Francisco Leiro: “Mi trabajo se puede considerar como una alegoría sobre la fragilidad humana”

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En Cuerpo inventado, título de la exposición en la galería Marlborough (Madrid), el escultor reflexiona sobre una de las problemáticas de nuestra contemporaneidad, cómo el sujeto se convierte en pura ficción al esconderse tras sus atributos o posesiones. Hasta el 5 de mayo. Ofrecemos, además, un extracto de la entrevista de Sebastián Gámez Millán que publicamos en Descubrir el Arte de diciembre, coincidiendo con la exposición que le dedicó el CAC de Málaga

Francisco Leiro (Cambados, Pontevedra, 1957) es uno de los artistas y escultores con mayor proyección internacional. Vive, trabaja y crea entre Nueva York (desde 1988), Madrid y Cambados. Puede considerarse heredero de esa riquísima tradición escultórica española, reconocida internacionalmente, que recorre el siglo XX y llega hasta nuestros días, desde Julio González y Picasso, pasando por Jorge Oteiza y Eduardo Chillida, Julio Palazuelo y Martín Chirino, Julio López Hernández y Antonio López García, Juan Muñoz, Cristina Iglesias o Jaume Plensa. No obstante, posee un vocabulario particular con sabor a madera y un estilo personal.

Sobre estas líneas, Traspiés, 2018, madera de pino rojo, 210 x 128 x 38 cm. Arriba, de izquierda a derecha, Sementador, 2016, madera de castaño, 73 x 31 x 25 cm, y La pierna de María, 2017, madera de castaño, 71 x 43 x 21 cm. Las tres piezas forman parte de la exposición Cuerpo inventado, en la galería Marlborough (Madrid), Todas las obras de Francisco Leiro.

Le han llamado “leñador de bosques mágicos”, quizá porque a partir de su trabajo de creación la madera se anima y es como si cobrara vida, hasta el punto de que entre sus figuras podemos reconocer nuestra humanidad pero también nuestra inhumanidad.

Leiro concibe “el arte como la forma de ver y entender el mundo”, pero al mismo tiempo es aquello que “buscas y no encuentras, porque no sabes dónde está”. La tradición escultórica española del siglo XX, formada por algunos de los artistas que hemos mencionado y muchos otros, es muy rica. ¿En quiénes se reconoce? ¿Cuáles son sus principales influencias? “Es difícil hablar de personas. El arte no tiene fronteras, es internacional. Soy de esas personas interesada en todo tipo de arte desde la Antigüedad. Si nos ceñimos al siglo XX, de los surrealistas admiro mucho a Max Ernst. Respecto a los escultores que trabajaron con la figura humana, me gustan algunas piezas en madera de Francisco Asorey, aunque una de sus muchas aportaciones fue su forma de tallar el granito. En realidad soy un apasionado del arte en todas sus manifestaciones. Otro de los grandes escultores del siglo XX es Picasso. La gran aportación de la escultura del siglo XX es el constructivismo y sus derivaciones. En España tenemos a grandes escultores como Txomin Badiola y Pello Irazu”.

Alepo 2, 2016, madera de pino, 400 x 250 x 250 cm, en una sala del CAC Málaga.

El escultor ha declarado que cada artista posee dos o tres asuntos que como fantasmas le persiguen. En su caso, “parecería que todos los personajes que construyo estarían siempre motivados por una búsqueda incesante, parece como si quisieran contar algo, pero nunca acaban de aclararse. En cierto sentido, parte de mi trabajo se puede considerar como una alegoría sobre la vulnerabilidad y fragilidad humana”.

Francisco Leiro trabajando en su taller.

Ante obras como Réquiem (2005) o Alepo 2 (2016), tal vez una de sus obras más estremecedoras, que abordan temas como el Prestige o la guerra de Siria respectivamente, es difícil eludir la pregunta del compromiso del artista. “No soy el único que se siente afectado por los dramas del mundo. Por otro lado, las situaciones dramáticas siempre conllevan imágenes poderosas, de las que saco partido como artista. Muchas de estas piezas lo que pretenden es testimoniar el dolor de la humanidad”.

Supervisor y tres acarreadores, 2013, Supervisor 2, madera de castaño, 166 x 100 x 60 cm; Pepe, 137,5 x 98 x 68 cm; Santi, 139 x 98 x 68 cm, y Dirk, 137 x 95 x 54 cm, las tres piezas en madera de pino y poliéster, exposición del CAC (Málaga).

Otras de las virtudes artísticas de su obra es la ambigüedad expresiva que logra, que le permite dialogar con los espectadores abriendo la obra a múltiples perspectivas que la enriquecen de significado y de sentido. Como en el caso de ese cuerpo tricéfalo de Lugh junto con Exposed (2011), un autorretrato en el que la figura aparece con dos máscaras, además del rostro, sugiere la pregunta esencial de quiénes somos, cuál es nuestra identidad personal. “Entiendo que la escultura que yo hago deja siempre un espacio al espectador para su propia explicación. Sugiere, sin convencer o imponer una explicación. Esta ambigüedad es buscada”.

Dibujo de Leiro.

Respecto a esta ambigüedad y la consiguiente estratificación de interpretaciones, en Supervisor y tres acarreadores (2013), “Pepe”, “Santi” y “Dirk” pueden ser cualquiera de nosotros, con las espaldas completamente dobladas por el peso de la carga. A simple vista diríamos que trata sobre la explotación laboral, pero no es tan sencillo. Esta pieza, que formaba parte de la exposición Purgatorio en la galería Marlborough de Madrid (2014), en referencia a la Divina Comedia de Dante, “tanto esta escultura como todas las que presenté estaban inspiradas en iconografías previas relativas al purgatorio de Dante. Son figuras que cargan pesos. Su intención originaria era la carga que representa la culpa o del pecado. En mi caso, quiero llevarlo al terreno puramente escultórico; la propia escultura del cuerpo cargando ese peso produce una sensación especial. La articulación de las rodillas produce el efecto al espectador de que están cargando con el peso del mundo. Respecto a Supervisor, mientras que en el purgatorio es el propio Dante quien baja al inframundo acompañado de Virgilio, yo me invento el personaje de supervisor que por un lado controla pero por otro tiene tanta carga o más que los propios acarreadores. Ese efecto lo provoca la espalda doblada y las articulaciones. La tensión anatómica y el retorcimiento del cuerpo aluden a un estado psicológico. La escultura figurativa no solo representa lo que se ve. A través de otras soluciones anatómicas, se sugiere o se mediatiza”.

Simeón deitado con gafas, 2017, madera de castaño, 225 x 83 x 38 cm.

Otra característica de su obra es la ironía y el humor como forma de desacralizar, quizá influenciado por el surrealismo, una corriente que como confiesa practicó en los años setenta, en su época santiaguesa: “me dejó como bagaje el hábito del dibujo automático; dejar la mano libre y que dibuje lo que quiera. Esto a lo largo de los años me ha servido para desarrollar piezas inventadas, sin idea previa. Cierto que el inconsciente siempre te marca pautas”. Los interesados en leer la entrevista completa pueden hacerlo aquí.

Ponte, 2016, madera de pino rojo, 78 x 132 x 102 cm.

En definitiva, la obra de Leiro, en la que todos podemos reconocer nuestra humanidad y nuestra inhumanidad, está profundamente arraigada a un espacio geográfico y cultural pero a la vez es universal. Los interesados en leer la entrevista completa, puede adquirirla aquí. O en formato digital.

Cuerpo inventado

Gemela 1, 2018, madera de pino rojo y hierro, 202 x 1067 x 80 cm, y Gemela 2, 2018, madera de pino rojo, 193 x 180 x 135 cm.

Como indica el título de la exposición de la galería Marlborough de Madrid, se trata de una nueva vuelta de tuerca en la trayectoria de este artista. Si en los últimos años, Leiro estuvo centrado en la escultura de corte más humanista y político, donde el factor humanístico y sus ramificaciones sociales y políticas eran la base fundamental de su trabajo, en esta ocasión, el escultor se desvía del naturalismo para presentar un cuerpo posthumano alcanzado casi siempre mediante la fusión entre sujeto y objeto. Y es que el artista plantea en esta muestra una de las mayores problemáticas de nuestra contemporaneidad: el sujeto se convierte en pura ficción al esconderse tras sus atributos o sus posesiones.

Busto oarlante, 2016, madera, 293 x 380 x 240 cm.

En este conjunto de piezas, Leiro elimina la expresividad de las texturas buscando unos personajes más anónimos o anodinos y resaltando la importancia de la policromía. Además, y cerrando la muestra, Leiro muestra una serie de dibujos en su mayoría bocetos previos a su proceso escultórico. Aunque en algún otro caso se invierte el proceso: el dibujo parte de plantillas o siluetas producidas para la obra escultórica.

Fita, 2017, madera de castaño, 68 x 36 x 23 cm.

Como afirma el crítico de arte Ernesto Castro en el texto del catálogo: “La clave principal de interpretación se encuentra en que, en estas esculturas, el ser humano forma un continuo con el resto de entidades que lo rodean, desde la vestimenta hasta el mobiliario; en ese sentido, se podría decir que la obra de Leiro va más allá de la imagen del ser humano como ‘mono vestido’. Esta fusión del sujeto y del objeto ya estaba presente en exposiciones anteriores de Leiro, como por ejemplo, de manera muy notable, Dolor de ropa (2003), donde la temática principal era la figura humana vestida, pero es en la actual exposición donde la objetualización del sujeto y la subjetualización del objeto se convierten en los temas principales, como puede verse en piezas como Escarranchado (2018), donde dos taburetes de cuatro patas se funden con dos piernas humanas, o Sementador (2016), que de nuevo muestra una continuidad entre el cuerpo de un individuo y su ropa; una continuidad que podríamos relacionar con la famosa reflexión de Julio Cortázar sobre el tema de la posesión (‘¿Quién posee a quién: tú a tu reloj o tu reloj a ti?’)”.

En resumen, una de las exposiciones imprescindibles.

Chaparro, 2017, madera de cedro, 68 x 40 x 16 cm.

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