Cosas de Cristóbal Toral

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Uno de los temas recurrentes en la obra de Cristóbal Toral (Antequera, 1940), y que hasta donde me consta no ha sido indicado por la crítica, son los pecios, esos objetos de la vida cotidiana que sobreviven más allá de nuestra existencia. Valgan los siguientes ejemplos de diferentes épocas y modalidades artísticas a modo de argumento inductivo: en La Gran Avenida (1994, obra inacabada), una de sus pinturas más ambiciosas por sus dimensiones (300 x 425 cm), y que es un testimonio y un sigiloso grito ante los desastres de las guerras, vemos esparcidos por el asfalto los cuerpos muertos junto con maletas y mobiliario, pero además un carrito de niños o un cuadro con una imagen de Dios. ¿Dónde estabas? ¿Dónde estás?

En Viaje interrumpido (1979-1980), que se encuentra en el Museé Royale D`art Moderne, Bruselas, que tanto recuerda a imágenes que hemos visto en la guerra de Rusia contra Ucrania, observamos de nuevo dos cuerpos muertos, un hombre y una niña tapados con periódicos y trapos y, en torno a las maletas, unos zapatos y restos de alimentos. En la instalación La tierra prometida (Valle de Melilla, 2014) vemos zapatos, una cartera, maletas, guantes, restos de una camisa ensangrentada… Asimismo, en la instalación El último viaje (2018) encontramos, además de zapatos, imágenes que cifran una vida, incluido un retrato del actor Paul Newman, lo que rebaja con cierta dosis de humor el dramatismo de la escena, aspecto relativamente frecuente en la obra de Cristóbal Toral, donde los contrastes son esenciales, quizá porque sin el dolor no sabríamos bien qué es la alegría… Y porque sin el juego de relaciones y oposiciones tampoco podríamos definir los conceptos.

Invito a los desocupados lectores de estas líneas que visiten la última planta del excepcional Museo de Antequera, dedicada por completo a Cristóbal Toral, y busquen y comprueben cómo entre estas obras de distintas etapas de su trayectoria, también hay pecios, objetos de la vida cotidiana que nos sobreviven. Pienso sin ir más lejos en Emigrante muerto (1975), que representó a España en la Bienal de Sao Paulo o Interior con equipaje y autorretrato (1996-2000).

La llegada, Cristobal Toral, escultura en bronce, 2000, Museo de Antequera.

Tal vez a cualquier persona en el desorden de la existencia le asalte la pregunta: ¿qué nos sobrevivirá? Según Rilke, “la vida siempre nos abandona en algún lugar de lo inacabado”. La ironía trágica de Toral, que cumple 86 años, es que no nos sobrevive aquello por lo que más nos esforzamos o trabajamos a lo largo de la vida, sino pecios, objetos más o menos insignificantes, aunque nos hayan acompañado durante años y por ello estén cargados de nuestra memoria… Pero ya sin la asistencia de nuestra mirada y conciencia, naufragan en el espacio huérfanos y desamparados. No es tampoco fortuito que este tema aparezca en los artistas: al fin y al cabo ellos pasan mucho tiempo en la solitaria soledad del estudio o taller, aunque se trate de una soledad elegida y poblada. Y allí siempre andan objetos perdidos de los diferentes estratos de la vida. No pocas veces reacios a desprenderse de ellos, los artistas los dejan reposar en busca tal vez de una epifanía. 

Si la mortalidad es un rasgo que nos distingue del resto de especies vivas, es decir, la conciencia de nuestra mortalidad, ¿no será el artista una persona con una conciencia lúcida y anticipadora de la muerte? O al menos de manera más acentuada que la mayoría de las personas. Todavía más: ¿podemos concebir el amor o la belleza, tal como lo entendemos, sin el horizonte de la muerte? Tampoco nuestros sucesivos proyectos de vida, que rara vez cumplimos y ante cuya incierta provisionalidad experimentamos desesperación y angustia.

El artista Cristobal Toral trabajando en su estudio.

Concluyamos con un hermoso soneto, “Las cosas”, reunido en Elogio de la sombra (1969), de Jorge Luis Borges (1899-1986), del que se cumplen 40 años de su muerte, y que aborda el mismo asunto que hemos tratado aquí en Toral. Borges es un escritor profundamente admirado por Toral, quien ilustró Libro de sueños para la exclusiva editorial italiana de Franco María Ricci (FMR). Posteriormente se organizó una exposición con muchas de estas acuarelas y piezas en técnica mixta, Libro de sueños de Jorge Luis Borges (2010-2011), en el Palacio Almudí de Murcia, conservada en el catálogo.  

El bastón, las monedas, el llavero,

la dócil cerradura, las tardías

notas que no leerán los pocos días

que me quedan, los naipes y el tablero,

un libro y en sus páginas la ajada

violeta, monumento de una tarde

sin duda inolvidable y ya olvidada,

el rojo espejo occidental en que arde

una ilusoria aurora. ¡Cuántas cosas,

láminas, umbrales, atlas, copas, clavos,

nos sirven como tácitos esclavos,

ciegas y extrañamente sigilosas!

Durarán más allá de nuestro olvido;

no sabrán nunca que nos hemos ido.


Sebastián Gámez Millán

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