El Prado expone la única naturaleza muerta firmada y fechada de Zurbarán

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El Museo del Prado expone en la sala 10 A, hasta el 30 de junio, Bodegón con cidras, naranjas y rosa, la única naturaleza muerta firmada y fechada de Zurbarán, procedente del Norton Simon Museum. Se trata una de las obras capitales en la historia de este género en Europa y su descubrimiento en la década de 1920 permitió avanzar en el proceso de reconstrucción del catálogo del pintor.

Imagen del Bodegón con cidras, naranjas y rosa en la sala 10 A del Museo Nacional del Prado. Foto © Museo Nacional del Prado. 

El préstamo de esta obra se inscribe en el programa La obra invitada, una actividad patrocinada por la Fundación Amigos del Museo del Prado desde 2010 para enriquecer la visita al Museo y establecer un término de comparación que permita reflexionar sobre las propias pinturas del Prado.

Sobre una mesa, y ante un fondo oscuro, se disponen un plato de metal con varias cidras, una cesta con naranjas, con sus hojas y sus flores de azahar, y otro plato metálico sobre el que descansan una taza y una rosa. Fechada en 1633, es la única naturaleza muerta firmada por Zurbarán, y una de las obras maestras en la historia de este género en Europa. Algunos de sus elementos, como la taza con la rosa, aparecen en otras obras del pintor, que a lo largo de su carrera prodigó los detalles de naturaleza muerta en sus composiciones religiosas. Sin embargo, son muy escasos sus bodegones independientes.

Bodegón con cidras, naranjas y rosa, por Francisco de Zurbarán (1598-1664). Óleo sobre lienzo. 62,2 x 109,5 cm, 1633, Pasadena, Ca., The Norton Simon Foundation.

La extraordinaria fama que ha adquirido esta obra desde que se dio a conocer en la década de 1920 se debe al uso maestro de la escala por parte de Zurbarán, a su extraordinaria precisión descriptiva y a sus valores compositivos. Los objetos invaden buena parte de la superficie pictórica, se disponen en tres planos ligeramente diferenciados y una luz lateral muy selectiva los arranca de las sombras y contribuye a definir nítidamente sus volúmenes y a transmitir sus texturas. El riguroso orden que impera, la presencia tan individualizada de todos los objetos, el uso tan dirigido de la iluminación y la oscuridad del fondo dan lugar a una obra a la vez silenciosa, delicada y solemne, que explica por qué durante muchas décadas apenas haya habido autores que no hayan sugerido la posibilidad de que encierre un contenido sagrado.

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