Joaquín Sorolla: de Londres a Londres

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Más de cien años después de su estancia en 1908, el pintor valenciano vuelve a la capital del Reino Unido con una antológica, compuesta por sesenta cuadros de gran nivel, que analiza todas las etapas de su trayectoria artística y todos los géneros pictóricos que abordó. Por primera vez se muestran juntas todas sus grandes obras de temática social. Hasta el 7 de julio. Además, Ediciones El Viso ha publicado Jardines, un libro dirigido por su nieta, Blanca Pons Sorolla

Joaquín Sorolla y Bastida (Valencia, 1863-Cercedilla, Madrid, 1923 ) expuso por primera vez en Londres en 1908, en las Grafton Galleries, y aunque la experiencia fue a largo plazo positiva porque allí conoció a Archer M. Huntington, fundador de la Hispanic Society de Nueva York, quien le haría los encargos más importantes de su carrera, fue un fracaso en cuanto a ventas. Sin embargo, más de un siglo después, la capital británica se ha rendido, ahora sí, al pintor valenciano, y la exposición Sorolla: el maestro español de la luz, en la National Gallery, se ha convertido desde su inauguración en un verdadero acontecimiento y ha cosechado un rotundo éxito de crítica y público, con largas colas para contemplar la excelente selección de cuadros del pintor que se ha reunido para esta antológica, entre ellos todas sus grandes obras de temática social, algo que nunca había sucedido hasta ahora. Una exposición que ha cambiado la idea que tenía el público británico de que no hubo pintores de importancia entre Goya y Picasso.

Sobre estas líneas Madre, 1895-1900, óleo sobre lienzo, 125 x 160 cm, Madrid, Museo Sorolla. Arriba, Joven pescador, Valencia, 1904, óleo sobre lienzo, 75 x 104 cm, colección particular (foto: Laura Cohen). Todas las obras del atículo de Joaquín Sorolla.

Muchos de los cuadros que se exhiben provienen de España, sobre todo del Museo Sorolla de Madrid, entre ellos los retratos de su familia, que indican una vida hogareña íntima y feliz, aunque el de su esposa, Clotilde García del Castillo, vestida con un traje negro, ha sido prestado por el Metropolitan Museum of Art de Nueva York. Y, precisamente, la exposición londinense arranca amablemente presentando a Sorolla en su ambiente doméstico, con los retratos de su mujer y sus hijos junto a su propio autorretrato y una somera representación de su jardín. De estas obras, quizá uno de los más conmovedores sea el titulado Madre (1895-1900), un óleo, ya lanzado a un nuevo género de pintura, en el que Clotilde, acostada y tapada con un lujoso ropaje de cama blanco, extiende una mano hacia su hijo recién nacido.

Desnudo de mujer, 1902, óleo sobre lienzo, 106 × 186 cm, colección particular (foto: Joaquín Cortés).

En palabras de Consuelo Luca de Tena, directora del Museo Sorolla y autora del extenso artículo que publicamos en nuestra revista de mayo (número 243), “este apartado sumerge ya al visitante en el personaje y en las bases artísticas de las que arrancó Sorolla, con las referencias de Velázquez y Goya dando peso a sus retratos formales, como el de María con mantilla (1910), directa alusión al retrato de la duquesa de Alba del maestro de Fuendetodos y que Sorolla había visto en la Hispanic Society, o Desnudo de mujer (1902, colección particular), homenaje a la Venus del espejo de Velázquez (h. 1467-51, Londres, National Gallery)”, un retrato del cuerpo de su mujer Clotilde, que de espaldas y boca abajo mira ensimismada su mano.

¡Aún dicen que el pescado es caro!, 1894, óleo sobre lienzo, 151,5 x 204 cm, Madrid, Museo del Prado.

El siguiente apartado está dedicado al “hombre público, al artista que aspira a ser reconocido internacionalmente a través de los certámenes importantes, a los grandes formatos y los temas sociales que le dieron premios y fama. El pintor no rehúye la crudeza de ciertas realidades, como ¡Otra margarita! (1892), la infanticida que mató al hijo de su amor ilegítimo; ¡Aún dicen que el pescado es caro! (1894), el joven pescador herido accidentalmente en su duro trabajo (una obra que puede estar inspirada en El albañil herido de Goya pero que recuerda también escenas del descendimiento de Cristo de la Cruz), o ¡Triste herencia! (1889), el baño de los niños lisiados por la poliomielitis del hospital de San Juan de Dios, sobre el fondo de un mar ominoso por su oscuridad”, añade Luca de Tena. Con este óleo, Sorolla consiguió el Grand Prix en la Exposición Universal de París de 1900 y, al año siguiente, una medalla en la Exposición Nacional de Madrid. Además, se exhiben dos estudios preparatorios de esta obra, uno de ellos regalado por Sorolla al pintor norteamericano John Singer Sargent, y que siguen hoy en colecciones privadas.

¡Otra Margarita!, 1892, óleo sobre lienzo, 129.5 x 198.1 cm, Mildred Lane Kemper Art Museum, Washington University in St. Louis. Gift of Charles Nagel, Sr., 1894 © Mildred Lane Kemper Art Museum, Washington University in St. Louis.

Hay que resaltar que para ¡Otra margarita! (el título hace referencia a la ópera Fausto de Charles Gounod, cuya protagonista muere en el cadalso por el mismo delito), el pintor colocó literalmente a su esposa en un vagón de tercera clase, a su lado, un hatillo de ropas y, en el banco de madera de atrás, a una pareja de la guardia civil con sendos fusiles, la mujer tiene una expresión de gran abatimiento y tristeza.

De talante muy diferente y que habla del carácter optimista de Sorolla, La vuelta de la pesca (1894), una escena de trabajo donde la “dureza de la pesca queda mitigada por la belleza de las aguas y la serenidad de la luz”, explica Luca de Tena. Y, finalmente, el color estalla en Cosiendo la vela (1896), en el que el pintor representa a toda una familia de pescadores, mujeres y hombres, en medio de flores y árboles, con el mar al fondo, mientras cosen una gran vela. Esta obra, rebosante de luz y felicidad, y en la que el trabajo se transforma en alegría de la compañía y la animada conversación debajo de un emparrado, es un hito en el trabajo del pintor y que marca el comienzo de su “orientación hacia temas más intrascendentes de una vida cotidiana bendecida por el sol”, añade Luca de Tena.

Cosiendo la vela, 1896, óleo sobre lienzo, 220 x 302 cm, Venecia, Ca’ Pesaro – International Gallery of Modern Art.

Y, por fin, los mares y las playas, con obras donde Sorolla pintó el mar: rutilante y cegador como en Mediodía en la playa de Valencia (1904); luminoso, vibrante de malvas y turquesas, caso de Pescador, Valencia (1904), o profundo, oscuro, transparente, como el mar de Jávea en varias obras de 1905. Y también, Corriendo por la playa, con una clara intención evocadora de un mundo helénico ideal, fruto de las visitas del pintor a los museos londinenses, como las obras de Fidias en el British Museum; una alusión clásica que tiene su apoteosis en Después del baño o La bata rosa (1916), un cuadro que es un “compendio de todas las formas de la luz que el pintor es capaz de pintar”, añade Luca de Tena.

Después del baño o La bata rosa, 1916, óleo sobre lienzo, 208 x 125,5 cm, Madrid, Museo Sorolla.

En otra de las salas de esta exposición se exhibe una selección de obras de Visión de España, que Sorolla realizó por encargo de Archer Milton Huntington para la biblioteca de la Hispanic Society of America, y que el pintor llevó a cabo entre 1911 y 1919 en sucesivos viajes por la geografía española.

La antológica finaliza con los apartados Paisajes y jardines, con obras como Rompeolas de San Sebastián (1918), y visiones del mar como Los contrabandistas (1919), y Out in the Sunlight, un conjunto de retratos pintados a aire libre, como Sorolla siempre prefirió, y que en muchos casos vuelve a ser su familia la que aparece representada en estas obras, como Paseo a orillas del mar (1909), Mi mujer y mis hijas en el jardín (1909) o La siesta.

Rompeolas de San Sebastián, 1918, óleo sobre lienzo, 81 x 104,5 cm, Madrid, Museo Sorolla.

Michael ALPERT

Esencias del jardín

Claude Monet definió a Sorolla como “el maestro de la luz”, y al igual que el pintor francés plasmó una y otra vez los jardines de su residencia en Giverny, el artista valenciano pintó también con frecuencia los jardines que él mismo diseñó para su casa de Madrid (ahora Museo Sorolla), donde también retrató a su esposa e hijos. Ahora un libro dirigido por su nieta, Blanca Pons Sorolla, reúne una serie de cuadros de los jardines de La Granja, el Alcázar de Sevilla, la Alhambra y los de su residencia familiar, unas obras de colorido exuberante donde la naturaleza convive con los elementos arquitectónicos. En este enlace conseguirás un 15 por ciento de descuento.

Óleo del jardín de la casa del pintor en Madrid, libro Sorolla. Jardnes, Ediciones el Viso.

A continuación, reproducimos un fragmento de la introducción de Blanca Pons Sorolla de este libro.

Para Joaquín Sorolla la pintura lo era todo. Para él pintar era vivir o, como decía Ramón Pérez de Ayala, “era una función vital, como la respiración”. Cuando decía a sus hijos “solo se puede ser feliz siendo pintor”, era su modo de expresar lo que disfrutaba pintando, un goce no exento de sufrimientos por su particular modo de entender el arte, ya que debía pintar al aire libre, directamente, y en el escenario que correspondía. Lo demás le parecía un engaño. Esta fue en buena parte la razón de los numerosos viajes que realizó a lo largo de su vida, en los que con cierta frecuencia no pudo acompañarle la familia. De esas doloro­sas separaciones, durante las que el matrimonio se escribía diariamente para hacer más llevaderas sus soledades, proceden las casi mil cartas del artista, conservadas en el archivo familiar del Museo Sorolla de Madrid, que nos permiten conocer sus sentimientos, gozos, dificultades o preocupaciones mientras pintaba, lo que nos ayuda a entender y disfrutar con sus creaciones.

Jardín de La Alhambra (Granada).

(…) A pesar del empeño del mercado del arte en valorar por encima del resto sus creaciones de obras de playa y mar, hay que decir que Joaquín Soro­lla es mucho más que eso. Además de representar la luz, el color, el movimien­to y las transparencias del mar como nadie, es sin duda el mejor retratista es­pañol de su época, único en los retratos que realiza al aire libre; un paisajista con una capacidad sin igual para reproducir y diferenciar las luces de las diversas regiones españolas y su color de­pendiendo de las horas, y dentro de estas obras merecen especial mención los jardines, uno de los motivos que, como pintor moderno, reproduce con mayor brillantez y sensibilidad.

Otro de los óleos que aparecen en este libro de Ediciones El Viso.

En Sorolla: jardines descubriremos jardines que pin­tó en días fríos o más templados, en días soleados o cubier­tos. Solo le detenía la lluvia, aunque sí aprovechaba los momentos inmediatamente posteriores, en los que plasmaba no solo las sensaciones plásticas que recibía, sino también la magia de esos momentos tan poéticos e incluso nostálgi­cos. Normalmente eran obras alla prima, resueltas en una única sesión, de forma rápida y contundente. Cuando nece­sitaba una nueva sesión para concluirlas, buscaba un mo­mento similar de luz y, por supuesto, las terminaba en la misma franja horaria en la que las había iniciado. A veces ese momento no llegaba y, en esos casos, las pinturas, per­fectamente construidas, acusan una sensación inacabada que les confiere un encanto especial y que también nos muestran su modo de trabajar. El mismo Sorolla explica el sentido de estas obras: “Recuerdos o impresiones y más por el gusto de poder contemplar lo que nos gusta”.

 

El libro está dividido en grandes cinco apartados, Sorolla. Pintor de jardines; De los primeros jardines a la independencia del jardín; Sevilla. El jardín como contrapunto a la arquitectura y la historia, Granada: Sierra Nevada, los patios, los jardines; Jardines de la casa Sorolla: la pasión última del pintor; apéndice, y Otros jardines de Sorolla.

Sorolla. Jardines, Blanca Pons Sorolla (ed.) / Mónica Rodríguez Subirana, Madrid, Ediciones El Viso, 2018, 152 págs., 120 ilustraciones a color, 24 x 28 cm 38 €

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