Max Beckmann: “Quiero mostrar lo que se esconde detrás de lo que llamamos realidad”

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Hasta el 27 de enero, el Museo Thyssen-Bornemisza (Madrid) presenta una exposición monográfica dedicada a este artista alemán que desarrolló una pintura personal e independiente, de signo realista pero llena de resonancias simbólicas. La muestra, comisariada por Tomás Llorens, viajará posteriormente a CaixaForum Barcelona (del 21 de febrero al 26 de mayo de 2019)

“Pinto retratos, naturalezas muertas, paisajes, visiones de ciudades que emergen del mar, mujeres hermosas y monstruos grotescos. Bañistas y desnudos femeninos. En definitiva, la vida. Una vida, simplemente, tal como existe. Sin pensamientos ni ideas. Llena de colores y de formas extraídas de la naturaleza y de mí mismo. Lo más bella posible”, Max Beckmann.

Bajo el título Beckmann. Figuras del exilio, el Museo Thyssen-Bornemisza presenta, tras más de veinte años, la primera exposición monográfica en España dedicada a este artista, uno de los más destacados del siglo XX. Aunque próximo en sus primeras etapas al expresionismo y a la Nueva objetividad, Max Beckmann (Leipzig, 1884-Nueva York, 1950) desarrolló una pintura personal e independiente, de signo realista pero llena de resonancias simbólicas, que se alzaba como un testimonio vigoroso de la sociedad de su tiempo. Tras su presentación en el Museo Thyssen, donde cuenta con el patrocinio de la Comunidad de Madrid, podrá verse también en Barcelona, en las salas de CaixaForum, del 21 de febrero al 26 de mayo de 2019.

Sobre estas líneas, Autorretrato con copa de champán, 1919, óleo sobre lienzo, 65 x 55,5 cm, préstamo permanente en el Städel Museum. Arriba, Sociedad, París, 1931, óleo sobre lienzo, 109,2 x 175,6 cm, Nueva York, Solomon R. Guggenheim Museum. Todas las obras de Max Beckmann.

 

La trayectoria del pintor está indisolublemente ligada a los acontecimientos históricos-políticos que tuvieron lugar en su país natal en esa época. Un hecho que está reflejado en esta exposición al estar dividida en dos grandes secciones, su trabajo en Alemania antes de la llegada del nazismo y su etapa en el exilio. Y es que como su hijo, Peter Beckmann, escribía en una monografía dedicada al pintor en 1989: “Max Beckmann, nacido en 1884, fue uno de los principales pintores y dibujantes de su tiempo en tres épocas diferentes. La primera época terminó con la Primera Guerra Mundial, la segunda con la irrupción de la anticultura en 1933. Tanto en 1914 como en 1933 Beckmann perdió las posiciones que había alcanzado hasta entonces y se vio obligado a orientar su vida y su arte por nuevos caminos que acabaron conduciéndole al tercer período”.

Para Tomás Llorens, comisario de esta exposición, es importante, para entender en todo su alcance esta división tripartita de la trayectoria artística del pintor, “contemplarla desde una perspectiva alemana. En efecto, si el comienzo de la Primera Guerra Mundial en 1914 y la llegada del Partido Nacionalsocialista al poder en 1933 fueron acontecimientos trascendentales para toda Europa, en Alemania fueron catástrofes que arrasaron las estructuras sociales y afectaron profundamente la vida cotidiana de sus ciudadanos, obligándoles en muchos casos a empezar una nueva vida. En el caso de Beckmann, como en el de otros artistas de su generación, la radicalidad de los cortes se vio reforzada por su vocación de artista alemán. Dado que el pintor reclamaba la germanidad como un rasgo esencial de su propia pintura, un cambio profundo en la historia de Alemania necesariamente tenía que traer consigo un cambio radical en su manera de concebir y practicar la pintura. No era lo mismo definirse como pintor alemán antes de la Primera Guerra Mundial que después. Antes de la llegada de los nazis al poder que después”.

Doble retrato, 1923, óleo sobre lienzo, 80,3 x 65 cm, Fráncfort, Städel Museum.

La muestra reúne un total de 52 obras –sobre todo pinturas, aunque también se exponen algunas esculturas y litografías– procedentes de museos y colecciones de todo el mundo, incluyendo algunas de las piezas más destacadas de su producción como La barca (1926), Sociedad, París (1931), Autorretrato con corneta (1938), Ciudad. Noche en la ciudad (1950) o Los argonautas (1949-50), el tríptico que dio por terminado el mismo día en el que falleció prematuramente, en Nueva York.

Como decíamos antes, la exposición está estructurada en dos secciones. La primera, de menor tamaño, está dedicada a la etapa vivida en Alemania desde los años anteriores a la Primera Guerra Mundial, cuando comienza a ser reconocido públicamente, hasta el ascenso del nazismo en 1933, cuando es destituido de su cargo en la escuela de arte de Fráncfort y se le impide exponer sus obras en público. La representatividad e importancia en el conjunto de la producción del artista ha sido el principal criterio de selección de las obras reunidas en esta sección. En la segunda, más extensa y que recorre los años en Ámsterdam (1937-47) y Estados Unidos (1947-50), donde vivió tras verse obligado a abandonar Alemania, la elección de las piezas se ha realizado según un criterio temático: el exilio, tanto en sentido literal, por la propia experiencia vital de Beckmann, como figurado, por el significado que tuvo para él como condición básica de la existencia humana en general y del hombre moderno en particular. Por este motivo, los cuadros alegóricos –a los que dedicó mayor esfuerzo y tiempo de trabajo (todos los trípticos y lienzos de gran formato que pintó son composiciones alegóricas)– son los más abundantes en esta selección. Los retratos, paisajes y naturalezas muertas, géneros tradicionales que practicó a lo largo de toda su carrera, han sido elegidos también por sus resonancias alegóricas.

Mujer con espejo, 1943, óleo sobre lienzo, 100 x 69,5 cm, colección particular.

Esta parte del recorrido se estructura en torno a cuatro metáforas relacionadas con el exilio: Máscaras, centrada en la pérdida de identidad que se asocia con la circunstancia del exiliado; Babilonia eléctrica, sobre el vértigo de la ciudad moderna como capital del exilio; El largo adiós, que plantea la equivalencia entre exilio y muerte, y El mar, metáfora del infinito, su seducción y su extrañamiento.

Un pintor alemán en una Alemania confusa

La convicción de que el arte alemán tenía una personalidad propia, diferente del de Francia o Italia, estaba profundamente arraigada entre los artistas de la generación de Beckmann. Una sensibilidad orientada hacia el “sentimiento de la vida” en lugar de hacia la belleza ideal. Este rasgo, reprimido y difuminado durante siglos, empezó a renacer con fuerza en la época moderna de forma paralela al resurgimiento económico y social de la nación alemana. Sin embargo, el golpe de la Primera Guerra Mundial hizo que la confianza y la autoestima se evaporaran para dar paso a una aguda conciencia de crisis, y el naturalismo fue sustituido por el expresionismo.

La pintura de la primera etapa de Beckmann es ecléctica. Además de a Max Liebermann o Lovis Corinth, recuerda a otros artistas alemanes de la generación anterior. Pero la influencia más importante y duradera fue sin duda la de Cézanne; su preocupación por aunar la representación de los volúmenes con la superficie bidimensional del lienzo se convertiría en una de sus principales obsesiones durante toda su carrera.

Hombre cayendo, 1950, óleo sobre lienzo, 141 x 81 cm, Washington D.C., National Gallery of Art, donación de Mrs. Max Beckmann.

Beckmann creía que no podía haber una pintura nueva basada en principios doctrinales nuevos; lo único nuevo en arte son las nuevas personalidades de los artistas. El interés por enlazar con la gran tradición de la pintura se convirtió en objetivo principal de su trabajo durante esta primera etapa, lo que le llevó a enfrentarse con el vanguardismo de los expresionistas de su generación. El profundo rechazo al carácter colectivo, sectario y doctrinal de estos movimientos permaneció como sustrato de sus posiciones individualistas frente a todas las corrientes artísticas colectivas con las que se encontraría hasta el final de su vida. En esos primeros años de su carrera, Beckmann desarrolló un nuevo tipo de pintura, realista y “actual” con la que obtuvo sus primeros éxitos y empezó a ser reconocido en los círculos artísticos de la época. Su consagración definitiva vendría de la mano de su primera exposición monográfica, en 1913. Ese mismo año introdujo una nueva temática en su pintura: las escenas callejeras de Berlín, evocando el carácter metropolitano de la gran ciudad. Una temática que expresionistas y futuristas habían hecho también suya, pero a la que dio un enfoque muy diferente, con una visión objetiva y con la mirada del pintor como testigo fascinado de su agitación.

Los años siguientes estuvieron marcados por la experiencia de la guerra. Como otros artistas alemanes de su generación, se alistó como voluntario, no tanto por patriotismo como buscando una experiencia vital, que acabaría convirtiéndose en aprendizaje artístico. Tras su baja temporal en el ejército por una crisis nerviosa, en 1915 se instala en Fráncfort donde permaneció hasta 1933. Fue el comienzo de una vida nueva, tanto en lo personal –con la crisis de su primer matrimonio y su boda con Mathilde von Kaulbach, conocida como Quappi, en 1925– como en lo artístico, y su reputación fue creciendo rápidamente. “Creo que amo tanto la pintura justamente porque me obliga a ser objetivo. No hay nada que odie tanto como el sentimentalismo”, escribía en 1918 en un texto en el que explica sus principios creativos. Rechazo del sentimentalismo, objetividad o concentración en la plasticidad del cuadro, Beckmann fue el primer artista que formuló esos principios básicos sobre los que se funda una de las corrientes dominantes en la poética de la posguerra, aunque cuando esta acabó convirtiéndose en una tendencia de moda bajo el nombre de Neue Sachlichkeit (Nueva objetividad) y él mismo fuera reconocido por muchos como su principal representante, él continuó rechazando cualquier etiqueta.

Camarotes, 1948, óleo sobre lienzo, 139,5 x 190 cm, Düsseldorf, Kunstsammlung Nordrhein-Westfalen.

En los años de ascenso del nazismo la situación de Beckmann fue haciéndose cada vez más difícil. Era una figura pública conocida y destacada en Fráncfort y, aunque su pintura exhibía sus raíces alemanas y su modernidad era moderada, sus contactos con la élite judía no jugaron a su favor. Buscando un mayor anonimato, en 1933 regresa a Berlín. Pero los museos alemanes fueron dejando de mostrar su obra y sus ingresos disminuyendo. El mismo día que se inauguraba la exposición de Arte degenerado, en 1937, Beckmann cogió un tren con destino a Ámsterdam y nunca regresó a Alemania.

Siguiendo un orden cronológico, esta primera parte de la exposición tiene como objetivo presentar al artista en todos los aspectos de su producción a lo largo de todos esos años, hasta su exilio. La calle (1914), Autorretrato con copa de champán (1919) y Autorretrato como payaso (1921), Doble retrato. Carnaval (1925), La barca (1926), Carnaval en París (1930), Sociedad, París (1931), junto con algunas esculturas y litografías, son algunas de las obras más destacadas reunidas en esta primera sección.

Segunda sección: Salida y comienzo

“Lo que quiero mostrar en mi trabajo es la idea que se esconde detrás de lo que llamamos realidad (…). Busco, partiendo del presente, el puente que lleva de lo visible a lo invisible…”. La novedad más importante de la etapa berlinesa de Beckmann, entre 1933 y 1937, fue la aparición en su obra de un nuevo formato pictórico: el tríptico. Adoptado también por otros pintores alemanes del periodo de entreguerras, constituía para él una referencia deliberada al arte medieval alemán, enlazando la pintura germánica del siglo XX con su pasado gótico y renacentista. Como pintura destinada al consumo público, el tríptico venía a desplazar al gran cuadro de salón del XIX y, en Beckmann, conectaba también con las telas de gran formato que había pintado en su juventud. Son obras que obedecen a un replanteamiento radical, no solo de su trabajo sino de la relación del artista con el mundo y de su concepción acerca del sentido de la vida y el destino del ser humano.

El efecto principal que el exilio tuvo en su obra fue reforzar la pintura de alegorías, con los trípticos como ejemplo supremo del género. En la exposición se presentan tres de los diez que realizó (uno inacabado), entre ellos El principio, iniciado en Ámsterdam en 1946 y terminado en Estados Unidos en 1949, en el que, evocando sus recuerdos infantiles, Beckmann representa su nuevo comienzo.

El traslado de las esfinges, 1945, óleo sobre lienzo, 130,5 x 140,5 cm, Staatliche Kunsthalle Karlsruhe.

Instalados en Ámsterdam tras huir de Alemania, Max y Quappi tuvieron que aprender a vivir en el anonimato del exilio y con un futuro lleno de incertidumbres. Una vez más, era el comienzo de una nueva vida. La primera composición alegórica de gran formato que Beckmann emprendió allí fue Nacimiento (1937). Pocos meses más tarde pinta Muerte (1938). Ambas de formato horizontal y con grandes simetrías compositivas e iconográficas, parecen concebidas como pareja, aunque el artista las vendió por separado. Nacimiento y muerte son las dos grandes puertas de la existencia, el anverso y el reverso de una misma realidad, una misma figura del exilio.

El último apartado de esta segunda sección está dedicado al mar, uno de los principales motivos de la obra de Beckmann, una figura del viaje y del exilio, una masa inmensa donde nada permanece quieto y cuya naturaleza es un medio en el que, como ríos, desembocan, se purifican y se renuevan las existencias de los seres humanos. Están presentes obras tan relevantes como Seducción y amenaza. El traslado de las esfinges (1945), uno de sus cuadros más enigmáticos; Camarotes (1948), en el que un barco se convierte en la representación de una ciudad en miniatura, y Hombre cayendo (1950), una de sus obras más sorprendentes. Un capítulo que culmina y que pone el broche final al recorrido de esta exposición con el tríptico Los argonautas, en el que Beckmann trabajó durante más de año y medio, dándolo por terminado el 27 de diciembre de 1950, el mismo día en el que poco más tarde moriría de un ataque al corazón. Con este cuadro se cierra un ciclo iniciado cuarenta y cinco años atrás con Jóvenes junto al mar, que marcó el inicio triunfal de su carrera de pintor; en ambos casos, con el mar como fondo.

Los argonautas, 1949-50, oleo sobre lienzo, 184,1 x 85,1 cm (panel izquierdo), 205,8 x 122 cm (panel central) y 185,4 x 85 cm (panel derecho), Washington D.C., National Gallery of Art, donación de Mrs. Max Beckmann.

El Museo Thyssen-Bornemisza ha organizado una serie de actividades complementarias a esta exposición. Los días 22 y 23 de noviembre se celebrará un simposio internacional en torno a la figura de Max Beckmann en el que participarán especialistas como Sabine Rewald, del Metropolitan Museum of Art de Nueva York, o Didier Ottinger, del Centre Pompidou de París, entre otros. Además, del 3 de noviembre al 22 de diciembre, tendrá lugar un ciclo de cine de acceso gratuito, cuyo programa incluye títulos como El ángel azul (1930), de Joseph von Sternberg, o el documental Max Beckmann Departure (2013), de Michael Trabitzch.

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