Juan Genovés: mirar desde lo alto al individuo en medio de la masa

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A quince días de cumplir los noventa años, el pintor pedía en el hospital a su asistente papel y lápiz para seguir haciendo lo que más le llenaba en su vida: dibujar, imaginar, continuar creando. El artista, que fallecía el 15 de mayo, había protagonizado junto a sus tres hijos una gran exposición en el Centro Niemeyer de Avilés el verano pasado y estaba preparando una gran muestra para su galería, la Marlborough

Sebastián GÁMEZ MILLÁN

Se murió como había vivido: soñando imágenes. Esto es lo que comunicaron sus hijos, Pablo, Ana y Silvia, todos artistas y con los que había tenido el privilegio excepcional de exponer en el Centro Niemeyer de Avilés. A quince días de cumplir los 90 años, Juan Genovés (1930-2020) le pedía en el hospital papel y lápices a su asistente para seguir haciendo lo que más le llenaba incluso en los últimos momentos de su vida: dibujar, imaginar, continuar creando.

Juan Genovés en su estudio, retrato de Leonardo Villela, cortesía de la galería Malborough.

Pensaba que la auténtica vida está en el trabajo; en el trabajo creador, claro está, no en el alienado y precarizado, que desgraciadamente es el más extendido. Ilusionado, se levantaba a las cuatro de la madrugada y, bajo el canto de los pájaros, comenzaba a trabajar. La oración laica de cada mañana era subir los 18 escalones que le conducían a su estudio y ponerse manos a la obra. “Hay que invertir el tiempo en el trabajo. Si eres capaz de resistir un día entero, dos, pintando, entonces sí que eres pintor”. Al igual que otros artistas, debía de experimentar aquello que formuló Rilke: “Siento que trabajar es vivir sin morir”. Es quizá una de las pocas formas de atrapar el puro presente, el presente permanente.

Con el tiempo y el olvido la memoria se diluye y simplifica hasta límites insospechados. Para muchos Genovés es el autor de El abrazo (1976), sin duda su obra más icónica, a pesar de que durante un tiempo estuvo en los sótanos del Museo Reina Sofía. Ejecutado por encargo de la Junta Democrática, se llegaron a distribuir más de 500.000 ejemplares para pedir la liberación de los presos políticos, esta vez sin comillas, pues entonces España vivía bajo los últimos suspiros de un régimen no democrático. Aunque él no estaba muy de acuerdo, poco a poco empezó a identificarse el llamado espíritu de la Transición con la imagen de El abrazo, de tal modo que sería difícil encontrar una obra de arte que ilustre de forma más esclarecedora ese proceso político y social.

El abrazo, por Juan Genovés, 1976, acrílico y serigrafía sobre lienzo, 151 x 201 cm, Madrid, Museo Nacional Reina Sofía.

Esta es una de las funciones del arte, captar el espíritu del tiempo. En palabras del crítico Juan Manuel Bonet, El abrazo es un “símbolo de reconciliación, palabra hermosa, y clave de ese ciclo histórico por desgracia hoy tan denostado”. Desde una perspectiva formal, por la composición así como por las tonalidades, parece que consciente o inconscientemente pudo ser influida por El cuarto Estado (1901), de Giuseppe Pelliza da Volpedo. Pero, a diferencia de ella, en El abrazo de Genovés no hay rostros, no hay identidades. Es un abrazo anónimo: de todos y cualquiera.

Sorprendido por su reconocimiento, Genovés declaró que “no había una casa de gente progresista que no tuviera una reproducción en su casa. Ahora está en el Congreso, que es un sitio perfecto porque el cuadro es de todos los españoles, no mío. Y lo tengo tan claro que los derechos de reproducción los cedí a Amnistía Internacional”. Es sabido que en el Congreso se encuentra una reproducción, mientras que el original está en el Museo Reina Sofía. Me recuerda a Antonio Machado: un poema es de su autor hasta que el pueblo lo canta, entonces no es de nadie, sino del pueblo. Esta es una de las funciones ético-políticas del arte: descubrir bajo una forma simbólica y representar el sentir y/o el pensar de los ciudadanos. Y esto quizá sólo se puede llevar a cabo por medio de los lenguajes de las diferentes artes.

Albor, por Juan Genovés, 2018, acrílico sobre lienzo sobre tabla, 179,7 x 249,9 cm, cortesía de la galería Malborough.

Maravillado por la aventura de la obra, por los inesperados caminos por los que transita una pieza y se encuentra o no con espectadores que la acogen (quizá porque ella los ha acogido previa o simultáneamente), Genovés añadía respecto a El abrazo que “el día que los españoles dejemos de hablar de nosotros mismos en clave de buenos y malos, El abrazo se habrá completado”. No sé si llegaremos a tanto. Pero ojalá fuéramos abandonando posturas tan sectarias e ideológicamente sesgadas. En todo caso, las obras de arte son fuentes de valores ejemplares que encarnan ideales y poseen un horizonte utópico que abre caminos por venir.

Sin embargo, involuntariamente, si no reflexionamos sobre la lengua, recurrimos a fórmulas estereotipadas como “nosotros” y “ellos”, y levantamos muros y fronteras que nos dividen y separan. Antonio Muñoz Molina hablaba a propósito de El abrazo de “una reconquista de la fraternidad”. Quizá esta podría ser una de las perdurables lecciones mudas de esta obra: más allá de nuestras diferencias, al fin y al cabo irreductibles, atendamos a lo que mantenemos en común, que es más de lo que acostumbramos a imaginar.

Al margen de esta obra, si hay un tema recurrente en la trayectoria de Juan Genovés es la dialéctica y la tensión irresoluble entre el individuo y la multitud, las multitudes anónimas. Se diría que el individuo nace dentro de una comunidad, que no hay individuo sin comunidad; pero que si este no quiere verse arrastrado y condenado por las masas ha de educarse y cultivarse como individuo, pensar por sí mismo, como quería aquel filósofo ilustrado. No obstante, necesita persuadir a las masas, o bien influir en ellas para producir cambios sociales significativos, siempre con el riesgo invencible de no ser difuminado o disuelto en la masa.

Convergencia, por Juan Genovés, 1967, acrílico sobre lienzo, 29.8 x 25.1 cm, cortesía de la galería Malborough.

Evidentemente, no debemos perder de vista el contexto histórico de Genovés. Durante la Guerra Civil (1936-1939) tiene entre 6 y 9 años. Después sobrevivirá durante toda la posguerra. Sorprende que una persona luminosa y vitalista llegue a confesar que “el motor de mi vida ha sido el miedo”. De ahí que uno de sus fantasmas, una de sus obsesiones, sea aquello en lo que tarde o temprano desemboca el miedo: la violencia. En 1968 Stuart Cooper rodó A Test of Violence, inspirada en obras de Genovés en las que aparecen multitudes anónimas de manifestantes acorralados por la policía o sobrevolados por aviones.

Por otra parte, no debemos olvidar tampoco que el comportamiento de las masas es un fenómeno, si bien no exclusivo, sí determinante del siglo XX. Recordemos algunos de los ensayos filosóficos, antropológicos, psicológicos y sociológicos de mayor alcance sobre este asunto: Psicología de las masas (1921), de Sigmund Freud, La rebelión de las masas (1933), de José Ortega y Gasset, Masa y poder (1960), de Elías Canetti, y, a menor altura, La muchedumbre solitaria (1950), de David Riesman y otros autores.

Ahora bien, la originalidad de Genovés, por la que posee un estilo inconfundible, de esos que ves y reconoces a simple vista, se debe a haberse rebelado frente a la frontalidad de la tradición pictórica. Afronta el espacio de la pintura desde un ejercicio de mirar desde lo alto. “¿Por qué a nadie se le ocurrió coger su mirada y situarla a vista de pájaro?” Es lo que hacía él desde el balcón de su casa de Perelló, frente al horizonte azul del Mediterráneo, o bien cuando iba a Mestalla y tomaba fotos de las masas aproximándose al estadio de fútbol.

143, por Juan Genovés, 1971, acrílico sobre lienzo, 150 x 210 cm, cortesía de la galería Malborough.

Si bien en la historia de la pintura esta perspectiva es inusual (pienso ahora en El mundo, de Ángeles Santos, o Mapa de la pequeña tierra, de Juan Carlos Savater), en el terreno de la literatura y la filosofía este espacio cuenta con más testimonios. Pierre Hadot ha sostenido que “la mirada desde lo alto” es un ejercicio que “consiste en recorrer con la imaginación la inmensidad del espacio, en acompañar el movimiento de los astros, pero también en dirigir la mirada hacia la tierra para observar en ella el comportamiento de los humanos, fenómeno que es descrito con frecuencia, ya sea por Platón, por Epicuro, por Lucrecio o incluso por Filón de Alejandría o por Ovidio, o por Marco Aurelio o por Luciano”.

He insistido a menudo en mis escritos que el arte, al igual que la filosofía o la poesía, no surge sólo de una vocación por comunicar y reformar socialmente, como parece propio de la Ilustración y la Modernidad, sino antes bien de un ejercicio de uno sobre sí mismo a fin de acceder a otro modo de comprender, percibir y habitar el mundo. Y este ejercicio debe recrearlo en cierta manera el espectador en el proceso de recepción.

Esta “mirada desde lo alto” nos sirve para ampliar el campo de visión, desprenderse poco a poco del punto de vista egoísta, relativizar en el sentido de valorar en su justa medida, procurar adquirir una perspectiva tan universal como imparcial. En la obra de Genovés apreciamos a las figuras humanas como hormigas en masas, que es como algunos autores han caricaturizado y criticado la conducta humana, pero tratadas individualmente a pesar de sus reducidas dimensiones.

Juan Genovés en su estudio, retrato de Leonardo Villela, cortesía de la galería Malborough.

Con todo, es difícil atrapar el significado de las obras de Genovés: una de las características de su estilo es que están abiertas a múltiples interpretaciones. Asimismo, posee rasgos de estilo pop, de la fotografía y del cine, por ejemplo, de Eisenstein, junto con otros elementos geométricos y símbolos que uno calificaría de orientales si no fueran acaso universales. Su labor fue reconocida, entre tanto, con la mención de honor en la Bienal de Venecia de 1966, el Premio Nacional de las Artes en 1984 o la Medalla de Oro el Mérito en las Bellas Artes, concedida por el Ministerio de Cultura en 2005.

A pesar de las multitudes anónimas que recorren sus pinturas, él decía que sólo se había hecho caso a sí mismo. De nuevo la dialéctica interminable entre el individuo y la masa. No dejó de ejercer la crítica emancipadora: “No se enseña a mirar porque no se quiere que la gente aprenda a pensar. Consideran que Cultura es un objeto decorativo, de lujo, cuando es algo tan necesario como el comer”.

Tengo para mí que una anécdota ilustra de forma más clara el carácter de una persona que toda una biografía, porque la primera se elige, la segunda probablemente no. En los años cincuenta, Genovés y Adela apenas tenían dinero para subsistir y un día, un vecino, les regaló un huevo. A pesar del hambre, acordaron que lo emplearían en un cuadro. Como el milagro de los panes y los peces, luego ese huevo tuvo la virtud de regenerarse en el espacio infinito de la pintura. Y Genovés tuvo el privilegio de vivir haciendo lo que amaba, creando, soñando imágenes, que son espejos de nosotros y el mundo en que vivimos.

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