«Food Obsession» o el atracón artístico

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El símil comparativo del consumo de Arte como comida, exceso o desgana, centra el principal plato diseñado por unos foodies creativos contemporáneos que dan sentido al gusto de este acto tan básico de supervivencia. Hasta el 8 de enero

La obsesión por la comida, el significado que ella encierra en sí, como combustible de supervivencia, más allá del mero acto, social o no, de satisfacer ese instinto básico del ser humano, a través de la visión artística de un nutrido elenco de pintores foodies de hoy, es el plato fuerte de este banquete artístico colectivo, elaborado y emplatado por Sergio Sancho y Sara Coriat (UVNT Art Fair) a la sazón, lleno de sabor del color estridente, que sirve en bandeja la Gärna Gallery.

No inventamos nada si decimos que el tema, muy recurrente en las corrientes y disciplinas artísticas, el cine ha dado buena muestra de ello, nos acompaña desde tiempos inmemorables.

Frescos y mosaicos de la antigua civilización romana dan fe, la envidia de sus bacanales, puro derroche y hartura hasta quedar saciados, el envolvente misterio del arte sacro, las naturalezas muertas del flamenco del XVII, frutales de Arcimboldo, hasta la apertura de las archy retratadas y coloristas latas de sopa pop Campbell. Inmortalizadas por Warhol, no vienen si no, a testificar una época determinada del consumo.

Y es que la identidad, la marca, en sí, “somos lo que comemos” se adelante y habla de nosotros sin abrir mucho la boca, cuando decidimos saciar nuestro apetito. Pero… ¿En el panorama artístico es igual?

En la antesala de la exposición se recrea un punto mágico de encuentro, la caja y su personal, presto a ayudar siempre que se pueda.

La incógnita se despeja con estas pinturas y esculturas que rebosan talento muy, pero que muy joven. Un diálogo, una conversación apetitosa, pero informal, como se ha querido denominar, que refleja esa obsesión sobre lo que tomamos, donde los alimentos establecen nuevas fórmulas de relación humana, o adaptan las ya existentes, pero con un toque acorde al presente.  

Cada uno a su antojo, porque así también es el acto de deglutir, con más o menos intensidad. La sensación de gula, desperdicio, desgano, queda patente en las firmas de la jerezana Ana Barriga, llena de provocación a la glotonería que traspasa fronteras con la canadiense Epstein y su tale de “Ricitos de Oro” que muestra la cultura occidental y su afán en el consumo desmesurado con una colonizadora que consume los recursos ajenos, sin más, como si no hubiera un mañana. Tema recurrente que también aborda el argentino Nicolás Romero. Su obra nos habla de sedentarismo digital, el derroche alimentario, que también recrea y da forma Lusesita, con sus esculturas de alma riojana y la catalana Laura Lagraña aka Cuitomatón.

La cutrez del consumir por consumir para escaparate social de las marcas es lo que refleja, a través de sus creaciones, el lisboeta Ricardo Passaporte, nunca mejor traído, porque la explosión de artistas en cartel es plenamente internacional. Los excesos de trabajo de la belga Bieke Buckinx y cómo no, el homenaje a todos aquellos productos que nos han llegado, allende los mares, de las manos expertas de las mujeres, referentes, latinoamericanas, que recrea con gran acierto las de la mallorquina Fátima  de Juan.

Obras exhibidas en una de las salas de la muestra.

El cerebro nos engaña y sabe lo que nos gusta y nos tienta, una y otra vez, como un pequeño diablillo, inquisidor particular, interior. “No”, dice a la tentación el iraní Reihaneh Hosseini  y “Sí” a la indulgencia retratadas en el escenario de la voluptuosa y amamantera Tierra que habitamos con el humano como único protagonista de la escena a degustar, si antes, no nos devora ella.

Corrientes que fluyen y van, que se alargan en el tiempo como esas comunes sobremesas, a veces surrealistas, como de un Dalí no extinto, en los pinceles de Francesc Rosselló.

En la antesala, como un dos por uno, y en un momento en el que ir al supermercado es un acto de pleno valor, por todo lo que ello encierra. Se recrea un punto mágico de encuentro, la caja y su personal, presto a ayudar siempre que se pueda. El rosa, el mostaza, el verde fluor, todo florece en este colmado de irrealidad, más real que nunca, donde los precios vuelan a capricho. Detergentes que no lavan, bebidas supercalóricas, aguas que destilan diseño, latas de conserva en slogan, jabón de tocador y papel higiénico (artículo de lujo, hoy) que se disponen en lineales para satisfacer el elígeme a mí primero. La necesidad primitiva de compra, del consumo sin más. ¿Compulsivo?

Más piezas expuestas en Food Obsession.

Lo que compramos, preparamos, cocinamos si se da el caso son un fiel reflejo de sociedad actual, de sus dimes y diretes, su mayor interés por una cosa u otra, al igual que el Arte en perspectiva que digerimos, fresco o al vacío, cada uno a la medida de su bolsillo, acorde a su personalidad, nunca de igual manera y ganas, el precio condiciona.

Lleno de brillo y fantasía, que bajo el epígrafe de “Alimentos para el alma”, para verdaderos héroes de hoy, quizá los coleccionistas, han escenificado Lusesita y Sergio Mora. El Arte visto como producto gourmet, o también de oferta de marca blanca. Un juego de percepción que apela al consumo artístico de primera, o simples sucedáneos, en el cercano y concurrido súper de la esquina, contexto artístico, hecho ahora galería comestible.

En tiempos convulsos, ¿se puede morir de Arte? En comparación con el hambre, la gente se desprende de lo innecesario, pero no es este caso, que significa algo tan básico como la supervivencia humana que se alimenta de la creatividad. ¿Pero a qué precio? Asistimos a una verdadera catarsis a través de un consumo individual que cada vez se manifiesta más difícil, a juzgar por el valor tamizado de la inflación, traducida en calidad, de las obras que nos retrotraen y alimentan nuestro espíritu artístico más insaciable.

César Serna

Datos útiles

Food Obsession y Supermercado mágico; de brillo y fantasía

Galería Gärna

Calle Jorge Juan, 12, callejón (Madrid)

Hasta el 8 de enero de 2023

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