María Pilar Anarte, paisajes de una vida

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Formada en la Escuela de Artes Aplicadas de Sevilla, donde ya obtuvo varios premios y, posteriormente, en la Escuela Superior de Bellas Artes Santa Isabel de Hungría, en la misma ciudad andaluza, María Pilar Anarte ha realizado numerosas exposiciones de pintura individuales y colectivas y ha ilustrado libros de diversos géneros literarios: poesía, cuento, guías de viaje…

Entre los diferentes géneros pictóricos que ha cultivado María Pilar Anarte a lo largo de su vida destacan tres: los paisajes, los retratos y las naturalezas muertas, conocidos como bodegones. A continuación vamos a acompañar una selección de sus imágenes con algunas descripciones, observaciones y reflexiones acerca de las singulares características que adquiere su pintura en cada uno de estos géneros.

Paisajes de una vida

Hay una nota común en si no todos, la mayoría de los paisajes de María Pilar Anarte: se diría que la autora mantiene una relación sentimental con los espacios que representa. Por eso aparece Aracena, su tierra nativa, el Monte San Antón, lugar de recreo con su familia, distintos rincones de la provincia de Málaga… Y si acaso no mantenía una relación sentimental con estos lugares representados los establece durante el proceso de creación.

Monte San Antón.

Por ello he decidido titular estas imágenes y palabras así: “Paisajes de una vida”. Al menos desde el Romanticismo inglés el paisaje se concibe como una representación de nuestros estados de ánimo proyectados sobre un espacio geográfico. Posiblemente el ejemplo más paradigmático de la lírica hispánica sea la poesía de Antonio Machado:

La tarde está muriendo
como un hogar humilde que se apaga.

Allá, sobre los montes,
quedan algunas brasas.

Y ese árbol roto en el camino blanco
hace llorar de lástima.

¡Dos ramas en el tronco herido, y una
hoja marchita y negra en cada rama!

¿Lloras?… Entre los álamos de oro,
lejos, la sombra del amor te aguarda.

Pues bien, la fidelidad de María Pilar Anarte a la realidad es tal que es como si ella se dejara traspasar por la naturaleza mientras la pinta, como si se olvidara de sí a la vez que representa el paisaje, sin apenas proyectar sus estados de ánimo, guardando un difícil equilibrio entre el objeto y el sujeto, si es que cabe seguir hablando en estos términos epistemológicos. Además, no suelen aparecer figuras humanas ni animales: paisaje puro y desnudo. De esta manera permite que el espectador pueda imaginar o proyectar cualquier sentimiento sobre el paisaje.

Desfiladero de los Bellos.

En Desfiladero de los Bellos –adviértase que esa fidelidad a la realidad que indico se aprecia a su vez en los títulos de las obras, concisos– observamos un hermoso paisaje atravesado por dos diagonales que cruzan la composición, horizontalmente dividida en dos por el puente, la única construcción humana visible, y el punto de fuga entre el agua del río y la montaña del fondo, con tonos suaves que acentúan la distancia y que rememoran en mí las montañas de Cézanne.

A diferencia de otras piezas suyas, en las que alcanza una visión naturalista de mayor precisión técnica, aquí el trazo es más abierto y difuso, como se aprecia claramente en la vegetación representada, lo que le confiere para mi gusto mayor expresividad. También se aprecia esta técnica, más próxima al impresionismo, en Apañando las castañas, en la que vemos a siete personas enfrascadas en la tarea, recogiendo los frutos, rodeadas de árboles. Desde un punto de vista compositivo, se distingue el contraste entre la oscuridad de abajo –acaso el trabajo no siempre gustoso, pero sí al menos compartido–, y la claridad de arriba.  

Apañando las castañas.

Me parecen muy acertados los fragmentos en los que María Pilar Anarte, con la espátula, emula los tonos y texturas de la materia representada, sea la tierra, las piedras, la vegetación o lo que quiera que sea. Lo que pierde en la precisión del dibujo, aspecto para el que reúne indudables cualidades, lo obtiene en poder de expresión, algo que tal vez acaricie al espectador con mayor capacidad persuasiva.

Tanto desde la perspectiva del creador como del espectador, los paisajes son “ejercicios espirituales” o, si se prefiere evitar equívocos, artísticos o filosóficos. El filósofo Pierre Hadot denominó concretamente esta práctica “mirar a lo lejos”. Si bien no todos ni mucho menos de la misma forma, los paisajes nos invitan a mirar a lo lejos. ¿Con qué fin? Relativizar las pasiones que nos sacuden y zarandean, alejarnos de visiones egocéntricas, descubrir la perspectiva adecuada, comprender, dominarnos. Es algo que valoramos en Salto del cabrero, en Grazalema.

Salto del cabrero, en Grazalema.

Respecto a la perspectiva elegida por María Pilar Anarte en casi todos sus paisajes, coincide con la teoría de «la perspectiva y el refugio«, de Jay Appleton. Este geógrafo sostenía que a los seres humanos, independientemente de sus culturas, nos gusta situarnos en una perspectiva desde la que se puede analizar un paisaje, y al mismo tiempo disfrutar bajo una sensación de refugio. Ese “ver sin ser vistos” incrementa nuestro sentimiento de seguridad y poder.  

Por último, otro aspecto que apreciamos en los paisajes de María Pilar Anarte es el misterio. Según Denis Dutton, Catedrático de Filosofía del Arte en la Universidad de Canterbury, en Nueva Zelanda, “más que cualquier otro componente del paisaje, el misterio estimula la imaginación humana y, en consecuencia, adquiere una importancia vital para el paisaje como forma artística” (El instinto del arte. Belleza, placer y evolución humana), pues nos invita a imaginar lo que no se ve, a soñar con lo que podría ser.

En busca de una identidad personal

“Detente, instante, eres tan bello”, escribió Goethe. De una manera o de otra, el arte está vinculado con la intención de disecar el tiempo, congelar la historia. Uno puede detener la corriente de Heráclito, fijar el instante irrepetible, establecer mediante líneas y colores cómo queremos ser recordados, capturar la belleza que inexorablemente perderemos… Mas, en cualquier caso, el género del retrato y el autorretrato son géneros pictóricos que procuran ante todo descubrir y preservar una identidad personal.

Y esto es lo que percibimos en los retratos de María Pilar Anarte. En su Autorretrato vemos cómo fija su imagen antes de que se marche la juventud física, en una composición piramidal clásica, con un hermoso contraste entre los verdes del fondo y el vestido rojo, mostrando el anillo de casada, y con coloridas flores a ambos lados de la silla. La expresión de su rostro, mirándonos de frente, es muy equilibrada: ni sonríe ni está seria, pero hay satisfacción en su semblante. Así es como parece que quiere ser recordada.   

Autorretrato.

El hombre que le puso ese anillo a María Pilar Anarte en el dedo anular es José Olivero Palomeque, su compañero, su marido y el padre de sus cuatro hijos: Jesús, Maribel, Silvia y Rubén. Si el autorretrato de arriba está en el centro de la pared que hay frente al estudio de José, este retrato de José ocupa un lugar significativo en el estudio de al lado donde pinta María Pilar Anarte.

En este retrato aparece José a semejante edad que María Pilar en su autorretrato, con una visión del mar Mediterráneo de fondo. Lugar de meditación y soledad poblada, este espacio vital le ha inspirado numerosas páginas, incluso un libro en prosa poética, Sensaciones Mediterráneas. Los retratos no sólo reflejan la anatomía física, también la anatomía del alma, especialmente cuando la pintura alcanza penetración introspectiva. Aquí lo reconocemos en la expresión de los ojos y de la mirada, que resalta varias de las cualidades morales que sobresalen en José: la benevolencia, la honestidad, el compromiso.

José.

Espléndido retrato es asimismo Pepe el cuchara. Ahora la composición no está centrada, sino más bien ligeramente inclinada hacia la izquierda según miramos. Sentado sobre una silla de anea, contrasta la oscuridad del espacio de la derecha con la claridad del jersey blanco y, en especial, de la expresión de amor de la figura humana, concentrado en limpiar la cuchara de madera que sostiene entre sus manos. De una maravillosa virtud técnica y artística son algunos detalles del hombre, como las arrugas de su mano y de su frente, que sin embargo brilla serenamente. ¿Es acaso la luz del amor que brota de lo que se hace con amor?

Pepe el cuchara.

Por último, hemos elegido en esta sección un retrato de una persona joven de edad. Se encuentra en el centro de la composición de pie, frente al espectador, en medio de un camino -¿el camino de la vida que le queda por recorrer aún?-; rodeado de árboles y vegetación. La expresión de su mirada es ambigua: por un lado aparece la desafiante confianza de su juventud, pero a su vez deja traslucir algunas dudas: ¿quién puede escapar de las dudas? Somos animales llenos de dudas. Dudo, luego existo. De nuevo el virtuosismo técnico es innegable: basta con detener la mirada en los pantalones vaqueros rajados.

Retrato.

El silencio de los objetos

Extraño género el de las naturalezas muertas, que en España llamamos “bodegón”. Siendo un género pictórico menor, es quizá el más enigmático de todos, pues si los paisajes representan los espacios geográficos que nos rodean, los retratos, la identidad humana, ¿qué representan las naturalezas muertas? Permítanme arrojar varias hipótesis: escuchar el silencio de los objetos cotidianos e imaginar cómo será la vida cuando ya no estemos presentes (tengo para mí que el arte vincula la vida con la muerte y la muerte con la vida, vivificando momentos de la existencia en los que andamos dormidos, como si estuviéramos muertos).

Ensayo otra hipótesis: las naturalezas muertas representan el tiempo fosilizado en unos objetos sencillos que, al contemplarlos, te devuelven el tiempo vivido. No sé si por esa conexión entre la muerte y la vida, pero es un género muy español, cultivado por extraordinarios pintores como Juan Sánchez Cotán (1560-1627) y Francisco de Zurbarán (1598-1664). Con buen gusto, María Pilar Anarte admira por encima de ellos los bodegones de Luis Meléndez (1715-1780), a juicio de Félix de Azúa, “el más grande pintor español que dedicara su vida a las naturalezas muertas”.

Bodegón con manzanas.

De todas las naturalezas muertas de María Pilar Anarte la que más recuerda a las de Luis Meléndez es Bodegón con manzanas. Por la objetividad, por la sobriedad, por la humildad, por la difícil sencillez con la que representa las manzanas, las uvas, el vino, los cristales, la sartén… Con la diferencia de que estos objetos representados brillan acaso con mayor luz. Una vez más se contrapone la oscuridad del fondo con el fulgor de estos fenómenos aquí y ahora, en la eterna inmediatez del tiempo.

No sé si Tinajas en la bodega cabe considerarlo propiamente una naturaleza muerta. A través de la ventana, en el centro de la composición, punto de fuga que atrae la mirada de los espectadores, vemos unas casas blancas, presumiblemente de un pueblo andaluz. Y más allá los campos, las montañas y el cielo. Un detalle que capta la atención es el cristal de una hoja de ventana, que nos ofrece una perspectiva de otras casas que si no fuera por ello no podríamos ver. De nuevo hay un manifiesto contraste entre la oscuridad del interior donde reposan las tinajas y la claridad de fuera. Si una pintura es en cierto modo una ventana, en esta obra tenemos una ventana dentro de otra ventana, juego que reconocemos de otra forma en otras pinturas de María Pilar Anarte.

Tinajas en la bodega.

Tampoco es un bodegón exactamente Composición con naranjas, sino más bien una suerte de fusión entre el género de la naturaleza muerta y el paisaje. Delante observamos sobre un cristal naranjas, dos limones, un racimo de uvas y distintos útiles. Sobre ese cristal horizontal se apoya otro vertical que ocupa el centro de la composición, como si se tratara de una ventana que a la vez que fija el marco y los límites, conduce la mirada del espectador y acentúa el valor de esa parte representada: el agua de un lago, la vegetación, en suma, la naturaleza.

Composición con naranjas.

¿Qué tienen en común estos tres géneros pictóricos que hemos abordado, paisajes, retratos y bodegones, aparte de que su autora es María Pilar Anarte? Además de algunos rasgos estilísticos que con variaciones e inevitables diferencias se suceden a lo largo de su obra, me atrevería a indicar otra hipótesis: conectan la vida con la muerte y la muerte con la vida.

Hemos visto que la mayoría de los paisajes escogidos pertenecen a lugares donde han transcurrido o transcurren sus vivencias; que los retratos, salvo contadas excepciones, son de personas que forman parte de su vida; y que las naturalezas muertas son ya de por sí un género donde la vida y la muerte se entrecruzan. Eso sí, la perspectiva artística de la muerte es una fuente de vida.

Concluiré rememorando un bello poema que guarda estrecha relación con la perspectiva que se presiente en las pinturas de María Pilar Anarte. Es de un onubense universal, Juan Ramón Jiménez:

El viaje definitivo

Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros
cantando.
Y se quedará mi huerto con su verde árbol,
y con su pozo blanco.


Todas las tardes el cielo será azul y plácido,
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.

Se morirán aquellos que me amaron
y el pueblo se hará nuevo cada año;
y lejos del bullicio distinto, sordo, raro
del domingo cerrado,
del coche de las cinco, de las siestas del baño,
en el rincón secreto de mi huerto florido y encalado,
mi espíritu de hoy errará, nostáljico…

Y yo me iré, y seré otro, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido…
Y se quedarán los pájaros cantando.

Sebastián GÁMEZ MILLÁN

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