Julià Mateu: la pintura como necesidad vital

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Una antológica en el Museo Europeo de Arte Moderno (MEAM) de Barcelona revisa la carrera singular de una figura marginal a través de un recorrido exhaustivo de las distintas facetas de este creador que tiene como principal nexo común el interés por el cuerpo y la figura humana. Un total de 164 obras entre pinturas, dibujos y grabados repartidos en trece ámbitos. Hasta el 27 de octubre

Sabemos de sobra que nunca es fácil ser un artista reconocido y aún menos si uno se aventura por caminos que se apartan de las tendencias y las corrientes dominantes de su época. Esto es más o menos lo que le ha ocurrido a Julià Mateu (Barcelona, 1941-Vic, 2016) al que el Museo Europeo de Arte Moderno (MEAM) de Barcelona dedica una antológica de su obra. Pintor y grabador, reivindicó siempre su independencia y casi nunca se sintió realmente en sintonía con los creadores de su generación.

El artista catalán cultivó una figuración que se sitúa en la frontera entre el expresionismo y el realismo fantástico. Algunos de sus referentes son los pintores británicos Francis Bacon y Graham Sutherland pero también los artistas clásicos como Miguel Ángel, Leonardo da Vinci, Rubens y Velázquez. Julià Mateu reivindicó una pintura que nace de la emoción y que en algunos casos puede adquirir una connotación casi visceral. Fundamentalmente, para Juliá Mateu, pintar es un camino que le sirvió para intentar captar la esencia de las cosas, incluso las más anodinas.

Sobre estas líneas, El cultivo de la pintura: las formas que nacen de las manos. Autorretrato, 1987, óleo sobre lienzo, 130 x 162 cm. Arriba, Recuerdo a Picasso, 1981, dibujo a lápiz, 73,5 x 102 cm. Todas las obras por Julià Mateu.

La práctica del arte fue para Julià Mateu su razón de vivir y el verdadero fundamento de su existencia. Desde la infancia quería ser dibujante, fascinado por la lectura de los cómics que devoraba para distraer su soledad de niño enfermizo. Al quedar huérfano de padre a los cuatro años, Julià Mateu (Barcelona, 1941-Vic, 2016) se traslada con su madre a vivir a Ribes de Freser donde se inicia en la pintura de forma autodidacta.

Su maestro de las escuelas de Ribes reconoce su gran talento para el dibujo y le presenta para una beca que finalmente le conceden y se traslada en 1958 a la Casa de Campo de Madrid. Dos años después se instala en Barcelona, donde trabaja en diferentes actividades relacionadas con el diseño, la publicidad y el dibujo; en esta misma ciudad expone por primera vez de manera individual en 1965 y dos años después viaja a Inglaterra, Escocia e Irlanda y muestra su trabajo en diferentes exposiciones en la Ciudad Condal, Girona y Dublín. Entre 1968 y 1971 dirige en Barcelona La Sala d’Art Modern, un sindicato de artistas independientes y galería que había montado junto a sus compañeros José María Guerrero Medina, G. Carbo Berthold, Sarabia, Mario Bedini y la pintora irlandesa Dorothy Molloy, un grupo que compartía el interés por la figuración en una época en la que imperaba el arte abstracto.

El divino Dalí, 1984, dibujo a lápiz, 100 × 70 cm.

Su carrera artística, tanto nacional como internacional, despegó a partir de 1972, año en que se convierte en uno de los artistas de la mítica galería Trece, una colaboración que se prolongó hasta 1979. En su faceta como dibujante hay que destacar la publicación de un libro de dibujos, Connemara (1973), fruto de su estancia en Irlanda y con prólogo de Manuel de Pedrolo, en el que se incluían treinta litografías inspiradas en la vida de la gente de la comarca de Connemara en la Isla del Eire (Irlanda). Entre 1977-79, viajó habitualmente a Alemania para exponer en Bonn, Colonia y Düsseldorf, una época, por otra parte, marcada por la literatura y las artes gráficas como se puede ver en los aguafuertes y litografías Ángel cuántico (Àngel Quàntic), una serie de la que el escritor Luis Racionero escribiría que “[Julià] busca las cualidades gráficas de Durero o Leonardo, como si quisiera una pintura al servicio de la ciencia, que revelara la vibración y la forma de las estructuras invisibles en un cambio perfecto”.

El joven Julià Mateu pintando.

Es en esos años cuando Mateu decide abandonar Barcelona e irse a vivir a un pequeño pueblo en Girona, Sant Just d’Empúries, situado al lado de la antigua ciudad conocida por los griegos como Palaiapolis, un aislamiento que le permitió tomar distancia y concentrarse en su propia obra, aunque no le impediría viajar al extranjero e incluso pasar temporadas en Irlanda y muy especialmente en Alemania. Y volviendo a Palaiapolis, hay que destacar que este mundo de la Antigüedad greco-romana y del olimpismo fue un tema al que el artista volvió una y otra vez a lo largo de su carrera, y que le inspiró algunas obras muy logradas como el Tríptico del Ampurdán (1986), el dibujo a la tinta Emporiu olímpico (1991-92) y la litografía Diágoras en Paleopolis (1987). Y es que a partir de 1986, Mateu lleva a cabo una gran producción de aguafuertes, litografías seriadas y numeradas y óleos de gran formato.

Profundo humanista, Mateu reflexionaba mucho sobre el sentido del arte y pasaba mucho tiempo contemplando el trabajo de los maestros del pasado y el presente como se puede ver en obras como El cultivo de la pintura-autorretrato (1987), Las formas que nacen de las manos (1993) y en su personal homenaje a figuras como Joan Miró, en Miró el horticultor (1989-90), o Pollock, en la curiosa pintura sobre cartón titulada Jackson Pollock en acción 1912-1956. El cultivo de la pintura. El nacimiento del color de 1981. Unos homenajes que se extienden también a Francis Bacon, Rembrandt, Salvador Dalí, Pablo Picasso y Leonardo da Vinci. En esta retrospectiva también se incluyen algunos hermosos dibujos dedicados al poeta Walt Whitman y a los compositores Richard Wagner y Amadeus Mozart, que forman parte de la serie Los magos (Els Màgics).

Diágoras en Paleópolis, 1987, aguafuerte, 18/25, 120 x 55 cm.

En 1989 presentó en una gran exposición en el Palau de Caramany (Girona) compuesta por una magnífica colección de dibujos, óleos y técnica mixta, un trabajo que está inspirado en la vida en soledad y en la naturaleza, ya sea cerca del mar o de la montaña. Los elementos humanos, fragmentos de cuerpos, sobre todo manos, y naturales, plantas, gotas, caracoles o pájaros, se integran en un paisaje único y continuo sin que intervengan y se impongan jerarquías, podríamos decir que todo es un fluir de la vida, el ser humano y la naturaleza.

Tríptico Alcasa, 1993, técnica mixta sobre cartón, 102 x 73 cm (total: 219 x 102 cm).

El creador rodó en 1990 un documental sobre Miguel Ángel en la Capilla Paulina de Roma e hizo dibujos para la productora Dits de Nueva York, lo que le abrió las puertas de una serie de galerías norteamericanas, en concreto de Boston y Nueva York. También recibió importantes encargos de empresas, como el tríptico en técnica mixta Alcasa (1993). En los trabajos realizados en las dos últimas décadas de su vida predominan dos temas principales: el interés del artista por el taoísmo y la filosofía china. Y al final de su trayectoria, trató, sobre todo, un tema eterno, el erotismo, que abordó a través del desnudo femenino interpretado como expresión de la belleza y de la energía sexual.

Ángel cuántico, 1982, aguafuerte, 54/65, 66 x 99 cm

Ahora, la exposición del Museo Europeo de Arte Moderno de Barcelona (MEAM) propone un recorrido casi exhaustivo por las distintas facetas de la creación de Mateu que tiene como principal nexo común el interés por el cuerpo y la figura humana. Con un total de 164 obras entre pinturas, dibujos y grabados, la muestra se articula en trece ámbitos que evocan los diferentes aspectos de su trabajo organizado generalmente por series temáticas

Foto del artista junto a una de sus obras.

Extracto del artículo de Marie-Claire Uberquoi, que publicamos en la próxima revista de octubre.

One Reply to “Julià Mateu: la pintura como necesidad vital”

  1. Marta dice:

    La exposición muy interesante y el artículo da cuenta de ello.
    Recomiendo la exposición
    Gracias

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