Giacometti dialoga con los grandes maestros del Prado

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En el marco de las celebraciones del bicentenario de la pinacoteca nacional, veinte piezas del artista suizo dialogan con las de los grandes maestros de la galería central del museo, Velázquez, el Greco, Tintoretto o Ribera. Comisariada por Carmen Giménez, esta exposición está centrada en la atemporalidad de la figura humana como modelo de representación para el arte de todos los tiempos. El creador, aunque nunca viajó a España, asistió en 1939 a la exposición Chefs-d’oeuvre du Musée du Prado en Ginebra, donde habían sido trasladadas gran parte de sus colecciones durante la Guerra Civil. Hasta el 7 de junio

Dentro del marco de la celebración del Bicentenario del Museo del Prado, y con la colaboración de la Comunidad de Madrid y la Fundación Beyeler y el apoyo de la Embajada de Suiza y el Grupo Mirabaud (que también cumple doscientos años), la pinacoteca nacional dedica una pequeña y singular exposición a Giacometti, uno de los creadores más influyentes del siglo XX, centrada en el periodo que va de 1945 a 1966 y, por tanto, en la figura humana, el objeto principal de sus inquietudes artísticas en esos años.

Sobre estas líneas, sala de la exposición, Mujer de pie, de Giacometti, junto a las obras del Greco. Arriba, conjunto de figuras que conforma La Piazza Mujer alta III, Mujer alta IV, Cabeza grande y Hombre que camina– en la sala de Las meninas de Velázquez. Ambas fotos: © Alberto Giacometti Estate / VEGAP, Madrid, 2019. Foto © Museo Nacional del Prado.

Uno de los fenómenos más llamativos en los doscientos años transcurridos desde la apertura del Museo del Prado ha sido su progresiva conversión en lugar de peregrinaje de los artistas de vanguardia. De Courbet a Bacon, pasando por Manet, Degas, Whistler o Picasso, su visita a la pinacoteca marcó un antes y un después en su trayectoria artística. Ha habido, no obstante, destacadas ausencias, y quizás ninguna tan notoria como la de Giacometti, un artista que concebía el arte como un único y simultáneo lugar de confluencia del tiempo pasado y presente, y, sus creaciones avalan hoy aquí la atemporalidad de la figura humana como modelo de representación para el arte de todos los tiempos.

El carro, por Alberto Giacometti, 1950, bronce, patinado en oro, sobre pedestales pintados de negro, Zúrich, Kunsthaus Zürich, Alberto Giacometti-Stiftung, 1965 © Alberto Giacometti Estate / VEGAP, Madrid, 2019.

Hijo de un destacado autor posimpresionista suizo, Alberto Giacometti (Borgonovo, 1901-Chur, 1966) empezó a dibujar con avidez desde niño y a realizar, en la mayoría de los casos a partir de reproducciones, copias no solo de los maestros antiguos, sino del arte de todos los tiempos y culturas. Continuó esta labor durante su formación en París, ciudad a la que se trasladó en 1922, y a lo largo de toda su vida, como atestiguan sus cuadernos.

El carro de Giacometti junto a Carlos V en la batalla de Mühlberg de Tiziano. Imagen de las salas de exposición © Alberto Giacometti Estate / VEGAP, Madrid, 2019. Foto © Museo Nacional del Prado.

Alrededor de 1930, Giacometti se adhirió al movimiento surrealista, sustituyendo progresivamente en su obra “lo real por lo imaginario”. No será hasta 1934 cuando vuelva a servirse de un modelo en sus composiciones, lo que desembocará en su ruptura con el surrealismo. Este empeño por “reflejar” lo real lo aisló en cierta forma del arte de su tiempo y lo vinculó inexorablemente al pasado.

Es fundamentalmente a partir de 1945 y hasta su muerte en 1966 cuando su práctica se centra en la representación de la figura humana, sobre todo de sus seres más cercanos, y se observa en su obra una búsqueda infatigable de lo real que pretende trascender la apariencia meramente superficial de sus modelos. Una obsesión que se hace más patente todavía en la radicalidad de sus retratos posteriores a la Segunda Guerra Mundial, cuya terrible experiencia influyó definitivamente al artista, como demuestran las obras reunidas en esta muestra. Para la comisaria, Carmen Giménez, “ese giro a la figuración estuvo influido por el existencialismo de Jean Paul Sartre y los horrores de la guerra y el Holocausto, y fue precisamente Sartre quien “definió a Giacometti como el artista existencialista perfecto, a mitad de camino entre la nada y el ser”. El intelectual francés comentaba de sus figuras descarnadas, despojadas de toda materia superflua que “a primera vista parecen mártires consumidos salidos del campo de concentración de Buchenwald. Pero poco después se abre paso hacia un concepto distinto: esas naturalezas delgadas y finas se elevan al cielo”.

Hombre andando II, por Alberto Giacometti, 1960 (4/6) , bronce, Riehen/Basilea, Fondation Beyeler, Beyeler Collection © Alberto Giacometti Estate / VEGAP, Madrid, 2019.

Las 20 obras expuestas –18 esculturas y 2 óleos– proceden de colecciones de la Fundación Beyeler, Riehen/Basilea, Alberto Giacometti-Stiftung Zurich, Kunstmuseum Basilea, Louisiana Museum of Modern Art, Humlebaek, Dinamarca, Alicia Koplowitz (coleccionista y miembro del Real Patronato del Museo Nacional del Prado), la Fundación Marguerite et Aimé Maeght de Saint-Paul-de-Vence, la Hamburger Kunsthalle, Hamburgo, y el Museo de Bellas Artes de Houston.

El recorrido arranca en la sala de Las meninas de Velázquez, donde el conjunto de figuras que conforma La Piazza Mujer alta III, Mujer alta IV, Cabeza grande y Hombre que camina–, ideado inicialmente en 1958 como un proyecto de escultura monumental en Nueva York que no llegó a materializarse, prolongan, aún más si cabe, el juego de espejos propuesto por el pintor barroco.

Mujer grande IV, por Alberto Giacometti, 1960 (3/6), bronce, Riehen/Basilea, Fondation Beyeler, Beyeler Collection © Alberto Giacometti Estate / VEGAP, Madrid, 2019.

Frente al Carlos V en la batalla de Mühlberg de Tiziano se sitúa El carro: una mujer, encaramada sobre dos ruedas gigantes, suspendida en equilibrio entre el movimiento y la quietud, el avance y la retirada, y dos pinturas entre las que encontramos Cabeza de hombre I (Diego), obra en la que capta en 1964 a su hermano Diego, quien posó para él a lo largo de toda su vida. Próximas al casi cinematográfico espacio del Lavatorio de Tintoretto, siete Mujeres de Venecia, pertenecientes a la serie de esculturas presentadas en la Bienal de Venecia de 1956 en el Pabellón francés y una de sus obras cumbre, dirigen su mirada hacia las salas de la obra del Greco, donde Mujer de pie manifiesta unos evidentes paralelismos formales en su verticalidad y alargamiento con la obra del pintor cretense. Ante los cuerpos colosales representados por Zurbarán en su serie de Hércules, contrasta La pierna, producto quizá de una realidad ya definitivamente fragmentada después de la Segunda Guerra Mundial.

La exposición recuerda que la obra de este artista único, gran dibujante, pintor y escultor, le debe tanto a la historia de la pintura como a la de la escultura y corrobora que los precedentes esenciales de su obra se encuentran también en la pintura barroca italiana y española.

Mujer de pie, por Alberto Giacometti, 1948-49 (fundición 1952-53), latón, Hamburgo, Hamburger Kunsthalle © Alberto Giacometti Estate / VEGAP, Madrid, 2019.

 

 

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