Yo también leí el TBO

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En marzo se han cumplido los cien años del primer número de esta “revista infantil de historietas cuyo asunto se desarrolla en series de dibujos”, en palabras de la RAE. Una publicación donde aparecían las historias de personajes como Altamiro de la Cueva, de Carlos Bech y Bernent Toledano; Josechu El Vasco, de Muntañola, o la familia Ulises, de Joaquín Buigas y Benejan

El pasado 17 de marzo se cumplió un siglo de la aparición del primer número del TBO y el centenario me ha hecho evocar los orígenes de mi amor al cómic. La efeméride me ha cogido leyendo El Incal, las aventuras del detective John Difool con guión de Alejandro Jodorowsky y dibujos de Moebius. Siendo esta historieta –considerada la obra maestra del cómic de ciencia ficción y una de los más vendidas de los últimos cuarenta años- tan alucinada como suelen serlo todos los argumentos de Jodorowsky y tan abigarrada como es costumbre en las ilustraciones de Moebius, aquellas viñetas del TBO, comparadas con estas que me ocupan actualmente, se me han antojado ingenuas. Tan ingenuas y entrañables como resultan ser, con el correr del tiempo, los primeros pasos en cuanto nos es querido. Porque lo cierto es que ahora, que mi experiencia como lector de cómics cincuentón me ha llevado a las space opera de los Humanoides Asociados (la agrupación de historietistas surgida en torno a El Incal) las páginas del TBO se me antojan revestidas por esa magia del átomo que sintetiza toda la grandeza del universo.

Primer número del TBO, marzo de 2017.

Uno de los primeros y más caros recuerdos de mi vida es el de cierta pareja de ancianos que, allá por los remotos años sesenta en los que transcurrió mi feliz infancia, vendían tres TBO por un duro al final de las escaleras que daban acceso al andén del suburbano, que se llamaba entonces a la actual línea 10 del metro de Madrid. En aquellas fechas era raro que permitieran a nadie vender nada en el metro. A menudo he pensado que, si a ellos les dejaban hacerlo, se debía a que ése era su único medio para buscarse el sustento.

Para mí fueron mucho más que un par de ancianos cuya estampa conmovía a cualquier corazón sensible: fueron los introductores al universo de Altamiro de la Cueva, de Carlos Bech y Bernent Toledano; Josechu El Vasco, de Muntañola, o la familia Ulises, de Joaquín Buigas y Benejan. Viñetas, todas ellas, en efecto ingenuas. Pero no más que el resto de mi país entonces, a cuyo costumbrismo aludían con ternura y simpatía. Pocos elogios, que no se hayan escrito ya, pueden añadirse a esos tipos corrientes, de trazo fino, de Coll. Mi favorito de todos los dibujantes reunidos en aquella queridísima publicación barcelonesa.

En su edición de 1968, mientras yo aún compraba a esos ancianos mis TBO, la RAE incluyó en su diccionario la voz “tebeo” para designar a la “revista infantil de historietas cuyo asunto se desarrolla en series de dibujos” y ya hacía mucho tiempo que frases como “está más visto que el TBO formaban parte del acervo popular. Y todavía es ahora, que la palabra cómic resulta más elevada para referirse a ese Noveno Arte que es uno de los pilares de mi mitología personal, cuando prefiero llamar “tebeos” a esas amadas viñetas que sigo leyendo con la misma avidez que lo hacía de niño, aunque ya no tenga ni tiempo ni edad.

Dándole vueltas a todo ello, la comparación del TBO con El Incal se me ha figurado tan fuera de lugar como intentar buscar la impronta de los valses vienes en la trigonometría. Si bien es cierto que Los grandes inventos de TBO, por el profesor Franz de Copenhague, originales de Serra Massan, Opisso, Benejam, Tur y Sabatés, entre otros autores, en lo que a fantaciencia se refiere, no van a la zaga de las propuestas de Jodorowsky y Moebius.

Javier MEMBA

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