damasco que lo viste parece que cruje y brilla; las pieles del forro son vivas y mórbidas, y los oros y las sedas están de tal modo imitados, que no parecen colores sino seda y oro. Sobre una mesa hay un libro de pergamino miniado, más real que la realidad misma. (…) Y entre otras cosas hay una bola en el respaldo de la silla, de oro bruñido, en la cual, a guisa de espejo –tanta es su claridad–, se reflejan las luces de la ventana, la espalda del papa y el entorno de la sala”.

La luz de los atardeceres

Los últimos cinco años de la vida de Rafael figuran entre los más activos de su producción artística. El nuevo pontífice, León X, le colma de favores y le confiere importantes cargos, nombrándole en 1514 arquitecto de la fábrica de San Pedro como sucesor de Bramante y, en 1515, superintendente de los monumentos antiguos de Roma. El número y la magnitud de los trabajos que le son encomendados cambiarán de forma radical la orientación de su actividad creativa.

Entre las importantes obras que realiza durante la última etapa de su vida, cabría destacar los cartones para la Capilla Sixtina (1515-16), La caída en el camino del Calvario, conocida también como El Pasmo de Sicilia (1515-16), La visión de Ezequiel (1516-17), El incendio del Borgo (1517), el más importante fresco de la tercera estancia vaticana, y su última obra, la Transfiguración (1518-20), que refleja el especial interés que en sus últimos años mostró por la luz de los atardeceres, de un anaranjado cálido, tan peculiares de Roma, que manifiesta una última mirada melancólica a la Ciudad Eterna. La obra presidió sus funerales en el Panteón romano, el 6 de abril de 1520.

Extracto del artículo escrito por Antonio Manuel GONZÁLEZ RODRÍGUEZ en Descubrir el Arte nº 251.

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