Arturo Barea: una vida creativa en el exilio

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Hasta el 19 de enero, el Instituto Cervantes de Dublín rinde homenaje al escritor con una retrospectiva, comisariada por William Chislett, en la que se recrea el conmovedor universo creativo a través de su correspondencia, toda su obra, su máquina de escribir o una entrevista muy poco conocida del autor de la trilogía La forja de un rebelde, un libro publicado en Inglaterra y traducido a diez idiomas

Tras su paso por Madrid, Badajoz y Manchester, sesenta y un años después de su muerte exiliado en el Reino Unido, el Instituto Cervantes de Dublín rinde homenaje al escritor y presentador de la BBC Arturo Barea con la retrospectiva Arturo Barea. La ventana inglesa, comisariada por William Chislett. La exposición incluye toda la obra de Barea, una selección de su correspondencia, su máquina de escribir y una entrevista poco conocida del autor.

Sobre estas líneas, portada de La forja. Arriba, fotogafía de Arturo Barea en la emisora de la BBC.

Todos los libros de Barea, salvo una excepción, vieron la luz primero en inglés, traducidos por su esposa austriaca Ilsa. Su obra más conocida es La forja de un rebelde (The Forging of a Rebel), una trilogía autobiográfica publicada en la década de los cuarenta. Alabada por autores de la talla de George Orwell, este título no se publicó en España hasta 1977, tras la muerte del dictador Francisco Franco. A Barea también se le conoce por las más de ochocientas grabaciones que realizó para la BBC Latin American Service, de las cuales solo ha sobrevivido una. La trilogía fue traducida a 10 idiomas entre 1948 y 1952 y lo convirtieron en el quinto autor español más traducido del mundo, después de Cervantes, Ortega y Gasset, Lorca y Blasco Ibáñez, según la Unesco.

En su incesante trayectoria, Arturo Barea fue también el responsable de la oficina de censura de la prensa extranjera del Ministerio de Estado para el bando republicano durante la Guerra Civil donde conoció a corresponsales como Ernest Hemingway, una etapa que también recoge esta exposición.

A continuación publicamos un extracto de la biografía del autor español, escrita por el comisario, William Chislett, en el catálogo de esta muestra. Arturo Barea nació el 20 de septiembre de 1897 en Badajoz. Su padre, un agente del servicio de reclutamiento del Ejército, murió pocas semanas después de su nacimiento. Su madre y sus otros tres hijos se trasladaron a Madrid donde residía su acomodado hermano José. Chislett, recuerda las palabras de Inés, la abuela paterna de Barea, “cuando tu madre se quedó viuda, lo único que Dios hizo por ella fue dejarla en un hotel con dos duros en el bolsillo y tu padre fiambre en la cama”. En Madrid, su madre tuvo que trabajar como lavandera en el río Manzanares, una experiencia que proporcionaría el evocativo comienzo de La forja, el primer volumen de la trilogía autobiográfica La forja de un rebelde: “Los doscientos pantalones se llenan de viento y se inflan. Me parecen hombres gordos sin cabeza, que se balancean colgados de las cuerdas del tendedero. Los chicos corremos entre los traseros hinchados”.

Gracias a sus tíos José y Baldomera, pudo asistir a las Escuelas Pías en la calle Tribulete (Lavapiés), un colegio religioso con buenos laboratorios y una biblioteca bien dotada (desde muy joven Barea fue un lector voraz). “Esta experiencia le aportó una educación primaria de gran calidad y también un cierto contacto social con familias de la clase media. Publicó sus primeros cuentos y poemas en la revista del colegio. Barea, un niño hipersensible y precoz observador, vivía entre dos mundos sociales muy distintos (entre semana vivía con sus acomodados tíos y los fines de semana con su madre y hermanos), en un equilibrio precario entre una tremenda pobreza y una próspera tranquilidad. Por ello había una tensión constante en él, sentía que no pertenecía a ningún grupo y esto lo marcó profundamente en su trabajo como escritor”, explica William Chislett.

Retrato del escritor español Arturo Barea.

Muy inteligente y de mente inquisitiva, a la muerte prematura de su tío José tuvo que empezar a trabajar a los 13 años como aprendiz en un taller de bisutería. Trabajo que perdió tras un enfrentamiento con el propietario y se puso a estudiar contabilidad. Entró en el banco Crédit Lyonnais en 1911, se afilió a la UGT y poco antes del comienzo de la Primera Guerra Mundial en 1914, abandonó el banco, pasó por una agencia de patentes, trabajó y viajó por España y Francia como agente comercial para un vendedor alemán de diamantes, que le pagaba un sueldo alto para su edad. Con 18 años y la herencia de su tío José montó una fábrica de juguetes, negocio que fracasó y Barea optó por ser secretario del administrador de Hispano-Suiza, una empresa que fabricaba aviones.

En 1920, fue llamado a filas para la guerra de Marruecos, una experiencia brutal, como cuenta en La ruta, el segundo libro de la trilogía; cuatro años después se licenció como oficial de reserva. El 9 de enero de ese mismo año se casó con Aurelia Grimaldos, con quien tuvo cuatro hijos, un matrimonio que en palabras de Barea fue “un fracaso deprimente”.

Portada de la trilogía La forja de un rebelde, publicada en México. En España no verá la luz hasta la muerte de Franco.

La Guerra Civil cambiará profundamente la vida de Barea y lo convertirá en escritor. Tomó parte en el asalto al Cuartel de la Montaña y vio arder las Escuelas Pías, todo ello está narrado en La llama, el tercer libro de la trilogía. Con el apoyo de un amigo del Partido Comunista Español (PCE), del que nunca fue miembro, Barea ingresó en agosto de ese año en la Oficina de Censura de Prensa Extranjera del Ministerio de Estado en el emblemático edificio de trece plantas de Telefónica, en la Gran Vía de Madrid. Sus instrucciones eran no filtrar nada que no fuera una victoria del Gobierno: “Había caído de lleno sobre mí la responsabilidad de censurar todos los periódicos del mundo y cuidar de los corresponsales de guerra en Madrid. Me encontraba en un conflicto constante con órdenes dispares del Ministerio en Valencia, de la Junta de Defensa o del Comisariado de Guerra”. La primera víctima de una guerra es siempre la verdad. Entre los corresponsales estaban Ernest Hemingway, Martha Gellhorn y John Dos Passos. Este último describió a Barea como un “español cadavérico, malnutrido”.

Barea se quedó en Madrid como jefe de la Oficina, cuando el Gobierno republicano se trasladó a Valencia en noviembre de ese año. Su ayudante era la socialista e intelectual austriaca Ilsa Kulcsar, que a diferencia de Barea cuyo conocimiento de idiomas era rudimentario, dominaba cinco lenguas. Ella creía que la estrategia hacia los corresponsales era “una equivocación catastrófica” y que lo que había que hacer era dar más información para que el mundo comprendiese lo que de verdad estaba pasando en España. Sin mucha dificultad convenció a Barea de que transmitir la verdad sería beneficioso a la larga para la causa republicana. Por ejemplo, Ilsa y Barea permitieron a los corresponsales informar sobre la redada policial en la abandonada embajada alemana, que puso en evidencia la connivencia de Alemania con la quinta columna franquista. Ilsa y Arturo se convirtieron pronto en amantes.

Portada de La raíz rota, de Arturo Barea, publicado en Buenos Aires.

En mayo de 1937 el general Miaja, jefe del Ejército del Centro y delegado de Orden Público en Madrid, ordenó a Barea reorganizar las emisoras de la capital. Empezó a hablar todas las noches como “La voz incógnita de Madrid”, contando “historias de un pueblo, que viviendo en aquella mezcla de miedo y valor, llenaba las calles y las trincheras de Madrid. Compartía todos sus miedos, y su valor me servía de alivio. Tenía que vocearlo”.

Ese mismo mes, El Sol publicó su primer escrito, un breve texto, en portada, con el título de “Madre”, parcialmente inspirado en las condiciones de vida de su propia madre: “Desde 1907 vivía en aquella buhardilla. Treinta años de vida en aquel camaranchón de techos inclinados, que constituía una habitación única. Comedor, cocina y dormitorio con dos camas”. En agosto de este año, el Daily Express de Londres le publicó un cuento sobre una mosca y un soldado republicano, titulado This story was written under shell fire (Este cuento se escribió bajo un bombardeo), traducido por Ilsa. Barea conoció a Sefton Delmer, el corresponsal del periódico, quien dijo que Barea “descubrió su talento literario revisando los textos presentados para su publicación por periodistas, lo cual le curó el complejo de inferioridad a la hora de escribir”.

Arturo Barea publicó en Inglaterra este estudio sobre Miguel de Unamuno.

En septiembre de 1937, Barea fue despedido como jefe de la censura y en noviembre dejó la radio para marcharse con Ilsa, primero a Alicante y luego a Barcelona, donde terminó Valor y miedo, un libro de cuentos basados en sus charlas por la radio. La muerte repentina del esposo de Ilsa en enero de 1938 y el divorcio de Barea y Aurelia, obtenido el 14 de octubre de 1937 gracias a la Ley de Divorcio de 1932, que lo reguló por primera vez en España, permitieron a Arturo e Ilsa casarse en febrero, una semana antes de abandonar España por La Junquera en un coche con placas diplomáticas británicas.

Se fueron a París donde estuvieron casi un año en una habitación maloliente del Hotel de L’Alhambre (el “hotel del Hambre”, según ellos, en un juego de palabras): “En nuestro agobiante y maloliente cuartucho de hotel, en el que diminutas hormigas invadían cada mendrugo de pan que quedaba durante la noche, empecé a lidiar con las visiones de terror, destrucción, pérdida inútil y valentía condenada al fracaso que llenaban mi mente y parecían abarrotar las calles de París, las calles del mundo”.

Finalmente, Barea e Ilsa desembarcaron en Inglaterra a finales de marzo de 1939, el mismo mes en que se produjo la derrota de la República. Barea estaba, según sus palabras, “desposeído de todo, con la vida truncada y sin una perspectiva futura, ni de patria, ni de hogar, ni de trabajo […] rendido de cuerpo y de espíritu”. Pero bajo el brazo llevaba el manuscrito del primer libro de La forja de un rebelde. Se fueron a vivir a Puckeridge, en el condado de Hertfordshire.

Los primeros años de Barea en el exilio fueron muy fructíferos. En agosto, pocos meses después de aterrizar en Inglaterra, la revista The Spectator le publicó el relato, “A Spaniard in Hertfordshire” (Un español en Hertfordshire), en el que comparaba su nueva vida bucólica con la de España: “Las dos personas que más me asombraron por representar el contraste más perfecto con lo que era habitual en España fueron el policía local y el párroco del pueblo”.

La primera edición de La forja de un rebelde en Inglaterra, país en el que el escritor se había exiliado tras la Guerra Civil.

Salvo dos de sus cuentos, toda la obra escrita de Barea gira sobre España. En junio de 1941, el mismo año de ser elegido miembro del PEN Internacional, la sociedad mundial de escritores, fue publicado su Struggle for the Spanish Soul (La lucha por el alma española), un estudio sobre las raíces históricas y la realidad económica del fascismo español. En septiembre de ese año, Barea escribió a la Editorial Séneca (Ciudad de México), fundada por emigrantes y exiliados españoles, y dirigida por José Bergamín: “Mi interés de que el libro sea editado en nuestra lengua es absoluto, aun cuando realmente ha sido escrito para el público inglés, a quien nos interesa tanto dar a conocer España. Por ello, si entrara en sus cálculos estudiar la posibilidad de una edición española, creo que sería necesario escribir uno o dos capítulos, al principio o al final del libro, aclarando la limitación forzosa del libro”.

Además, Barea se refirió en esta carta a su obra The Forge (La forja), publicada en julio de ese año y traducida por Peter Chalmers Mitchell, el excónsul británico en Málaga y traductor de Siete domingos rojos, de Ramón J. Sender, que recibió grandes elogios de la crítica inglesa, aunque a Ilsa no le gustaba esta traducción. Puede demostrarse la brillantez de Ilsa comparando su traducción de La forja con la de Chalmers Mitchell. Como cuenta Michael Eaude en el libro Arturo Barea: triunfo en la medianoche del siglo: “En general, este, que tenía más de 70 años al traducir La forja, utilizaba argot y términos ya caducados; mientras que Ilsa a menudo dejaba sabiamente un término en castellano o evitaba términos que pueden caducar con mucha rapidez”.

Lástima que Bergamín no hubiera tenido mejor olfato literario para apoyar la edición de La forja en México diez años antes de la publicación de la traducción al español del texto inglés por la editorial Losada de Buenos Aires, otra editorial fundada por exiliados, tras la que vino una edición en un solo tomo de la editorial mexicana Montjuich en 1959. El manuscrito original de los tres libros de La forja de un rebelde, escrito en español, se perdió e Ilsa y Arturo tuvieron que reescribirlo a partir de la versión en inglés. El texto está plagado de errores gramaticales y anglicismos y no fue corregido hasta la edición de Debate en el año 2000. Las ediciones de Argentina y México circularon en España de forma restringida y clandestina, pasando de mano en mano, hasta su publicación en 1977, dos años después de la muerte de Franco, en edición de Turner.

Arturo Barea durante sus charlas en la sección de América Latina del Servicio Mundial de la BBC. El escritor alcanzó gran fama en Inglaterra con estas 856 “charlas” semanales de quince minutos desde 1940 hasta un día antes de su fallecimiento en 1957 y lo hacía bajo el seudónimo de Juan de Castilla para proteger a su familia en España.

La versión de Ilsa de La forja fue publicada en 1943, ese mismo año le siguió The Track (La ruta), sobre la guerra colonial en el Marruecos de los años veinte, y en 1946 The Clash (La llama), que se centró en la Guerra Civil. En el prefacio a la edición inglesa de La ruta, Barea explicó la razón de ser de la trilogía: “Quería descubrir cómo y por qué he llegado a ser el que soy; quería comprender las fuerzas y las emociones que están detrás de mis sentimientos y acciones actuales. Traté de encontrarlas, no por medio del análisis psicológico, sino evocando las imágenes y las sensaciones que alguna vez vi y sentí, y que más tarde fui absorbiendo y retocando inconscientemente”. Los tres libros fueron publicados por Faber and Faber, en cuyo consejo estaba el poeta y escritor de origen estadounidense T. S. Eliot. George Orwell, que había luchado con el POUM, definió a Barea como “una de las adquisiciones literarias de más valor que Inglaterra hizo a raíz de la persecución fascista”. The Times afirmaba: “Es dudoso que haya aparecido un retrato más convincente del yunque del cual se forjó un rebelde”.

En 1944, Barea publicó un estudio pionero, Lorca: the poet and his people (Lorca, el poeta y su pueblo), este libro influyó decisivamente en la pasión por el poeta granadino de Ian Gibson, su biógrafo: “No mencionaba para nada su homosexualidad, entonces todavía asunto tabú, pero los análisis de sus imágenes –sobre todo las del Romancero gitano, surgidas de su larga infancia en la Vega de Granada– me parecían fascinantes. Es difícil estar seguro –han pasado muchos años–, pero sospecho que, si no hubiese caído entonces en mis manos aquel librito, quizás no me hubiera embarcado en la aventura de ser biógrafo del poeta”. En 1945, le siguió un folleto titulado Spain in the Post-War World (España en el mundo de la posguerra), en el cual abogaba por el derrocamiento del régimen de Franco por parte de los aliados y su sustitución por una república; en 1951, publica una novela, The Broken Root (La raíz rota), que es un especie de secuela de The Forge, pues trata las consecuencias de la Guerra Civil dentro de España y el dolor del exilio, y en 1952, un pequeño estudio sobre Miguel de Unamuno.

Arturo Barea junto a su esposa, la socialista e intelectual austriaca Ilsa Kulcsar, a la que había conocido en Madrid durante la Guerra Civil.

Barea también alcanzó fama por las 856 charlas semanales de quince minutos que dio para la sección de América Latina del Servicio Mundial de la BBC –y que se emitieron desde 1940 hasta un día antes de su muerte en 1957–, bajo el seudónimo de Juan de Castilla para proteger a su familia en España. El libro Palabras recobradas (Debate, 2000), editado por Nigel Townson, contiene los textos de 61 de esas charlas, entre otros escritos inéditos. Los oyentes votaron muchas veces a Barea como el locutor más popular del servicio de América Latina. El éxito de las charlas fue tal que la BBC le envió en 1956, un año antes de su muerte, de gira durante cincuenta y seis días por Argentina, Chile y Uruguay, donde dio múltiples conferencias y entrevistas, y asistió a numerosas recepciones y firmas de libros.

Barea murió de un infarto el 24 de diciembre de 1957 sin haber vuelto a ver a ninguno de sus cuatro hijos (Carmen, Adolfina, Arturo y Enrique), los que tuvo de su matrimonio con Aurelia Grimaldos, ni a sus tres hermanos, salvo Concha, que lo visitó en Inglaterra. Su hermano Miguel fue detenido después de acabada la Guerra Civil, acusado de “auxilio a la rebelión”, juzgado y condenado a veinte años y un día. Murió en la cárcel de Ocaña (Toledo) en octubre de 1941. El archivo personal de Barea fue donado a la Biblioteca Bodleiana en Oxford en octubre de 2017, algo que Barea probablemente habría querido, dado que Inglaterra le dio refugio y la tranquilidad para poder escribir después de ser testigo de tantos sufrimientos y horrores.

Vecino de Lavapiés, Arturo Barea vuelve a su barrio, a ese “Avapiés”, como él lo denominaba en su obra autobiográfica La forja de un rebelde, el 4 de abril de 2017. La alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, acompañada por el embajador del Reino Unido en España, Simon John Manley, y el concejal de Centro, Jorge García Castaño, descubren la placa con el nombre del escritor que da nombre a la plaza, antes conocida popularmente como Agustín Lara y situada en la confluencia de las calles del Sombrerete y Mesón de Paredes, frente a las Escuelas Pías en las que estudió el escritor.

Barea fue incinerado y sus cenizas esparcidas en el cementerio protestante de la Iglesia de Todos los Santos en Faringdon, donde también estaban enterrados sus suegros austriacos. Ilsa no pudo abrir la urna con las cenizas debido a la artrosis en las manos, y tuvo que hacerlo su sobrina Uli. Años después de la muerte de Barea y de Ilsa, una amiga íntima del matrimonio, Olive Renier, les levantó una lápida conmemorativa en el cementerio. “Hice construir una lápida –escribió Renier– porque no podía encontrar palabras para expresar mis sentimientos hacia ellos. Su destino fue un símbolo de las gigantescas pérdidas que sufrió su generación: el drama de España, el de los judíos, el de la socialdemocracia en Alemania, Italia, toda Europa”.

Placa que recuerda al escritor en Inglaterra.

One Reply to “Arturo Barea: una vida creativa en el exilio”

  1. Drusilla dice:

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