Rafael Sanzio, una escuela imperecedera

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A pesar de ser coetáneo de dos de los genios del Renacimiento y del arte universal, Leonardo y Miguel Ángel, y de que con el tiempo su figura y creatividad quedara asociada y simplificada a la pintura de Madonnas, el legado de Rafael sigue siendo inmortal

Rafael Sanzio de Urbino fue ya en vida apodado “El Divino”, a pesar de su prematura muerte, un viernes santo, 6 de abril de 1520, justo cuando cumplía 37 años, exhausto de tanto hacer el amor con su amante, la Fornarina, según Vidas de artistas de Vasari.

En 2020 se cumplieron 500 años de la muerte de una de las indiscutibles cumbres del gran estilo clásico, y en Roma se celebró con una exposición, Rafael 1520-1483, en la que se reunieron más de 200 piezas entre tapices, pinturas y dibujos, de las que 120 llevaban su firma (también en ello fue un precursor: su taller, el más grande de la época, sirvió de modelo de otras ambiciosas empresas artísticas del siglo XVII, como las de Rubens o Bernini). Nunca en la historia se han podido admirar tantas obras de Rafael juntas.

Autorretrato con un amigo (también conocido como Doble retrato), obra de Rafael Sanzio. Posible autorretrato del autor (a la izquierda) que se conserva en el Museo del Louvre (París).

Dos factores han ensombrecido su imperecedero legado: ser coetáneo de dos de los genios del Renacimiento y del arte universal, Leonardo y Miguel Ángel; y, como señaló Gombrich, con el tiempo asociarse y simplificarse su creatividad a la pintura de Madonnas.

Su padre fue un humilde y culto pintor que debió enseñarle siendo un niño. A mediados de los noventa ingresó en el taller de Perugino. En torno a 1504 llega a Florencia, que asiste al duelo de Leonardo y Miguel Ángel con motivo de los encargos del Palazzo Vecchio (Batalla de Anghiari y Batalla de Cascina, respectivamente).

Virgen con Niño (Madona del gran duque), por Rafael, h. 1505, óleo sobre tabla, 84 x 55 cm, Florencia, Palacio Pitti.

Ambos serán decisivos para que Rafael llegue a ser el que es, encarnando el gran estilo clásico. De Leonardo aprendió las composiciones piramidales, sintetizar el pensamiento y la intención en gestos, dado que la “pintura es muda”, y el suave modelado de los rostros de las vírgenes. La influencia de Miguel Ángel es palpable en el Descendimiento o traslado de Cristo al sepulcro (1507), sobre todo en la consecución de efectos dramáticos y en los escorzos y torsiones de las figuras.

Descendimiento o traslado de Cristo al sepulcro, por Rafael, 1507, Galleria Borghese.

Poseía, al igual que Miguel Ángel, una concepción platónica del proceso de creación, o al menos esto se desprende de una carta al humanista Baltasar Castiglione, de quien nos dejó su mejor retrato: “(…) yo me sirvo de una cierta idea que me viene en la mente. Si ésta tiene consigo alguna excelencia de arte, yo no lo sé; bien que me esfuerzo por conseguirla”.

Sus retratos, que condensan una serena y equilibrada composición junto con una esclarecedora penetración psicológica, son de una modernidad que no cesa. No es fortuito que con obras maestras como Retrato de Julio II (1512) creara la tipología del retrato áulico papal, cuyo polen seminal se expande por Tiziano (Retrato de Paulo III), Velázquez (Retrato de Inocencio X)…   

      

Retrato de Julio II, h. 1512, por Rafael, Fráncfort, Städelsches Kunstinstitut und Städtische Galerie.

Ahora bien, si tuviera que elegir una sola de sus pinturas me inclinaría por La escuela de Atenas (1510-1511), obra maestra de la perspectiva y de los ideales artísticos, filosóficos y científicos del Renacimiento. Es una obra “clásica” en múltiples sentidos del término: por el motivo de la representación, el retorno de los valores grecolatinos, encarnados por los diferentes filósofos. Adviértase el contraste entre los ordenados y rígidos elementos arquitectónicos, con los que traza la perspectiva y el punto de fuga, y que son un homenaje a Bramante, Perugino y Piero de la Francesca, y la gracia de la vida de los movimientos.

Escuela de Atenas, por Rafael, 1509-1510, muro este, Museos Vaticanos.

En el centro de la escena, Platón, con los rasgos de Leonardo, sintetiza su pensamiento con un gesto, indicando el Mundo de las Ideas, mientras que Aristóteles señala la physis, la naturaleza. Aparecen Pitágoras, Sócrates, Diógenes, Heráclito con los rasgos de Miguel Ángel… incluso Rafael se autorretrata mirando hacia el espectador.

Condensa en valores como el diálogo, la sabiduría, la belleza y la humanidad, no sólo el programa del Renacimiento, sino el de una Ilustración imperecedera.     

Sebastián GÁMEZ MILLÁN

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