Rubens: artista, filósofo y cortesano

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Fascinado por el arte de la Antigüedad, que pretendía reconstruir, y admirador del estoicismo, Pedro Pablo Rubens no solo triunfó en las cortes europeas, sino que el influjo de su obra religiosa llegó hasta la lejana Nueva España. El pintor falleció en mayo de 1640

Pedro Pablo Rubens vino al mundo en Siegen (Westfalia) el 28 de junio de 1577. Nos encontramos en la época del triunfo de la Contrarreforma, es decir, del movimiento espiritual, religioso, artístico y cultural que puso en marcha la Iglesia romana en defensa de la religión católica frente a la herejía protestante extendida sobre todo en el centro y el norte de Europa desde la primera mitad del siglo XVI.

Y aunque habría que hablar de un arte de la Contrarreforma católica ya desde esta centuria, especialmente en sus últimos años, en pontificados como los de Gregorio XIII o Sixto V, lo que denominamos “triunfo” de este movimiento no se dio hasta la primera y la segunda décadas del siglo XVII, con Bernini y Rubens como grandes protagonistas.

Intelectual y sensual

Efectivamente, el arte de ambos artistas bien puede calificarse de “triunfal”. Sin embargo, este calificativo, que hoy día, en el que se aprecian en tan gran medida los aspectos críticos de la obra de arte, puede resultar peyorativo, no debe ser visto desde puntos de vista negativos. Y ello no solo por las excepcionales calidades estéticas de la pintura de Rubens, sino por la originalidad de su aproximación pictórica a la realidad, a la vez intelectual y sensual, reflexiva y vital.

Elena Fourment con dos de sus hijos, por Rubens, h. 1636, óleo sobre tabla, 115 x 85 cm, Lens, Museo del Louvre.

Rubens es uno de los pintores más cultos de su siglo, si no el que más, junto a Nicolás Poussin. Además de conocer perfectamente el latín, hablaba y escribía con fluidez otras cuatro lenguas y, desde el comienzo de su carrera, se interesó de manera directa por el arte clásico romano y griego y por la pintura italiana del Renacimiento.

Al servicio de la realeza

Diez años después de la muerte de su padre, su madre se estableció en 1587 en su lugar de origen, Amberes, adonde se trasladó con Blandina y Philip, los hermanos del pintor. Pedro Pablo estudió el arte de la pintura en varios talleres, sobre todo en el que se puede considerar su maestro, Otto van Venius, aunque el elemento decisivo de su formación fueron sus largos años italianos, todavía en el inicio de su carrera.

Autorretrato, por Rubens, hacia 1639, Kunsthistorisches Museum de Viena.

Tras obtener en 1598 la maestría en pintura, parte en 1600 a Italia, donde residirá en varias ocasiones en Mantua, al servicio de la corte ducal, pero también en Roma (1601-1602 y 1606-1608). El carácter dinámico de su personalidad se demuestra ya en estos momentos, pues en 1603 viaja por primera vez a España, viviendo en el Valladolid de Felipe III, dominado por la personalidad de su valido, el duque de Lerma.

Aparecen así tres de los grandes vectores de la actividad rubensiana: el mundo de las cortes en el caso de Mantua; los encargos eclesiásticos, ya que en Roma pinta ahora los altares de la iglesia de San Felipe Neri, su primera gran obra de carácter contrarreformista, y su servicio a la Monarquía Hispánica, expresado, por ejemplo, en el magnífico Retrato ecuestre del duque de Lerma, hoy en el Prado.

Pero Italia es para Rubens sobre todo dos cosas: la escultura antigua, de la que se siente fascinado por obras como el Torso Belvedere o el Laocoonte, que dibuja frenéticamente en el Vaticano, y la pintura del siglo XVI, fundamentalmente los frescos de Miguel Ángel de la Capilla Sixtina y las obras de los venecianos Tiziano, Tintoretto y el Veronés.

La muerte de Adonis, por Rubens, 1614, óleo sobre lienzo, 325 x 212 cm, Jerusalén, Museo de Israel.

El pasado clásico

Esta aproximación intelectual al pasado clásico y renacentista le hizo concebir lo que sería su máxima aspiración artística: el intento de reconstruir en su época ese pasado clásico. Traer Roma a la modernidad y volver a recuperar la pintura de los antiguos.

Así lo demuestran no solo sus decenas de dibujos de obras de la escultura clásica, sino su decisiva aportación a la interpretación barroca de las historias de los dioses de la Antigüedad. Pero sobre todo nos interesa destacar la profundidad filosófica con la que lo hizo.

Amigo y discípulo de Justus Lipsius, uno de los filósofos clave del momento, el estoicismo senequista de este último impregna buena parte de su producción a partir de su obsesión por la imagen de Séneca como, por ejemplo, en La muerte de Séneca (1612-13, Múnich, Alte Pinakothek), para la que buscó inspiración en estatuas y bustos clásicos, algunos de los cuales formaban parte de su colección.

La muerte de Séneca, 1612-15, óleo sobre lienzo, 181 x 120 cm, Madrid, Museo del Prado, es una réplica realizada por el propio Rubens de la que se conserva en la Alte Pinakothek de Múnich.

Dar vida a las estatuas

No es, por tanto, solo bajo el prisma de la Contrarreforma como hemos de interpretar a Rubens, sino también del estoicismo senequista, algo que, por otra parte, contribuye también a explicar su éxito en el Madrid de Felipe IV, el conde-duque de Olivares, Velázquez y Francisco Quevedo, donde esta filosofía impregnaba de manera profunda la cultura de la corte.

Pero, como decimos, el aspecto reflexivo e intelectual de la producción rubensiana se tiñe siempre de aspectos sensuales y vitales. Un cuadro como Las tres Gracias (Museo del Prado) es buen ejemplo. En él, su autor, basándose en el famoso grupo escultórico de la Antigüedad, lo transforma en una de las imágenes más sensuales y carnales de la historia de la pintura, en la que no duda en retratar, opulentamente desnudas, a sus dos mujeres, Elena Fourment e Isabella Brandt.

Las tres Gracias, por Rubens, hacia 1635, óleo sobre tabla de roble, 220,5 x 182 cm, Madrid, Museo del Prado.

Es verdad que Rubens dio vida a las estatuas, una de las grandes aspiraciones del arte de todos los tiempos, pero también introdujo en la pintura su vida familiar, sus paseos y retratos con sus mujeres e hijos, como vemos en el retrato de Elena Fourment con dos de sus hijos (Museo del Louvre).

Rubens fue el constructor de las iconografías del poder más potentes de su tiempo en las cortes de Mantua, Madrid, París, Bruselas y Londres. Lo mismo se puede decir respecto al arte religioso con decenas de “palas” (pinturas) de altar y ciclos completos como el de la iglesia de los jesuitas de Amberes.

El martirio de San Andrés, por Rubens, 1639, óleo sobre lienzo, 306 x 216 cm, Madrid, Fundación Carlos de Amberes.

Sus principales admiradores fueron españoles: Felipe IV y Velázquez, en Madrid, y Fernando de Austria, hermano del rey, los archiduques Alberto de Austria e Isabel Clara Eugenia, la hija de Felipe II, en el norte. Su estela e influjo es palpable no solo en nuestro país, sino en la lejana Nueva España en tantas iglesias de Ciudad de México y de Puebla de los Ángeles.

Extracto del artículo escrito por Fernando CHECA CREMADES en Descubrir el Arte nº 230.

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