La fantasía orientalista o en busca del paraíso soñado

Hasta el próximo 1 de marzo, el Museo Carmen Thyssen Málaga acoge una exposición centrada en los viajes de los artistas por Marruecos, Argelia o Túnez. Comisariada por Francesc Quílez y Lourdes Moreno, la muestra ofrece un recorrido por la pintura española de inspiración norteafricana de creadores como Fortuny, Josep Tapiró o Francesc Masriera, junto a la de los franceses Lameyer, Delacroix o Benjamin-Constant a través de más de 200 obras, entre pinturas, dibujos y bocetos, realizadas entre 1870-1872

La expansión colonial europea en el norte de África en el siglo XIX alentó los viajes de numerosos artistas, sobre todo franceses y españoles, por Marruecos, Argelia o Túnez. De la representación de sus paisajes, costumbres y paisanaje surgió la llamada pintura orientalista, un género con personalidad propia dentro del arte decimonónico, que se recrea en la luz, el color y el preciosismo de los detalles, y que cultivaron apasionadamente grandes maestros como Eugène Delacroix o Mariano Fortuny.

El éxito contemporáneo de la literatura de viajes, el deseo de encontrar temas pictóricos novedosos y un espíritu aventurero e inquieto llevaron a muchos artistas a una suerte de huida de la civilización moderna, nacida con la revolución industrial, en busca de un paraíso soñado e ideal que asimilaron en sus obras con la invención de un oriente exótico y cautivador. Entre la observación realista y la fantasía, este universo tuvo como escenarios, sin embargo, lugares tan poco orientales, pero más fácilmente accesibles, como Granada o el Magreb.

Sobre estas líneas, Árabe velando el cadáver de su amigo, por Mariano Fortuny, 1866, Aguafuerte y aguatinta sobre papel oriental adherido a otro papel, 21,6 x 40,8 cm, Barcelona, MNAC. Arriba, La matanza de los Abencerrajes. Granada, por Mariano Fortuny, h. 1870, 1870, óleo sobre lienzo, 73,3 x 93,5 cm, Barcelona, Museu Nacional d’Art de Catalunya.

Bajo el título Fantasía árabe. Pintura orientalista en España (1860-19900), esta exposición, comisariada por Francesc Quílez (conservador de dibujos y grabados del MNAC) y Lourdes Moreno (directora del Museo Carmen Thyssen Málaga), ofrece al visitante un recorrido por la pintura española de inspiración norteafricana durante la segunda mitad del siglo XIX, a través de artistas como Fortuny, Tapiró, Fabrés y Lameyer, entre muchos otros, además de sus contemporáneos franceses, como Delacroix o Benjamin-Constant. Este sugerente panorama orientalista, formulado mediante la observación directa o recreado a través de la imaginación y el estereotipo, se muestra a través de una exquisita selección de obras –más de ochenta, entre pinturas, acuarelas, fotografías y objetos– que permite adentrarse en uno de los capítulos más apasionantes de la pintura decimonónica.

A través de tres secciones, esta exposición recorre los territorios, la vida cotidiana y los rostros de los habitantes de este espacio de evasión del occidente burgués, reflejados en el arte español y francés de la segunda mitad del siglo XIX. La muestra arranca con el paisaje de un Oriente muy cercano, la Alhambra de Granada y en cómo había fascinado a los viajeros románticos por sus evocaciones “orientales”, ya sea dando protagonismo a su hermosa arquitectura o como escenario de temas historicistas de la vida y tradiciones de sus antiguos moradores islámicos. Pero será sobre todo el paisaje norteafricano, entre el Mediterráneo y el desierto, bañado por una luz cegadora y con una presencia casi psicológica para el espectador, el que seducirá a artistas como Fortuny, que lo dibujará ávidamente y con precisión casi topográfica.

Tangerino con tarbouche rojo, por Josep Tapiró, h. 1890-1900, acuarela sobre papel, 41 x 31 cm, colección particular.

En la segunda sección, las escenas de género de este universo fascinante, no solo representan el ocio, el comercio, los oficios o la religión del Magreb, y se desarrollan en unos pocos espacios recurrentes, como la medina, la mezquita, el café, el zoco o los harenes prohibidos, sino que manifiestan la seducción de un mundo ajeno, surgido de la observación directa pero que se reconstruye en el taller del artista con la ayuda de objetos, vestidos, fotografías, grabados o fuentes literarias, por lo que tiene mucho de puesta en escena. Es en este costumbrismo en el que se configura especialmente ese Oriente impostado, determinado por una mirada occidental y paternalista hacia un mundo desconocido e incomprendido.

Y, por último, el tercer apartado está dedicado a los rostros individualizados de los protagonistas de los retratos, que sorprenden por su autenticidad, rareza o peculiaridad, o, al contrario, por su marcado carácter estereotipado. Nos encontramos una galería de tipos donde los encantadores de serpientes, fumadores, santones, guerreros, esclavos y mendigos con ropajes harapientos se convierten, desde el prisma eurocéntrico del momento, en la encarnación de lo sagrado, de la suntuosidad o de lo salvaje y primitivo. O, en el caso de los retratos femeninos, en imágenes de la sensualidad inalcanzable y la atracción por lo prohibido. Todo ello completa un rico mosaico de una pintura que refleja los anhelos y prejuicios de una época, que sigue deleitando la mirada actual, pero que también permite reflexionar sobre una dialéctica Oriente-Occidente que, con nuevos enfoques, sigue de plena actualidad.

Muchacha mora, por Francesc Masriera, h.1889, óeo sobre lienzo, 65 x 51 cm, colección particular.

Los que deseen saber más sobre la pintura orientalista española podrán hacerlo en el número 183 de Descubrir el Arte, donde dedicamos un amplio dossier a este tema, coordinado por el especialista Jordi À. Carbonell.

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