George Grosz: la ciudad en llamas

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El 6 de julio se cumplen sesenta años del fallecimiento en Berlín de este pintor que combatió en la Primera Guerra Mundial entre 1914 y 1916 en el ejército imperial alemán. Comenzó como caricaturista con una fuerte crítica social y se convirtió en principal protagonista de la Nueva Objetividad. Entre las temas recurrentes de este pintor y agitador que usaba el arte como arma está la representación de los sentimientos humanos en la ciudad moderna durante la guerra y la posguerra, la política y la injusticia social

El universo caminaba enloquecido durante la Primera Guerra Mundial. La ciudad se había convertido en un cúmulo de alboroto y sin sentido. La vida de los ciudadanos se había hecho pedazos y todo era caos y confusión.

Es difícil imaginar que alguien tuviera la energía y la capacidad de mostrar todo aquel dolor, pero George Grosz (Berlín, 1893-1959), que criticó a través de su obra la guerra, la política y la injusticia social, lo consiguió de una manera tremendamente desgarradora y veraz.

Sobre estas líneas, retrato de George Grosz, cortesía de Deutsche Fotothek. Arriba, Explosión, 1917, óleo sobre tabla, 47,8 x 68,2 cm, Nueva York, MoMA. Todas las obras de George Grosz.

Pintor alemán de la época expresionista, George Grosz estudió en la Akademie für Bildende Künste de Dresde entre 1909 y 1911, en la Kunstgewerbeschule de Berlín y, por último, en la Académie Colarossi de París en 1913. En 1914 se alistó en el ejército imperial alemán, donde estuvo hasta 1916, cuando se vio obligado a abandonar por motivos de salud.

Su carrera artística, marcada por un estilo cubista y futurista, comenzó como caricaturista siguiendo una base de fuerte crítica social. Uno de los temas más comunes en su obra fue la representación de los sentimientos humanos en la ciudad moderna durante la Primera Guerra Mundial y en la Alemania de la posguerra. Publicó numerosos dibujos y algunos escritos, que le llevaron en ocasiones frente a la justicia. De 1917 a 1920, empujado por su desencanto hacia la sociedad que le rodeaba, se unió al grupo dadaísta de Berlín y participó junto a Heartfield y Otto Dix en la Erste Internationale Dada-Messe de 1920. Poco después se convertiría en el principal protagonista de la Neue Sachlichkeit (Nueva Objetividad).

Retrato del escritor Max Hermann Neisse, 1927, óleo sobre lienzo, 100 x 101,5 cm, Mannheim, Kunsthalle.

Su obra se caracteriza por una incesante agitación, así como por una fuerte expresividad de sentimientos y colores estridentes. El patetismo que emerge de sus cuadros muestra su gusto por lo grotesco y por lo desagradable. Además, otro de sus rasgos es su capacidad de representar los estados de ánimo y la enfermedad.

La calle

La calle, 1915, óleo sobre lienzo, 45,5 x 35,5 cm, Stuttgart, Staatsgalerie.

La noche estaba ensangrentada y las montañas escarpadas eran como espinas. La ciudad se tambaleaba y se hundía en las tinieblas. Ojos ciegos y enfermizos miraban temerosos a través de las ventanas. Se ocultaban del dolor que expresaban las calles gélidas y sin alma. Rostros desfigurados emergían en cada esquina, como monstruos taciturnos. Las sonrisas eran artificiales pues estaban corrompidas por la guerra y los cuerpos desnudos habían dejado de ser hermosos.

Este cuadro, que alude a la fragmentación futurista, muestra una escena de una calle berlinesa. Ilustra también la objetividad y la simplificación, así como el uso de una paleta de tonos ácidos que enfatiza un ambiente lúgubre y macabro.

Metrópolis

Metrópolis, 1916-17, óleo sobre lienzo. 100 x 102 cm, Madrid, Museo Nacional Thyssen-Bornemisza.

Como corderos degollados que se multiplican de forma matemática, así los ciudadanos se confundían entre ellos, apelotonándose y hundiéndose en sus propias vísceras. Se diferenciaban por sus uniformes o por sus chaquetas raquíticas, pero la muerte estaba ciega. Les había llegado el momento a todos, fueran obreros o trabajadores reputados. Las sombras se extendían cada vez con mayor rapidez dando lugar a un horror vacui (miedo al vacío) angustioso y desestabilizador.

La llegada de la modernidad y los excesos les habían sobrepasado, y el caos era el alimento de cada suspiro. Cegados por la corrupción y la tiranía los habitantes deambulaban intentando acabar con el prójimo. Se daban la espalda y seguían sonriendo con sus mandíbulas desencajadas. El frenesí de la guerra, que pisoteaba cada recodo, había sido generada gracias a una ambición desmedida que había arrastrado a todo el mundo sin tener en cuenta ni edad ni condición social.

En esta obra, Berlín es retratada por Grosz durante la Primera Guerra Mundial. A través de una perspectiva muy forzada y la superposición de las figuras, el pintor alemán logra representar la aceleración de la vida urbana marcada por la destrucción. La pintura, consecuencia de la experiencia devastadora de la que el artista había sido testigo, marca un gusto expresionista al mismo tiempo que cubista y futurista.

El funeral

El funeral, 1917-18. óleo sobre lienzo, 140 x 110 cm, Stuttgart, Staatsgalerie.

Creían que todo había llegado a su fin. La guerra estaba a punto de terminarse y las calles estaban calcinadas de sufrimiento y horror. Las llamas gobernaban la ciudad y ninguna plegaria era capaz de detener su poder de destrucción. Gritos y súplicas se convertían en palabras ahogadas. El fuego les había desfigurado su ser y la fealdad se había adueñado de este arte terriblemente desgarrador y veraz.

El pintor alemán eligió representar en esta obra un cortejo funerario enmarcado en una ciudad urbana moderna ahogada por el infierno. La pintura pretende representar escenas tétricas y enfermizas que recuerdan a la “Danza Macabra” de época medieval.

Muchos criticaron a George Grosz por su manera de expresar este nuevo mundo, pero su valentía le hizo romper aún más con todo el arte que había existido hasta ese momento. Ya nada volvería a ser igual, pues era la primera vez que se sufría una guerra a nivel mundial.

Escena callejera con dibujante

Escena callejera con dibujante, sin fecha, pluma sobre papel, 33,3 X 21,3 cm, Stuttgart, Staatsgalerie.

El sol desaparece en las representaciones de George Grosz, y las estrellas, que simbolizan conchas explosivas, se confunden con las cruces de las tumbas, que se propagan con enorme fuerza. Los pintores que aún sobreviven salen a la calle a pintar el dolor. Lloran sobre el lienzo y lo convierten en un testimonio para que en el futuro comprendamos qué es lo que nunca debería de volver a suceder.

El alcohol era el medicamento de los más desdichados, que utilizaban a la mujer como una marioneta con la que jugaban en momentos de desolación.

Escena callejera con dibujante, un dibujo a lápiz, puede considerarse indirectamente como un autorretrato del artista.

DESPUÉS DE LA GUERRA

Transeúntes

Transeúntes, 1921, impresión offset sobre papel, 35,5 x 25,5 cm, Stuttgart, Staatsgalerie.

Después de la contienda, algunos afortunados se resguardaban de las inclemencias, jugaban a las cartas, bebían y engordaban por segundos. Mientras tanto, algunos seres invisibles no alcanzaban a ver siquiera lo que sucedía en las altas esferas. Sus cuerpos encogidos caminaban sin rumbo, sus entrañas rugían de hambre y la pena se había adueñado de ellos.

Esta impresión offset (proceso similar al de la litografía que consiste en la aplicación de una tinta sobre una plancha metálica) muestra a un conjunto de peatones de diversas edades y profesiones marcados por formas de vida muy diferentes. En esta obra se puede observar una fuerte crítica social.

Los pilares de la sociedad

Los pilares de la sociedad, 1926, óleo sobre lienzo, 200 x 108 cm, Berlín, Nationalgalerie.

La emergencia de pensamientos extremistas corrompió cientos de mentes ansiosas por dar una solución rápida a sus problemas. Sus cerebros se convirtieron en vertederos llenos de ideas desquiciadas y crueles. Era tanto el sufrimiento que habían causado por sus egoístas aspiraciones que se habían deshumanizado hasta los curas. Los soldados eran como máquinas de aniquilar y la crudeza aumentaba por instantes.

Escena callejera

Escena callejera, 1925, óleo sobre lienzo. 81,3 x 61,3 cm, Madrid, Museo Nacional Thyssen-Bornemisza.

La guerra había supuesto para Alemania cinco millones de muertos y un millón de mutilados, por lo que la gran mayoría de la sociedad alemana se vio afectada. Paseando por la ciudad, parecía que las relaciones humanas habían sido sepultadas junto con cualquier atisbo de felicidad. La esperanza era un sueño que tardaría muchos años en volver a surgir.

Saskia GONZÁLEZ VOLGERS

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