Renacimiento Urbano pone en valor el talento femenino emergente

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La colaboración entre RENACIMIENTO URBANO y Descubrir el Arte surge como un espacio de cruce: una sección desde la que desplazar la mirada hacia aquello que normalmente queda fuera de plano. Queremos conocer el arte desde los procesos, las decisiones invisibles o las relaciones que sostienen cada proyecto. A través de conversaciones con mujeres que forman parte activa de la industria iremos trazando un recorrido por esa dimensión “oculta” del arte: aprendiendo, cuestionando y desvelando las lógicas que configuran el presente cultural.

Esta sección propone respuestas abiertas y un espacio de exploración compartida. Una forma de entrar en el sistema desde dentro, de entender cómo se construye, quién lo sostiene y qué posibilidades existen de transformarlo. RENACIMIENTO URBANO llega a Descubrir el Arte para abrir una grieta desde la que mirar el mundo del arte con otros ojos. 

En un estudio compartido en Madrid, una artista firma su primer contrato con una galería. No hay solemnidad en el gesto: una mesa improvisada, un documento impreso, un bolígrafo de propaganda y la sensación de que algo importante está ocurriendo. Lo que sí hay, aunque no siempre se perciba, son dudas. ¿Qué está cediendo exactamente? ¿Qué derechos conserva sobre su obra? ¿Qué pasará con las imágenes que empezarán a circular en redes, ferias o catálogos? A veces ese contrato implica una exclusividad que no se comprende del todo. O una cesión de derechos que se extiende más allá de lo previsto. A veces no hay contrato, solo un acuerdo verbal. Y ahí, en ese margen difuso, es donde empiezan muchos de los problemas.

En el relato habitual del arte, estos momentos no suelen aparecer. Miramos la exposición terminada, la obra ya colgada, el reconocimiento que llega después. Sin embargo, la carrera de muchos artistas comienza antes, en un territorio menos visible donde conviven intuición, precariedad y decisiones que rara vez se comprenden del todo.

En esos contratos “invisibles” del arte emergente se hacen tangibles las reglas no escritas del campo artístico. Como señalaba Pierre Bourdieu, el arte es un “sistema social” donde cada obra, cada artista y cada institución forman parte de un campo de relaciones marcado por el poder, la competencia y la lucha por la legitimidad. Los contratos, las cesiones de derechos o incluso los acuerdos informales son manifestaciones de esas dinámicas. Nos muestran quién decide qué es valioso, quién ocupa las posiciones de privilegio y cómo se reproducen las jerarquías culturales. Para las artistas que empiezan, cada firma es una primera confrontación con estas estructuras invisibles que determinan qué se ve y qué se reconoce. Aquí nos preguntamos, ¿cómo pueden adentrarse de manera segura en el sistema? ¿Podría llegar a pensarse de otra manera?

El ecosistema artístico contemporáneo, especialmente en su vertiente más emergente, está atravesado por acuerdos informales, aprendizajes sobre la marcha y una constante negociación entre lo creativo y lo estructural. Talleres compartidos, espacios autogestionados, galerías jóvenes, revistas independientes o ferias alternativas conforman una escena dinámica, pero también vulnerable. En ese contexto, el Derecho se convierte en un instrumento clave para equilibrar las fuerzas en el campo artístico y proteger a quienes comienzan. Aquí es donde entra el trabajo de mujeres como Elisabet Albert Pla.

“La mayoría de los artistas empiezan a moverse en el mercado sin tener claro qué están firmando”, explica Elisabet. Su recorrido profesional no parte del arte, sino del Derecho. Lejos de ser dos mundos opuestos, su experiencia le llevó a entender que ambos están profundamente conectados. “El arte necesita del Derecho más de lo que el imaginario colectivo reconoce”, señala. Detrás de cada exposición, cada venta o cada colaboración existen decisiones legales que afectan directamente a la vida de las obras y a las trayectorias de quienes las crean.

Ante esto, ella identifica una constante: la falta de información jurídica dentro del sector, especialmente entre artistas emergentes. “Muchos se mueven en un entorno donde lo legal parece lejano o incluso incómodo. Pero en realidad es lo que les permite crear con seguridad y tomar decisiones informadas”.

Esa distancia entre práctica artística y conocimiento legal no es casual. Durante años, el Derecho se ha percibido como un espacio rígido, asociado al conflicto o al problema. Sin embargo, el enfoque de mujeres como Elisabet propone una lectura distinta: entenderlo como una herramienta de acompañamiento. “El Derecho no debería ser un último recurso, sino una estructura que sostiene el proceso creativo”, afirma. “No está para limitar, sino para equilibrar y proteger”.

Entrada a la Galería Nueva, calle Valencia, 17, Madrid, que acoge el proyecto Un jardín: seis pulsiones, comisariado por Pla Art Agency.

En el contexto actual, esa necesidad se vuelve especialmente evidente. El mercado del arte emergente se caracteriza por su dinamismo, pero también por su inestabilidad. La visibilidad se construye cada vez más en un entorno digital, las colaboraciones se multiplican y las formas de representación se flexibilizan. Sin embargo, esta apertura convive con una falta de estructura que puede afectar al desarrollo de las carreras. “Es un momento de cambio de paradigma. Hay nuevas formas de trabajar, nuevas agencias, nuevas relaciones. Pero también sigue existiendo una gran falta de base profesional en las primeras etapas”, sostiene.

Esa falta de estructura se traduce, en muchos casos, en situaciones de vulnerabilidad. Especialmente cuando entran en juego relaciones asimétricas donde una de las partes cuenta con menos información, experiencia o capacidad de negociación. “El sistema no protege lo suficiente a los artistas jóvenes. Muchas veces aceptan condiciones que no son equilibradas, no por mala fe, sino por desconocimiento o necesidad”, reconoce.

Contratos, cesiones de derechos, condiciones de representación… lejos de ser trámites secundarios, estos elementos configuran el marco en el que se desarrolla una carrera artística. Formalizarlos no limita la relación, la fortalece. Su propuesta de trabajo se centra exactamente en esto. Establecer acuerdos claros, transparentes y justos. “Una relación sana se basa en la confianza, pero también en la claridad”, señala.

Elisabet considera que aquí el papel de las galerías es fundamental. No solo como espacios de visibilidad, sino como agentes responsables dentro de esta estructura, y sostiene que deberían ser las “aliadas estratégicas” del artista, tanto en promoción como en protección.

Al mismo tiempo, el contexto digital introduce nuevos desafíos. La facilidad con la que las imágenes circulan, se reproducen o se reutilizan plantea cuestiones urgentes en torno a la propiedad intelectual. “El entorno digital ha abierto muchas oportunidades, pero también riesgos importantes. Hoy más que nunca es clave que los artistas conozcan y protejan sus derechos”, advierte.

En paralelo, los espacios alternativos continúan desempeñando un papel clave dentro de la escena emergente. Lugares de experimentación, visibilidad y acceso que, sin embargo, a menudo operan con menos recursos y estructura. “Son fundamentales para que las obras se muevan y lleguen a más gente. Pero también es importante profesionalizarlos y establecer acuerdos claros que protejan a todas las partes”, explica.

En el fondo, muchas de estas tensiones responden a una misma cuestión: la falta de transparencia en el sistema. “Sigue siendo un entorno con muchas normas no escritas. Abrir esas estructuras, hacerlas más accesibles y claras sería un cambio fundamental”. Porque como apunta Elisabet, el problema no es únicamente jurídico, sino estructural. El mundo del arte siempre ha convivido con una cierta romantización de la precariedad que ha normalizado las condiciones inestables para quienes empiezan. Frente a esa realidad, su tarea es intentar traducir, ordenar y dar forma a un sistema que muchas veces se aprende sobre la marcha.

Renacimiento Urbano nace como una iniciativa editorial independiente que busca conocer el arte desde los procesos, las decisiones invisibles o las relaciones que sostienen cada proyecto.

“El talento es fundamental, pero no suficiente. También hacen falta herramientas, estrategia y acompañamiento”, asegura Elisabet. Acompañar, en este caso, no significa dirigir, sino ofrecer lo necesario para que cada artista pueda construir su propio camino con mayor conciencia. En un ecosistema donde todo parece moverse rápido, pararse a comprender las reglas del juego puede marcar la diferencia.

Frente a la mirada de Bourdieu con la que iniciábamos, encontramos la perspectiva que ofrece Howard Becker. Para él, el arte surge de redes de cooperación, de la colaboración entre múltiples agentes que sostienen la creación y la circulación del arte. Aquí el foco está en el trabajo colectivo, la coordinación y la cooperación. Este enfoque nos conecta de manera muy concreta con el trabajo de Elisabet, que busca repensar el campo artístico como un espacio más colaborativo, amable y comunitario. Su labor muestra cómo es posible reconfigurar las relaciones dentro del arte, transformando un campo que refleja la industria en un motor de comunidad y cooperación: “Creo que es muy necesario alzar la voz y dejar atrás muchas practicas preestablecidas que dañan la imagen del sector”.

Porque si algo atraviesa todas esas cuestiones es una idea clara: el arte no puede seguir justificándose desde la precariedad. Empezar a nombrar, entender y estructurar lo que lo sostiene es, quizá, una de las formas más urgentes de transformarlo. No todas las artistas parten del mismo lugar. Tener acceso a información, asesoramiento o redes de apoyo sigue marcando una diferencia estructural en quién puede sostener una carrera artística y quién queda fuera.

Reivindicar el papel de figuras como Elisabet Albert Pla es fundamental para acercarnos a quienes construyen, sostienen y acompañan desde los márgenes. Porque si el arte quiere ser un espacio verdaderamente crítico, también debe ser capaz de revisar las condiciones en las que se produce no solo para ampliar el relato, sino para abrir la posibilidad de imaginarlo de otra manera.

Elisabet Albert Pla, formada en Ciencias Políticas y Derecho, inició su carrera profesional como abogada en distintos despachos de Barcelona y Madrid, donde desarrolló su experiencia dentro del ámbito jurídico tradicional. Durante esos años aprendió a moverse dentro de las estructuras legales que regulan sectores muy diversos, pero con el tiempo comenzó a sentir que su vocación se encontraba en otro lugar: el cruce entre el Derecho y el arte.

Esa inquietud la llevó a tomar una decisión que cambiaría el rumbo de su trayectoria profesional. Se trasladó a Madrid para especializarse en Derecho del Mercado del Arte en la Universidad Carlos III, un campo relativamente reciente dentro de la práctica jurídica que explora las particularidades legales que atraviesan la producción, circulación y comercialización de las obras artísticas. En ese contexto fundó PLA ART AGENCY, una agencia con sede en Madrid y Barcelona que combina asesoramiento legal especializado con una visión estratégica del mercado del arte. Nace para cubrir una carencia estructural del sector: la falta de apoyo jurídico para artistas, galerías y coleccionistas en cuestiones clave como contratos, derechos de autor o gestión de obra.

Con un enfoque personalizado, la agencia acompaña el desarrollo de carreras artísticas, facilita la intermediación en compraventa y promueve nuevas formas de colaboración, situando al artista en el centro y apostando por un modelo más accesible, profesionalizado y sostenible dentro del ecosistema artístico contemporáneo. 

Eva Arenas Expósito

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