Arte “degenerado” y arte de “genio” en el Museo Thyssen

Marc_Sueno.jpg

Coincidiendo con la celebración del centenario del nacimiento del barón Hans Heinrich Thyssen-Bornemisza, el Museo Thyssen de Madrid dedica una exposición al Expresionismo alemán que permite retornar al pasado y revisar el presente a la luz del pretérito imperfecto. Hasta el 14 de marzo.

Más allá de que en este caso concreto sea un homenaje al barón Thyssen-Bornemisza (1921-2002) en el centenario de su nacimiento, elegir de entre las diferentes opciones posibles realizar una exposición, aunque no se pretenda, es un acto ético-político, puesto que se elige un hilo argumentativo y una serie de imágenes en detrimento de otras. Entre los años 60 y 90 del pasado siglo el barón le dio un giro vanguardista a la extraordinaria colección de maestros antiguos de su padre.

La exposición “Expresionismo alemán” en la colección del barón Thyssen-Bornemisza. Museo Thyssen-Bornemisza. Arriba, El sueño, (The Dream), Franz Marc, 1912. Óleo sobre lienzo, 100,5 x 135,5 cm. Museo Nacional Thyssen Bornemisza, Madrid.

Feliz iniciativa del Museo Thyssen-Bornemisza dedicar una exposición al “Expresionismo alemán”, no sólo por el interés artístico que esta corriente de vanguardia puede seguir suscitándonos, sino porque además nos permite retornar al pasado y revisar el presente a la luz del pretérito imperfecto. Hay inquietantes similitudes entre aquellos tiempos y los que vivimos actualmente: crisis sanitaria, laboral, social y económica, crecientes desigualdades, auge de nacionalismos, restricciones, cuando no censuras, en la libertad de expresión, intolerancia hacia la diversidad de ideologías…

Del “Gran Arte Alemán” al “degenerado”

Un día después de inaugurarse en Múnich la exposición “Gran Arte Alemán”, el 19 de julio de 1937 se abrió al público “Arte degenerado”. Mientras que con la primera se intentaba exaltar la pureza del arte ario y nacional socialista, con la segunda se trataba de mostrar la degeneración del arte moderno vinculado a la cultura judía. Ironías del destino, sólo 6 de los 112 artistas “degenerados” eran judíos. En palabras del Ministro de Propaganda, Joseph Goebbels, el arte degenerado “insulta al sentimiento alemán, o destruye o confunde a la forma natural, o simplemente revela una ausencia de aptitud manual o artística adecuada”.

Río mágico (Sueño cruzando el río), Lyonel Feininger, 1937. Óleo sobre lienzo, 36 x 70 cm. Thyssen-Bornemisza Collections.

Ciertamente, el expresionismo no trataba de representar lo que se percibe comúnmente, sino más bien la parte oculta y a veces inaccesible, el mundo interior, resaltando las emociones y sentimientos con esas explosiones de colores característicos de esta corriente, inspirada en Gauguin y Van Gogh, entre otros, por no remontarnos a Goya… En este sentido rompe con el naturalismo.

En cambio, el arte encumbrado por los nazis era eminentemente tradicionalista y nacionalista. Mientras que el nazismo glorificó un neoclasicismo con el fin de presentar una Alemania heredera de la Grecia de la antigüedad, el fascismo italiano enalteció otro neoclasicismo monumental bajo el que se quería resucitar la antigua Roma imperial.

Flores (Flowers), August Macke, , hacia 1913. Acuarela sobre papel, 28,5 x 23,5 cm. Thyssen-Bornemisza Collections.

Curiosamente el nazismo utilizó la filosofía de Nietzsche para “legitimar” sus políticas racistas de la superioridad aria respecto a la judía, cuando la idea de “superhombre” (Uebermensch) está en las antípodas del nacionalismo: “el buen alemán, anotaba, debía desalemanizarse”, es decir, ser cosmopolita, no cosmopaleto. Cada uno elige aquello que le conviene.

He aquí otra anécdota relativa al autor de Más allá del bien y del mal: el nombre del grupo de pintores expresionistas alemanes denominado Die Brücke (El Puente), entre los que se encontraban Kirchner y el controvertido Emil Nolde, fue inspirado por el pensamiento de Nietzsche, que en Así habló Zaratustra escribió: “el hombre es una cuerda, amarrada entre el animal y el Superhombre, una cuerda sobre un abismo (…), es un puente y no un fin”.  

Joven pareja (Young Couple), Emil Nolde, hacia 1931-1935. Acuarela sobre papel, 53,5 x 36,9 cm. Thyssen-Bornemisza Collections.

Paradójicamente, la exposición de “Arte degenerado” atrajo unas cinco veces más público que “Gran Arte Alemán”, de tal modo que fue la muestra de arte moderno más visitada, título que no sé si sigue ostentando. En 1933 los nazis cerraron la Bauhaus; dos años más tarde Hitler ordenó la eliminación de todo arte moderno; y un año más tarde Goebbels prohibió la crítica de arte que no fuera “nazi”. Como es sabido, un Estado Totalitario, en el que no hay división de poderes, intenta controlarlo todo sin que haya disidencias ni pluralidad.

En 1937, un funcionario nazi, delante del Guernica, le preguntó a Picasso, otro “artista degenerado”: “¿Ha hecho usted eso?” A lo que el malagueño respondió: “No, lo ha hecho usted”. Guernica, uno de los iconos del siglo XX, rebate las creencias reaccionarias de que el arte político sólo puede ser desde el realismo socialista y que el arte moderno no puede ser ético-político.

Ironías del destino

Hacia 1961 el barón Hans Heinrich Thyssen-Bornesmisza adquirió una acuarela de Emil Nolde, uno de los máximos exponentes del expresionismo alemán. A partir de entonces fue incrementando su colección de arte expresionista alemán. En declaraciones suyas: “El hecho de que estos artistas hubieran sido oprimidos por el régimen nacional socialista y que su arte hubiera sido etiquetado oficialmente como degenerado fue para mí un incentivo añadido para coleccionarlos”.

Mujer delante de unos abedules (Woman in front of Birch Trees), Ernst Ludwig Kirchner, hacia 1907. Óleo sobre lienzo, 68,5 x 78 cm. Thyssen-Bornemisza Collections.

La historia es más compleja de lo que a menudo imaginamos. A vueltas con las ironías del destino, Nolde fue adscrito a las vanguardias liberales y democráticas porque fue perseguido por el nazismo, pero se sabe que en 1907 expuso junto con los artistas de Die Brücke, a los que posteriormente delató ante las autoridades nazis; que en 1933 redactó por iniciativa propia un plan de “desjudaización” que deseaba presentar a Hitler; que desde 1934 hasta 1945 militó en las filas del nacionalsocialismo. Por algunas de estas razones varias obras suyas que colgaban de la Cancillería de Berlín desde el gobierno del socialdemócrata Helmut Schmidt (1974-1982) fueron devueltas por orden de Merkel.

¿Merece su arte nuestro rechazo por ello? Entonces, ¿no se tendría que rechazar la filosofía de Heidegger, la literatura de Louis-Ferdinand Céline o el cine de Leni Riefenstahl, entre tantos? Para ser un buen artista, ¿es condición indispensable ser una persona responsable con voluntad de buscar en todo momento la verdad? Como indicara el historiador Michael Wolffsohn, “pensar que para ser apreciado como artista hay que tener un expediente ideológico limpio, por así decirlo, es completamente ilusorio. La historia no es sólo unidimensional y esa visión del arte es lo más anti-intelectualista que se me ocurre”.

La Ludwigskirche en Múnich (The Ludwigskirche in Munich), Wassily Kandinsky, 1908. Óleo sobre cartón, 67,3 x 96 cm. Colección Carmen Thyssen-Bornemisza en depósito en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza.

Precisamente ideologías excluyentes que conducen al rechazo de los otros, a la instrumentalización, a los conflictos y a la violencia, como el nazismo, el fascismo o el comunismo, impiden la pluralidad propia de la libertad de expresión

Consumo de masas

En esta época de consumo voraz no sólo los medios de comunicación e intoxicación de masas diseñan “noticias” a la carta para ser consumidas a la medida de los consumidores, estrategia que aumenta todavía más el individualismo y debilita el sentido de comunidad. También el arte “se crea” para ser consumido por unos tipos de consumidores en masas. Esto contribuye a que la práctica artística y la recepción se degenere con creaciones cada vez más complacientes que buscan “likes” de los consumidores y, por consiguiente, confirmar el pensamiento y las creencias de los espectadores o, lo que acaso sea lo mismo, corroborar los prejuicios y las ideologías dominantes, arrastrándonos a polarizaciones que nos dividen.

Ante este desorientador panorama, tengo para mí que sería conveniente recuperar la autonomía del arte a partir de la noción de “genio” de Kant, que a su vez requiere ser criticada y matizada por sus excesos románticos. Como la expresión “autonomía del arte” se presta a equívocos, aquí vamos a entender por ello: 1) el arte, a diferencia de la técnica o del “arte popular”, no sabe a dónde va en su exploración, carece de una finalidad –salvo quizá la de representar aspectos de la condición humana y la historia, así como la búsqueda de la verdad– precisamente por esto puede descubrir nuevas formas, perspectivas, maneras de conocer y comunicar, afectar, sentir, valorar. 2) No hay autonomía del arte sin una dimensión estética, ética y política, por lo tanto, el arte no pretende tanto complacer al consumidor como criticar y cuestionar los poderes opresores, con el fin de seguir emancipándonos.

Metrópolis, George Grosz, 1916-1917. Óleo sobre lienzo, 100 x 102 cm. Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Madrid.

En esta línea Picasso declaró: “Un pintor es un hombre que pinta lo que vende. Un artista, en cambio, es un hombre que vende lo que pinta”. El matiz entre lo uno y lo otro es decisivo. De acuerdo con el filósofo Adorno, aquel que insistía en que debemos educarnos para que no se repita Auschwitz, “el arte es algo social, sobre todo por su oposición a la sociedad, oposición que adquiere sólo cuando se hace autónomo”. Así puede ir dando la ley del arte, de la ética y de la política que están porvenir.

Sebastián GÁMEZ MILLÁN

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

*

scroll to top