Pablo Gargallo, “el hojalatero”

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Esculturas en cobre, mármol, bronce, así como dibujos, acuarelas y el magnífico pastel La segadora forman parte de la exposición La invención y la permanencia en la galería Leandro Navarro. Formado en el academicismo, su trabajo alternó sinultáneamente entre dos estilos muy diferentes, el Noucentisme catalán y el vanguardista. Hasta el 5 de marzo.

Pablo Gargallo (Maella,1881-Reus, 1934) ha sido uno de los escultores más trascendentales e innovadores del siglo XX y una de las figuras más significativas de la vanguardia española e internacional. Formado en el academicismo, su trabajo alternó simultáneamente entre dos estilos muy diferentes, el Noucentisme catalán (fue creador y profesor de l’Escola Superior dels Bells Oficis de Barcelona, alternativa a la clasicista Llotja) y el vanguardista, que conoce en París en 1903.

Sobre estas líneas, “La segadora”, h. 1932, pastel sobre papel Canson, 54.5 x 65 cm. Arriba, “La main à la pipeP”, 1920, bronce, ejemplar EA 2/3 de una edición de 7 ejemplares + 3 EA, 24,3 x 15 x 13,5 cm. Todas las obras, cortesía de la galería Leandro Navarro.

Sobre estas líneas, “La segadora”, h. 1932, pastel sobre papel Canson, 54.5 x 65 cm. Arriba, “La main à la pipeP”, 1920, bronce, ejemplar EA 2/3 de una edición de 7 ejemplares + 3 EA, 24,3 x 15 x 13,5 cm. Todas las obras, cortesía de la galería Leandro Navarro.

Durante su segunda estancia en esta ciudad (1907), Gargallo se hospeda en el estudio de Picaso, el Bateau-Lavoir. “Seguramente los dos jóvenes pasan la velada conversando sobre arte y el joven pintor defiende ideas extremadamente innovadoras. Gargallo se muestra profundamente impresionado por el cuadro Las señoritas de Avignon y los múltiples estudios preparatorios esparcidos por el estudio”, explica Jean Anguera, nieto de Gargallo. Una impresión que le cala tan profundamente, que siente la necesidad de ser partícipe de esta nueva visión del arte y ese mismo año, antes de regresar a Barcelona, moldea directamente su primera escultura en metal, y aunque “es una pieza modesta, a los ojos del joven escultor será portadora de un futuro insospechado”, afirma Jean Anguera en el catálogo de esta exposición.

En 1912 vuelve a París y alquila un estudio en el callejón Blomet, cerca del barrio de Montparnasse, donde realiza algunas de sus primeras obras en metal, unas máscaras que cuelga de las paredes o sobre paneles enmarcados, unas piezas modestas, frágiles, que Gargallo realiza con una técnica un poco rudimentaria y por las que será apodado con amigable sorna por los artistas cercanos a su estudio, “el hojalatero”.

“Cantante callejera", 1915, cobre, pieza única, 32 x 24 x 10.5 cm.

“Cantante callejera”, 1915, cobre, pieza única, 32 x 24 x 10.5 cm.

Sin embargo, “el joven escultor se obstina en continuar con su proceso, además su máscara Joven de pelo rizado (1911), realizada poco antes de marcharse a París, ponía ya de manifiesto una habilidad excepcional. A pesar de su sobriedad representa ya una extrema sensibilidad, gran delicadeza y un perfecto equilibrio de los medios, así como el uso con propiedad del metal en el perfilado del rostro y en las aperturas de los ojos calculadas con esmero, en la fisura tenue de la boca delimitada por unos labios tan ligeramente orlados y en la sorprendente interioridad de esta obra sin espesor”, comenta Anguera.

En 1915, Gargallo consigue su primera gran escultura “modelada” directamente en metal: la Cantante callejera, un rostro que para Anguera “es todo canto, todo sonido (…). Contiene la intensidad del vacío de la boca, la movilidad de los ojos desorbitados, de pupilas como dos cuencos en hueco, que recogen y reenvían la mirada y la luz de forma intrigante”.

"Retrato de Ángel Fernández Soto", 1920, bronce, ejemplar 3/7 de una edición de 7 ejemplares + 3 EA, 30,5 x 18,5 x 23,5 cm.

“Retrato de Ángel Fernández Soto”, 1920, bronce, ejemplar 3/7 de una edición de 7 ejemplares + 3 EA, 30,5 x 18,5 x 23,5 cm.

Durante los tres años que estuvo en París se dedicó casi en exclusividad al trabajo en metal, aunque más tarde se moverá incesantemente entre la escultura en metal y otros materiales más convencionales. Gargallo practica ambos porque piensa que se enriquecen mutuamente, lo importante para él es conseguir el máximo desarrollo en cada obra, independientemente del material. A partir de 1932 combinará lo que ambos le aportan en una misma representación.

Cantante callejera, junto a Joven de pelo rizado (1911) o Autorretrato (1927), están presentes en la exposición de la galería Leandro Navarro y también varias obras de bulto redondo, que aunque clasificadas como de factura “clásica”, introducen al espectador más lentamente por la vía de la renovación.

“Torso de gitano”, 1924, bronce, ejemplar EA 1/3, fundidor Coubertin, 71 x 24.2 x 22 cm.

“Torso de gitano”, 1924, bronce, ejemplar EA 1/3, fundidor Coubertin, 71 x 24.2 x 22 cm.

Una renovación que en el caso de Gargallo destaca por la expresión del vacío, “esa libertad de ser o no ser y esa capacidad de presencia de la forma plena. Los huecos que practica en la materia nos conducen hacia una nueva lectura de la representación, hacia lo que Magritte llamará ‘la traición de las imágenes’ que es aquello que Gargallo siempre nos ha dejado traslucir en sus esculturas, esa capacidad, que le pertenece al arte, de denunciar las ilusiones de lo real”, añade Anguera.

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